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“Francisco Fernández Buey como filósofo de la ciencia”: Salvador López Arnal

Texto leido en la Universidad Pompeu Fabra el 13 de diciembre de 2012. “Homenaje a Francisco Fernández Buey”.
Algunos aspectos de la obra del profesor Francisco Fernández Buey [FFB] tal vez no han merecido suficiente atención. Pienso, por ejemplo, en sus aportaciones y sugerencias en el ámbito de la filosofía de la ciencia, en sus reflexiones y propuestas sobre la problemática de la tercera cultura o en su programa para una política de la ciencia humanista, republicana y sostenible.

Me centro en el primer vértice. Tres de sus libros tienen relación directa con él (y hay numerosos huellas en otros), al igual que muchos de sus numerosos artículos (sobre todo en estos últimos años) y una cantidad en absoluto desdeñable de sus seminarios y cursos de doctorado.

Al autor de Albert Einstein. Ciencia y consciencia le gustaba mucho el cine. Había pensado escribir un guión para una película en su honor: “La epistemología de FFB: ‘E la nave va”, podía ser el título. No me ha salido. Sólo he logrado hilvanar algunas escenas.

Si mi intervención tuviera algún interés, me gustaría dedicársela a su memoria, a la memoria del profesor FFB y de Neus Porta, su compañera.

Primera escena: Comentario de un texto marxiano.

“Desde la muerte de Marx –escribía el profesor FFB para una antología del revolucionario de Tréveris como “faro del siglo XX” que le había solicitado el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona- los filósofos y los políticos se han dedicado prioritariamente a interpretar su obra de distintas maneras marxistas. Se ha escrito tanto sobre Marx que éste ha acabado siendo un perfecto desconocido y se ha perdido su espíritu crítico”. Pero la sustancia de toda la obra de Marx, proseguía el autor de “Nuestro Marx”, consistía precisamente en esto, en la crítica de lo existente: “crítica de la filosofía especulativa y sistemática, crítica de la crítica mistificadora que se considera crítica, crítica de la política al uso, crítica de las ideologías, crítica de la economía standard en su cinismo y en sus propuestos”. De este modo, concluía el profesor y maestro de muchos de nosotros, “lo que hace falta en el siglo XXI es leerlo”. Leer a Marx… y a él también, podemos añadir nosotros.

Entre los textos que agrupó temáticamente -el primer apartado se titulaba “Emociones” y el segundo “Amar la libertad”-, el profesor FFB, que siempre que pudo rindió homenaje a Jenny von Westphalen cuyas cartas leía conmovido, incluyó un texto del discurso pronunciado por Marx el 14 de abril de 1856, y publicado en el People’s Paper cinco días más tarde, en la sección “Ciencia, técnica y alienación humana”. Dice así:

“En nuestros días toda cosa parece estar preñada de su contrario. Vemos cómo la maquinaria dotada de la maravillosa fuerza de disminuir y fecundar el trabajo humano, lo mutila y devora hasta el agotamiento. Un extraño conjuro transforma las nuevas fuentes de riqueza en fuentes de miseria. Las victorias de la ciencia parecen pagarse con la pérdida de carácter. A medida que domina la naturaleza el hombre parece sometido por otros hombres o por su propia vileza. Hasta la pura luz de la ciencia parece no poder brillar sino sobre el oscuro trasfondo de la ignorancia. Todos nuestros inventos y todo nuestro progreso parece desembocar en un dotar a las fuerzas materiales de vida espiritual y en la conversión de la vida en estúpida fuerza material”.

