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«Bolívar Echeverría – a diez años de haber fallecido»: Stefan Gandler

Hace diez años, el viernes 4 de junio del 2010 por la noche, le hablé por teléfono a Bolívar Echeverría desde un despacho en la Colonia del Valle. Me contestó en su estudio de la Roma, y me dijo «¿ah, ya llegaste?», con una voz que por sonar ligera, y hasta contenta, me extrañó, pues en nuestras últimas llamadas telefónicas, desde Santa Cruz, California, donde yo vivía en ese momento, me había dicho que estaba cansado de vivir. Quedamos en vernos unos días después, el martes. Íbamos a estar juntos ese día en un evento de la editorial Siglo XXI en Cerro del Agua, y después, así quedamos en la llamada, nos íbamos a juntar para tomarnos unos tequilas (que tenía prohibido por su médico, pero a veces éramos cómplices en sus escapadas, ya que estaba harto de vivir bajo el régimen de la medicina cosificante). Bromeaba que mejor podrían presentar mi libro el martes Carlos Aguirre o Jorge Juanes, sabiendo perfectamente que los dos intelectuales mexicanos me tenían en la mira, por una u otra razón (aunque con Juanes me reconcilié después en Quito, justo al rememorar a Bolívar).

No sabía que era en serio la broma, de que no iba a cumplir su palabra de presentarlo él en el evento del martes. Murió doce horas después de la llamada, o tal vez un poco menos.

Se llevó a la tumba comentarios que mucho me importaban, su risa, su mirada desafiante, su capacidad increíble de argumentar y discutir en el mejor sentido de la palabra. De filosofar. Cuántas veces me había dicho que ya no aguantaba a quienes lo querían hacer su gurú. Cuántas veces nos reimos juntos de la gente que odiaba a Marx y lo querían muerto, pero en serio, y para siempre, y que para lograrlo le hacían homenajes, queriéndolo asesinar filosóficamente al volverlo un clásico. Un clásico que sólo se admira, pero con quien ya no se discute en serio, quien es simplemente de otra época: caso cerrado.

Todos sus amigos lo sabíamos, porque se lo dijo a todos: «nunca, nuca me vayan a hacer esto a mi». Pero, es algo que se está haciendo y al realizarlo, se está ignorando su última y tan enfáticamente pronunciada voluntad.

A partir de hoy, a diez años de haber fallecido, tenemos la maldita obligación de tomarlo en serio, es decir, de dejar de hacerlo gurú, cuasi  inmortal, cuasi irreprochable, cuasi perfecto y cuasi santo. No lo es, y nunca quiso serlo. Es igual de mortal como todos lo somos, y lo extraño es, que justamente, su muerte lo ha convertido aparentemente en inmortal. No lo es. No lo es. No lo es.

Justo cuando más nos hicimos amigos, fue cuando comenzamos poco a poco a alejarnos filosóficamente, o por lo menos así me pareció. Nunca me convenció, para dar un ejemplo, su idea de la americanización de la modernidad. Pienso que desaprovechó su año sabático en 1999 en Binghamton, N.Y., y no conoció nada relevante de Estados Unidos, de su contracultura, ni de la capacidad de resistencia de sus oprimidos y tampocho de la solidaridad colectiva (ojalá y miles hubieran recordado a gritos ardientes los nombres de las victimas en las calles de Alemania, cuando los nazis empezaron a deportar  judíos). Se quedó con la idea de una de sus towns más aburridas que falsamente generalizaba para interpretar al ethos moderno del país.

«La crítica es la cortesía del filósofo» decía el sabio Adolfo Sánchez Vázquez.

Brindo, con esta pequeña cortesía, por Bolívar a diez años de haberse ido.

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