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“Las ideas y la acción política en el cambio histórico”: Perry Anderson

¿Cuán importante ha sido el papel de las ideas en las convulsiones políticas que marcaron grandes cambios históricos? ¿Son ellas meros epifenómenos de procesos sociales y condiciones materiales más profundas, o poseen un poder autónomo decisivo como fuerzas de movilización política? Contrariamente a las apariencias, las respuestas dadas a estas preguntas no dividen fuertemente a la izquierda de la derecha. Muchos conservadores y liberales han exaltado, naturalmente, la significación sobresaliente de nobles ideales y valores morales en la historia, denunciando a aquellos radicales que insisten en que las contradicciones económicas son el motor del cambio histórico, como sostienen los materialistas. Ejemplares modernos y famosos de tal idealismo de la derecha incluyen figuras como Friedrich Meinecke, Benedetto Croce o Karl Popper. Entre estos pensadores, Meinecke utiliza una metáfora pictórica al decir que las ideas, llevadas y transformadas por personalidades vivas, constituyen el lienzo de la vida histórica. Pero podemos encontrar otras figuras notables de la derecha que atacan las ilusiones racionalistas que adjudican importancia a las doctrinas artificialmente creadas. Estas figuras esgrimen contra tales ilusiones las costumbres,tradiciones e incluso instintos biológicos como instancias mucho más duraderas y significativas. Friedrich Nietzsche, Lewis Namier y Gary Becker fueron –desde distintos puntos de vista– teóricos de los intereses materiales, resueltos a desacreditar irónicamente las reivindicaciones de valores éticos o políticos. La teoría contemporánea de la elección racional, hegemónica sobre extensas áreas de la ciencia social anglosajona, es el paradigma contemporáneo más conocido de este tipo.

La misma bifurcación, sin embargo, se puede encontrar en la izquierda. Si observamos a grandes historiadores modernos de la izquierda, encontramos una completa indiferencia respecto del papel de las ideas en Fernand Braudel, contrastada con un apego apasionado a ellas en R. H. Tawney. Entre los mismos marxistas británicos, ninguno confundiría la posición de Edward Thompson –cuyo trabajo a lo largo de toda su vida fue una polémica contra lo que veía como un reduccionismo económico– con la de Eric Hobsbawm, quien en su Historia del siglo XX no contempla capítulo alguno dedicado al rol de las ideas. Si prestamos atención a los líderes políticos, vemos que la misma oposición se repite aún más enfáticamente. “El movimiento es todo, el fin es nada”, anunció Bernstein. ¿Podría haber una desvalorización más drástica de principios o ideas a favor de procesos objetivos absolutos? Bernstein creía que era leal a Marx cuando pronunció este dictamen. En el mismo período, Lenin declaró –en una máxima igualmente famosa, de efecto exactamente antitético– algo que todo marxista debe saber: “sin una teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”. El contraste aquí no era simplemente entre el reformista y el revolucionario. En las filas de la izquierda revolucionaria misma, encontramos igual dualidad. Para Rosa Luxemburgo, “en el comienzo fue la acción”; ninguna idea preconcebida, sino simplemente la acción espontánea de las masas, fue el punto de partida de todo cambio histórico principal. Los anarquistas nunca dejaron de concordar con ella. Para Antonio Gramsci, por otro lado, el movimiento obrero nunca podía conseguir victorias duraderas a menos que alcanzara una ascendencia en el plano de las ideas –lo que llamó una hegemonía cultural– sobre la sociedad en su conjunto, incluyendo sus enemigos. Presidiendo sus respectivos estados, Stalin, por un lado, confió la construcción del socialismo al desarrollo material de fuerzas productivas; mientras que Mao, por otro, se encomendó a una revolución cultural capaz de transformar mentalidades y costumbres.

Las ideas y la acción política en el cambio histórico


* Profesor de Historia en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA). ** Traducción de Bárbara Schijman. Revisión de Atilio A. Boron.

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