La hipótesis que sugiero y que pretendo defender sucintamente ante ustedes con escasez de argumentos es la siguiente: la epistemología (en sentido amplio, ni simple ni simplificada) del autor de Marx sin ismos –y sin mito, por decirlo a la Rubel- puede interpretarse como un largo y documentado comentario al anterior texto marxiano, una fructífera reflexión que tomó pie en autores muy diversos –en Newton-Smith, en Albert Einstein, en Manuel Sacristán, en Gerratana, en Alexandr Zinoviev, en el Watson de la doble hélice, en las críticas de Truesdell al estructuralismo de Sneed y Stegmüller, en el Feyerabend del Tratado del método (no, por supuesto, en el Adiós a la razón y exageraciones afines), en Paolo Rossi, especialmente en este gran historiador y filósofo italiano, etc-, inspirándose para ello y a largo del recorrido en una de las metáforas metacientíficas más hermosas y de mayor interés que se han escrito nunca, y que el profesor FFB admiraba tan profundamente como al autor de la misma.

Imaginemos, escribía Otto Neurath, “que somos como marineros que en alta mar tienen que cambiar la forma de su embarcación para hacer frente a los destrozos de la tempestad. Para transformar la quilla de su nave tendrán que usar maderos a la deriva o tal vez tablas de la vieja estructura. No podrán, sin embargo, llevar la nave a puerto para reconstruirla de nuevo. Y mientras trabajan tendrán que permanecer sobre la vieja estructura de la nave y luchar contra el temporal, las olas desbocadas y los vientos desatados. Ése es nuestro destino como científicos”.

Segunda escena. El poliedro FFB.

La tradición marxista no talmúdica y algunos de sus grandes protagonistas (el propio Marx, Engels desde luego, Gramsci, Rubel, Korsch y Manuel Sacristán especialmente), las grandes perturbaciones y el papel del padre Bartolomé de Las Casas, la universidad democrática y no servil a los designios insaciables del Capital y el mal, los movimientos sociales críticos, informados y alternativos, las utopías fructíferas, la ciencia con consciencia, los discursos discretos para insumisos no menos discretos, son algunos -¡sólo algunos!- de los puntos de interés del denso hacer y pensar de este enorme filósofo lascasiano y leopardiano cuya obra seguirá alimentando a generaciones y generaciones de estudiosos y ciudadanos críticos.

Todo ello es conocido. Empero, como no puede ser de otra manera, algunas caras del poliedro FFB no siempre son resaltadas con suficiente énfasis. Yo quisiera hacerlo aquí, como les decía, con uno de los asuntos que le preocupó e interesó y sobre el que escribió páginas que siguen siendo hoy, y seguirán siendo en el futuro, de enorme interés, sal de la tierra de numerosas reflexiones e investigaciones para los seres humanos del futuro (como diría su admirado Bertolt Brecht).

En un apunte biográfico que puede leerse en una conversación, por el momento inédita, con el economista Miguel Ángel Jiménez González, el profesor y maestro FFB recordaba que fue en su juventud cuando tuvo “el acercamiento a la literatura y a los novelistas rusos del siglo XIX, a Tolstoi, a Dostoievski, y a Shakespeare y Goethe”. Entre los primeros filósofos que leyó, proseguía, estaban Camus y Sartre. Después empezó a leer a Marx y “posteriormente tuve afición por Bertrand Russell”. Afición es aquí palabra a retener.

Hay dos libros en su amplia bibliografía dedicados a uno de los pensadores que más le interesaron hasta el final de sus días, Albert Einstein, y tengo para mí –y creo no estar en esto en unitaria minoría- que uno de sus mejores libros es La ilusión del método. Ideas para un racionalismo bien temperado, un hermosísimo título, a la altura de las reflexiones, ideas, sugerencias, informaciones y argumentaciones que contiene. No es casual que se abra con dos citas: una de Einstein –“Un científico es un cruce de mimosa y puercoespín”- y otra de Alexandr Zinoviev. De esta segunda, si me permiten, al final.

