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“Jacobo Muñoz, lector de Karl Marx. La construcción del marxismo crítico en España: la vía praxeológica”: Mario Espinoza Pino

32365La buena gente nos preocupa.
Parece que no pueden realizar nada
solos,
proponen soluciones que exigen aún
tareas.
En momentos difíciles de barcos
naufragando,
de pronto descubrimos fija
en nosotros su mirada inmensa.
Aunque tal como somos no les gustamos,
están de acuerdo, sin embargo, con
nosotros.

Bertolt Brecht, Canción de la Buena
Gente

1. Más allá del deshielo y la crisis del marxismo: España, hacia la invención de una tercera vía

Si tuviésemos que periodizar la evolución del marxismo en el siglo XX, una de las fechas obligadas de nuestro itinerario sería 1956, año del 20º Congreso del PCUS. Dicho congreso, punto de partida del proceso de desestalinización del Bloque Comunista, abriría una profunda brecha ideológica e intelectual en el horizonte del marxismo internacional, que durante más de veinte años se había organizado en torno al “canon teórico” del Diamat. La denuncia del “Culto a la Personalidad” por parte del nuevo presidente de la URSS, Nikita Khruschev, haría públicos los rasgos más atroces de la era estalinista, caracterizada por una política de terror y represión colectiva: deportaciones masivas, purgas obreras, depuraciones en los órganos del partido, censura, campos de trabajo forzado para los disidentes (GULAG), etc. Aunque estos hechos marcarán de forma irreversible el futuro de la tradición marxista mundial, 1956 sería escenario de otros dos acontecimientos históricos que acelerarían la fractura de la dogmática estalinista: las Revoluciones húngara y polaca.

El 23 de Octubre el pueblo húngaro se levantó contra la policía soviética y el gobierno de la República Popular de Hungría, tratando de provocar un cambio político y social en el país. Entre otras demandas, los revolucionarios buscaban la salida del país del pacto de Varsovia y  la convocatoria de elecciones democráticas. Aunque al principio la URSS dio muestras de estar dispuesta a negociar con el gobierno insurrecto, el 4 de Noviembre las tropas soviéticas invadirían la República húngara, forzándola a capitular el día 10 del mismo mes. El Octubre polaco, sin embargo, y pese a lo tenso de las negociaciones entre Polonia y la URSS, tuvo un desenlace de carácter diplomático. El pueblo polaco se levantó contra el dominio soviético y unas condiciones de vida cada vez peores, canalizando el descontento a través de un fuerte sentimiento nacionalista. La insurrección comenzó en Junio con la Revuelta de los trabajadores de Poznán, y alcanzó su punto álgido entre Octubre y Noviembre. El desenlace de las conversaciones diplomáticas elevaría al poder nuevo líder del Partido Obrero Unificado Polaco, el reformista Wladyslaw Gomulka, que había dejado claro a la URSS que Polonia no abandonaría la órbita soviética, sino que buscaría su propia vía dentro del bloque comunista. No obstante, su inicial tendencia aperturista se revelaría muy pronto como un gesto superficial, un gesto que revelaba el profundo acuerdo del nuevo gobierno con las tradicionales políticas del PCUS. El proceso de democratización de Polonia sería más aparente que real, y el malestar económico y político (también la represión) se incrementarían hasta el final del mandato de Gomulka en diciembre de 1970.

Con la lectura del “informe secreto” y la denuncia del stalinismo, Khruschev parecía querer iniciar una nueva etapa dentro del bloque comunista, una fase de apertura y ampliación de las libertades civiles. Pero la represión de la revolución húngara y las condiciones de la negociación con Polonia mostraron que la política real de la URSS –lejos de cualquier avance democrático– seguía estando fundada en su poder militar y su capacidad represiva. Estos acontecimientos hicieron crecer el descontento en la comunidad marxista europea, para la cual las políticas del deshielo terminarían siendo un mero lavado de cara ideológico del régimen soviético, pero nunca una verdadera toma de posición en favor de la democratización y la refundación del comunismo. En consecuencia, muchos militantes e intelectuales occidentales rompieron con sus respectivos partidos nacionales, poniendo en cuestión la ortodoxia teórica soviética y la “nueva política” del PCUS. A partir de aquel momento surgirían o gozarían de mayor publicidad varias corrientes marxistas disidentes, las cuales podemos aglutinar bajo el rótulo integrador de marxismos críticos: el grupo húngaro Praxis o, de un modo más general, la línea del humanismo marxista, el marxismo estructural de L. Althusser en Francia, el marxismo científico de Della Volpe y L. Colletti en Italia, el nuevo marxismo de los creadores de la New Left Review en Inglaterra, la diaspora trotskista (R. Rosdolsky en USA, E. Mandel entre Francia, Alemania y USA), el Operaismo italiano en la década de los 70, etc. Si bien no todos los intelectuales de estas corrientes rompieron sus lazos con las organizaciones comunistas, todos ellos pensaron en contra de la ortodoxia filosófica y política de la URSS. Cada una de estas tradiciones articuló sus críticas desde un legado cultural e histórico diferente, adoptando posiciones teóricopolíticas de signo a veces radicalmente opuesto.

En España –que se hallaba bajo el yugo del general Franco– el eco de las rupturas y debates mencionados tuvo lugar en las asociaciones comunistas antifranquistas, organizadas en la clandestinidad del régimen fascista. La figura que marca la recepción crítica del marxismo en España durante el deshielo es, sin duda, la de Manuel Sacristán, militante del PCE y el PSUC desde 1956. Dotado de una elevada formación filosófica y buen conocedor del idioma alemán, Sacristán pronto se convertiría en uno de los intelectuales más importantes de la izquierda española. Su incansable labor crítica y editorial consiguió impulsar una sólida infraestructura cultural marxista, en torno a la cual se iría fraguando toda una tradición de pensadores y militantes. Una tradición que pudo tomar cuerpo, entre otras cosas, gracias a que Sacristán no se limitó a “importar” pasivamente el pensamiento de la tradición marxista, ni siquiera a “adaptarlo” a las condiciones del país: heredero de una formación filosófica que podríamos calificar de “anómala”, el filósofo español labró una apuesta teórica de carácter personal –un verdadero programa de trabajo– que influyó a toda una generación de autores. Pero la “anomalía” de Sacristán no se cifraba sólo en el orden intelectual, sino también en el carácter de su ethos como militante comunista, mucho más vinculado a la tradición gramsciana del “intelectual orgánico” que al perfil del “teórico puro” de los filósofos de la III Internacional.

Capítulo completo en pdf: Jacobo_Munoz, lector_de_Karl_Marx

Contribución de Mario Espinoza Pino al volúmen Constelaciones intempestivas. En torno a Jacobo Muñoz. Germán Cano, Eduardo Maura y Eugenio Moya (Eds.). Agradecemos a Biblioteca Nueva su generosidad por permitirnos socializar tres capítulos del libro.

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