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“El marxismo y el curso de la historia”: Ellen Meiksins Wood

fondo_inicioHubo un tiempo, no hace mucho, en que una de las críticas más graves y frecuentes dirigidas contra el marxismo era la de que suscribía una visión simplista y mecanicista de la historia según la cual todas las sociedades están predestinadas a pasar por una única e inexorable secuencia de estadios, desde el comunismo primitivo a la esclavitud, el feudalismo y, finalmente, el capitalismo, que inevitablemente dará paso al socialismo. Lo que estaba en entredicho no era simplemente el valor del marxismo como teoría de la historia y su supuesta incapacidad para explicar la diversidad de modelos históricos desplegados en el mundo, sino también la viabilidad del propio proyecto socialista. Puesto que el marxismo estaba tan claramente equivocado en cuanto al curso unilineal de la historia, sin duda lo estaba igualmente en cuanto a la inevitabilidad ―e incluso la posibilidad― del socialismo.

Ahora que esta visión de la historia ha sido generalmente repudiada por marxistas no sólo del Oeste sino también del Este, ahora que muchos marxistas han reconocido en ella una aberración que tenía menos que ver con la teoría marxista que con el dogma stalinista y que fue siempre incompatible no sólo con la idea de la historia del propio Marx, sino también con los principios fundamentales del materialismo histórico y su concepción de la lucha de clases, el terreno de la crítica ha variado. Ahora se nos dice que el marxismo no puede existir sin una historia unilineal y mecánicamente determinista. Al haber abandonado su salvavidas, su concepción de la historia, aunque profundamente errónea, el marxismo ha muerto. Y con la historia marxista, también el proyecto socialista, ya que no puede seguir habiendo motivos para creer que 1a historia ha sentado las bases del socialismo.

El Times Literary Supplement ha sido un vehículo especialmente popular para tales certificados de defunción. En los últimos dos años se han dedicado a estos temas al menos tres reseñas excepcionalmente largas: dos análisis característicamente provocativos y a menudo incisivos, aunque con profundos fallos, de Ernest Gellner, que pertenecen a un género diferente de las terribles diatribas antimarxistas más habituales en el TLS;1 y una polémica de lobo Gray presuntuosa y poco documentada, desde una óptica de derecha. Habría que decir, sin embargo, que no han sido los críticos del marxismo los únicos en creer que algo vital se había perdido con la concepción unilineal de la historia y que la fe socialista sufrió un rudo golpe cuando se vio obligada a renunciar a la creencia simplista en un modelo universal de historia caracterizado en particular por un inexorable crecimiento de las fuerzas productivas. Esta consideración debe sin duda de haber pesado en el intento de G.A. Cohen de resucitar un marxismo tecnológico determinista. Una opinión similar ha sido expuesta recientemente en la New Left Review. Eric Hobsbawm, en “Marx y la historia”, ha argumentado que, a falta de este modelo histórico universal, la concepción materialista de la historia “como manera de cambiar el mundo” pierde dos cosas importantes: “a] la idea de que el triunfo del socialismo es el fin lógico de toda la evolución histórica hasta la fecha; y b] que el socialismo marca el fin de la ‘prehistoria’ en el sentido de que no puede ser ni será una sociedad ‘antagónica’”.2 Hobsbawm, incapaz de defender una visión unilineal, pero reacio a renunciar a lo que él toma por sus frutos, propone un compromiso consistente en afirmar que “todo desarrollo es un desarrollo mixto”.3

En lo que viene a continuación se argüirá que (aunque tenemos que tomar muy en serio el valioso análisis de Hobsbawm acerca de la necesidad de comprender la complejidad del “desarrollo mixto”), no es preciso salvar al proyecto teórico y político marxista de su pérdida de unilinealidad. No se requiere ninguna operación de salvamento porque no se le ha causado ninguna grave afrenta, sino todo lo contrario. De hecho, los supuestos en que se basan tanto el malestar de Hobsbawm como el triunfo de los críticos por motivos muy diferentes son profundamente discutibles: que el marxismo, por una u otra razón, necesita una concepción (más o menos) unilineal de la historia concebida como un modelo universal de crecimiento sistemático y constante de las fuerzas productivas, y que el proyecto socialista se ve profundamente comprometido por el fracaso de tal visión, porque de esta concepción de la historia depende la convicción de que el inevitable auge del capitalismo preparará el terreno para el socialismo con idéntica inevitabilidad.

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Cuadernos Políticos, número 48, México D.F., ed. Era, octubre-diciembre, 1986, pp.82-91.

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