Aprovecho en todo caso esta última referencia para recordar que también él nos recomendó un gran libro del autor soviético, entonces exiliado, que pasó casi desapercibido: Cumbres abismales, y que en La ilusión del método, seleccionó, comparándolo con un texto de Richard Feynman y de un libro tan sofisticado e inagotable como El carácter de la ley física, un paso de Zinoviev que siempre fue muy de su agrado. Tiene una afilada punta política, filosófica y metodológica. El siguiente:

“Es imposible considerar como ley científica una afirmación que se limita a generalizar los resultados de la observación. Por ejemplo, un individuo, después de recorrer diversas instituciones y observar a distintos jefes [la UPF está excluida en el recorrido por supuesto], puede afirmar: “Todos los jefes son unos bribones y arribistas”. Esta afirmación puede ser cierta o errónea, pero no es una ley científica, pues no indica las condiciones. Si las condiciones son de cualquier índole, o indiferentes, se trata de un caso particular de condiciones, y esto debe indicarse. Pero si las condiciones son indiferentes, cualquier situación es un ejemplo de condiciones plenamente realizadas y resulta imposible aplicarle el concepto de ley científica a este caso”. La cursiva no es mía, es de FFB.

Escena tercera. Títulos y subtítulos

La ilusión del método lleva por subtítulo “Por un racionalismo bien temperado”. Lo de “racionalismo temperado” lo tomó de Newton-Smith, un autor muy relevante e influyente en la reflexión de FFB, que escribió en los años ochenta del pasado siglo un libro reconocido, leído y estudiado sobre la entonces denominada nueva filosofía de la ciencia. Yo mismo, de joven, fui uno de sus entusiastas.

Pero esta elección nominal fue tal vez fruto de una excesiva modestia. En mayo de 1992, en Isegoría, un gran filósofo analítico-marxista, José Francisco Álvarez, muy considerado por él, apuntaba una ajustada ampliación temática y conceptual que no me resisto a recordar.

Al menos como programa, señalaba Álvarez, aparece claramente en el libro de FFB “un proyecto más amplio que lo sugerido por la metáfora musical que se trasluce en su elección de subtítulo. Tengo para mí que el problema del racionalismo hoy no reside tanto en la necesidad de atemperarlo bien cuando en la conveniencia de contrapuntear sus exigencias con otras procedentes de una comprensión menos simplista de la acción humana”.

Álvarez sugería que “Lograr una adecuada polifonía con la participación de los elementos internos del conocimiento científico, la lógica de la ciencia, los materiales procedentes de la sociología de la ciencia, la política de la ciencia y la historia de la ciencia pueden ayudar a una cabal comprensión del tema de la ciencia, del cambio de objetivos de la ciencia hoy y del cambio del tema producido en la filosofía de la ciencia”. Por lo demás, este logro polifónico no podía olvidar “la conformación de reales prácticas cognitivas, y la importancia de persistir en la adopción de compromisos cognitivos propios para la obtención de resultados científicos”.

Todo este amplio programa, concluía Álvarez, es el que creía ver propuesto en La ilusión del método.

Yo también lo veo así y creo, por lo que recuerdo, que al profesor FFB no le disgustaba esa enriquecedora interpretación que enlazaba, además, con una reflexión científico-dialéctica del descubridor-inventor de la tectónica de placas, de la deriva de los continentes.

Alfred Wegener apuntaba que para desvelar los estados anteriores de nuestro planeta, “todas las ciencias que se ocupan de los problemas de la tierra tienen que hacer su contribución y solo con la reunión de todos los indicios proporcionados por ellas puede obtenerse la verdad; pero esta idea no parece estar suficientemente extendida entre todos los investigadores […] Lo cierto es que en una época determinada la tierra no pudo haber tenido más que una sola cara sobre la que proporcionarnos informaciones directas. Estamos ante la tierra como un juez ante un acusado que se niega a responder, y tenemos la tarea de descubrir la verdad a base de presunciones”.

Todas las pruebas que podemos proporcionar, remataba Wegener, presentaban el carácter engañoso de las presunciones. “¿Qué pensaríamos del juez que elaborase su conclusión utilizando solamente una parte de los indicios a su disposición? Solo reuniendo los datos de todas las ciencias relacionadas con el estudio del globo terrestre podemos esperar obtener la “verdad”, es decir, la imagen que sistematiza de la mejor manera la totalidad de los hechos conocidos y que puede, por consiguiente, pretender ser la más probable. E incluso en este caso, hemos de esperar que sea modificada en cualquier momento por parte de todo nuevo conocimiento, sea cual sea la ciencia que la haya hecho posible”.

