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Introducción al texto “Contribución a la crítica de la economía política introducción [1857] y prólogo [1859]”: Mario Espinoza Pino

La cruda contemplación de la gran convulsión de los intereses
materiales que sacuden ahora Europa, desde Gibraltar a Moscú y
desde Glasgow a Constantinopla, nos asombra, y cuán inmensamente
ramificadas están las relaciones de Europa con el resto del mundo
habitado, ¡por no hablar de nuestro propio país! Incalculables son de
hecho los efectos que lo ya ocurrido debe indefectiblemente producir
sobre aquel intercambio colosal de las producciones de continentes
remotos, a través de mares sin fronteras en su comercio con aquel
gran foco de la industria y la civilización, Europa. Con Londres como
su gran centro, el comercio mundial se extiende como los delicados
hilos de una tela de araña desde el escondrijo tubular del monstruo en
miniatura”.

Carta anónima al editor del The New York Times, 12 de diciembre de 1857

La Contribución a la crítica de la economía política—editada por Franz Duncker en junio de 1859— pretendía ser el fruto de la investigación económica de largo aliento que Karl Marx había emprendido durante los últimos quince años de su vida; una época plagada de dificultades económicas, conflictos políticos y exilio que llevaron a Marx y a su familia desde París —atravesando Bruselas y Colonia— hasta la miseria del Soho londinense. En Alemania e Inglaterra los círculos comunistas, animados por la gran crisis comercial iniciada a mediados del 57, aguardaban con impaciencia el último escrito de Marx, pues suponían sería la obra más importante de un autor que había dado ya, entre otros frutos, textos de enorme vigor como El Manifiesto Comunista —magistral conciencia crítica de un tiempo y de sus límites—, Trabajo asalariado y Capital o La lucha de clases en Francia. Obras que, unidas a una carrera periodística de gran talento en el New York Tribune, la Neue Oder Zeitung o el People’s Paper, habían puesto al descubierto las contradicciones y desigualdades sociales sobre las que se sustentaba la explotación capitalista, dibujando al margen de la opulencia y la riqueza los rostros anónimos de los desheredados que soportaban el peso del progreso y la civilización. Sin embargo, y a pesar de lo esperado de la publicación, la Contribución pasó desapercibida para la mayor parte de la crítica internacional. Y es que a pesar del esfuerzo sintético que Marx llevo a cabo en la obra y de volcar sobre ella una implacable erudición económica, ésta acabó re-velándose como demasiado abstracta, fragmentaria e incapaz de abordar lo que parecía proponerse como objeto: el capital. El hecho de que Marx retrasase la publicación de un segundo fascículo que iba a tratar explícitamente sobre la formación del capital, y que —a pesar de la insistencia de Duncker en publicarlo— éste al final no viese jamás la luz, hizo aún más patentes las insuficiencias de una obra que concluía justo en el punto en que quizá debiera haber empezado: la transformación del dinero en capital.

Pese a la escasa recepción del texto en las fechas de su publicación, la Contribución cobra una importancia sustantiva desde la perspectiva de la formación del pensamiento económico de Marx. Los dos capítulos publicados sobre «El capital en general», «la mercancía» y «El dinero o la circulación simple», así como las críticas vertidas sobre los economistas clásicos, prefiguran ya —aunque de manera incompleta — el marco teórico y el lenguaje sobre los que va a fundarse la producción científica y política del Marx maduro. Si desde los planteamientos más tardíos del filósofo nos acercásemos al desarrollo de los epígrafes sobre la mercancía, el valor, la génesis del dinero como equivalente general o la circulación, podríamos ver, en forma embrionaria, un esbozo de las categorías que más adelante, tras una depuración conceptual, constituirán el núcleo de las primeras secciones de El Capital. Así, por ejemplo, Marx dirá en su texto de 1859 respecto del valor y la mercancía:

“Como valor de cambio, todas las mercancías son solamente determinadas
medidas de tiempo de trabajo humano cristalizado. Para comprender la
determinación del valor de cambio por el tiempo de trabajo, hay que fijarse en
los siguientes puntos fundamentales: la reducción de trabajo a trabajo simple, es
decir carente de cualidad; el modo específico en que el trabajo que produce valor
de cambio y, por tanto mercancías, es trabajo social; por último la diferencia
entre el trabajo que se traduce en valores de uso y el trabajo que crea valores de
cambio […] para medir los valores de cambio de las mercancías por el tiempo de
trabajo contenido en ellas, es necesario reducir los mismos trabajos diferentes
a trabajo indistinto, uniforme… que sea cualitativamente el mismo y, por tanto
solo se distinga cuantitativamente”.

Como podemos observar, el lenguaje en que se expresa el texto —«tiempo de trabajo humano cristalizado», «trabajo indistinto o carente de cualidad», «determinación del valor de cambio por el tiempo de trabajo»— se muestra bastante familiar si lo leemos a través de otros escritos más maduros de Marx, siguiendo ya de cerca el vocabulario científico que años más tarde El Capital habrá de consolidar de una vez por todas. Esta similitud que acabamos de presentar no es un hecho puramente «formal», sino que atañe al contenido teórico de ambos textos y los aproxima. Así, el filósofo expondrá en la primera sección de su gran obra, y de forma anticipada en la Contribución, que las mercancías, consideradas como valores, no son otra cosa que «mera gelatina de trabajo humano», siendo el trabajo la verdadera fuente de valorización de los productos durante su proceso de elaboración. La producción mercantil8 poseerá, por tanto, dos características fundamentales: será una economía fundada en el tiempo de trabajo social invertido en la producción (tiempo de trabajo necesario socialmente determinado), y requerirá (al tiempo que propulsará) un desarrollo muy avanzado de las ramas productivas, de modo que se pueda hacer abstracción de los valores de uso y los trabajos concretos centrando la producción en el intercambio futuro de los productos por medio de su valor. Desde este análisis le será fácil a Marx concluir en la Contribución que la mercancía se comporta como un fetiche debido a su naturaleza dual —en tanto objeto material y a la vez portador valor— que al emanciparse del productor en el intercambio oculta su origen, pareciendo ser la relación mercantil de intercambio, y no el trabajo humano, lo que genera el valor en sí mismo.

Éste, entonces, rebasará lo concreto de la mercancía, su materialidad: el valor será sólo trabajo humano abstracto, indiferenciado, inyectado en ella. Marx aclarará este punto comentando que «es característico del trabajo generador de valor de cambio el que la relación social de las personas se manifieste invertida, es decir, como una relación social entre cosas». El dinero, como equivalente general mercantil consolidado y medida del precio, consagrará este proceso de fetichización al ofrecer la apariencia de tener un valor intrínseco que, a través de su mediación, encubrirá aún más las relaciones humanas que hacen cristalizar el valor. El camino hacia el capítulo sobre el Fetichismo de la mercancía en El Capital quedará, pues, abierto.

Minerva, Madrid año 2010

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