En cuanto al título, FFB nos da una pista decisiva. Lo hace, por supuesto, de forma poco frecuente y muy bella (la belleza literaria, su hermosísimo y rico castellano es otra de las características destacables del ensayo y de su obra en general). En los compases finales del texto (páginas 213-214), señala el autor que la coincidencia en reconsiderar la relación entre experiencia y teoría en términos críticos del inductivismo nos retrotraía al punto de vista goethiano (o al de E. Gombrich, “el ojo inocente no ve nada”, al que también hace referencia en las páginas iniciales, en la página 13). El que también fuera traductor de la Historia general de las ciencias hacía referencia aquí a un texto de Goethe muy de su agrado y de su amigo y compañero Manuel Sacristán, un fragmento que ambos eligieron para las contraportadas de aquella colección “Hipótesis”, inolvidable para muchos de nosotros, que dirigieron al alimón. El texto goethiano dice así:

“Curiosísima exigencia ésta, presentada, sin duda, alguna vez, pero incumplida siempre, incluso por los que la esgrimen: que hay que exponer las experiencias sin conexión teórica alguna, dejando que el lector, el discípulo, se formen a su arbitrio, la convicción que les plazca. Pero el simple mirar una cosa no puede hacernos adelantar. Todo mirar se convierte naturalmente en un considerar, todo considerar en un meditar, todo meditar en un entrelazar; y así puede decirse que ya en la simple mirada atenta que lanzamos al mundo estamos teorizando”[La cursiva es mía].

Esta coincidencia, proseguía FFB, a la ahora de acentuar los estilos de pensamiento en la empresa científica y la consideración de la ciencia misma como saber social en el marco de los sistemas culturales no podía dejar de recordar ciertas aproximaciones al fenómeno ciencia que en el pasado, algo precipitadamente, habían sido calificadas muy rápidamente de idealistas. Le volvían a la memoria en este punto algunas páginas de Ortega y Gasset sobre la ciencia en el sistema del saber (a ello, al concepto orteguiano de conocimiento científico, se refirió el profesor FFB en uno de sus grandes artículos: “La universidad desde Ortega y Sacristán”), al igual que las reflexiones de Gramsci sobre la ciencia en la historia.

Sobre la ilusión del método, el título del ensayo, FFB traía a colación un pasaje de los Quaderni, uno de los libros que más amó y estudió y sobre los que ha escrito páginas imperecederas:

“Toda investigación -escribía Gramsci- tiene su propio método. Creer que es posible desarrollar y avanzar una investigación científica aplicando un método tipo es una extraña ilusión que tiene poco que ver con la ciencia… Y es que vulgarmente se cree que “ciencia” quiere decir sin más “sistema”, razón por la cual se construyen todo tipo de sistemas que no tienen de aquél la coherencia íntima y necesaria sino sólo la exterioridad mecánica”.

Este fue el punto de vista metodológico -y anti-metodológico a un tiempo- de FFB: no es de recibo creer, no es razonable pensar, que es posible desarrollar y avanzar una investigación científica, más allá de consideraciones muy generales, en todo tiempo, tema y circunstancia aplicando un método de tipo general.

Como la historia comparada, la epistemología comparativa era también muy de su agrado. FFB trazaba un paralelismo significativo entre el texto de Gramsci y un paso de uno los filósofos de la ciencia más reconocidos en aquellos años ochenta, John Watkins y su Ciencia y escepticismo. Cincuenta años separaban ambos textos:

“Ir a la búsqueda de las reglas del método científico significa presuponer que existe sólo un único medio legítimo para alcanzar las metas cognitivas que las ciencias comparten. Pero como pueden existir toda una variedad de reglas metodológicas que conduzcan, de formas igualmente válidas, a la obtención de nuestros valores cognitivos, se sigue de ahí que la existencia de métodos de investigación que no son idénticos puede ser ciertamente una característica permanente de la vida científica… Un segundo obstáculo, probablemente insuperable, para la búsqueda del método científico, es la ausencia de consenso entre los científicos acerca de cuáles deberían ser los objetivos cognitivos de la ciencia. No habiendo acuerdo sobre esto no debería sorprendernos el que siga persistiendo cierta divergencia sobre los métodos”.

¿Cómo es que la Academia no había reparado en esa notable coincidencia?, preguntaba FFB en voz alta. No respondía en esta ocasión pero algunas posibles dianas eran señaladas y, en este caso, no de forma muy admirativa.

Cuarta escena. Demoliciones.

Reflexionando sobre la trayectoria recorrida por la filosofía de la ciencia de orientación analítica, desde los clásicos, desde Carnap, Popper, Hempel y Nagel hasta el Tratado contra el método de aquel físico y filósofo que desestimó ser ayudante de Brecht, FFB traía a colación una aguda observación de Kant según la cual la razón humana era tan constructiva que, con frecuencia, “después de acabada la torre la ha derribado para ver si el cimiento mismo estaba bien fabricado”. La torre de referencia era para el autor de las Críticas la obra de Newton, la herencia metódica de la mecánica clásica de partículas en el conjunto del pensamiento científico. La demolición de la torre para ver de qué estaban fabricados los cimientos, señalaba el profesor FFB, parecía “apuntar a la duda de Hume acerca de la inducción y su papel en la reconstrucción teórica del pensamiento racional”.

¿Qué sentido tenía la comparación entre este pasaje kantiano y el asunto tratado? El siguiente: el Tratado de Feyerabend y el clásico de Kuhn sobre las revoluciones -científicas, por supuesto- aparecían también como reacciones contra el edificio, aparentemente muy consolidado, de la filosofía de la ciencia de los años cuarenta y cincuenta. La reacción contra tal seguridad era tanto más notable cuanto que hasta no hacía mucho tiempo (en aquellos años ochenta) “las corrientes filosóficas que competían con la concepción derivada de los trabajos de Carnap, Popper, Hempel y Nagel (entre otros) parecían definitivamente eclipsados al menos en los campos de la epistemología y de la metodología”. Eso sí, años después, en un artículo de mediados de los 70, a alguien tan grande y con tantas aportaciones clásicas en la tradición neopositivista como el viejo C. G. Hempel no le dolían prendas en afirmar que: “El interés empírico-analítico por la claridad y el rigor, por la comprensión sistemática y la simplicidad formal impulsó la formulación de sistemas explicativos, impresionantes desde el punto de vista técnico, pero que quedan muy, muy lejos de los objetivos y de los modos de pensar que caracterizan a la investigación científica. Tales sistemas tienen, por consiguiente, un potencial explicativo limitadísimo”. ¡Limitadísimo! ¡Si Rudolf Carnap o el asesinado Moritz Schlick, tan admirados por FFB, levantaran la cabeza!

Había otro aspecto no menos importante: la consideración de que la ciencia no posee estructura alguna, la fuerza provocativa con la que se rechazaban métodos, historias relacionadas, racionalidad científica en el ámbito de la investigación e historias complementarias proclamadas urbi et orbe. Afirmando todo ello cuando, en principio, mayores eran los logros gnoseológicos de la razón tecnocientífica no sólo se echaban por tierra matices y distingos de “paciente elaboración” sino que se abría además camino a la más sonada crisis de legitimación de la ciencia que había conocido el siglo XX. La demolición epistemológica del edificio bien construido, apuntaba agudamente FFB, coincidía “al menos en el tiempo con las nuevas recriminaciones morales a la potencialidad destructiva de la ciencia misma en acto”, aunque ambas cosas –tampoco este punto se le escapaba- no se hicieran siempre con el mismo talante ni con los mismos objetivos.

De todo ello, el nuevo escepticismo y, también, los nuevos romanticismos en lo que hacía a la consideración filosófica de la ciencia. Y también de ahí, en ocasiones, una inferencia de segundo nivel (el lenguaje no es una llanura como apuntó Borges): no sólo la ciencia sino la propia filosofía de la ciencia era vista a veces como un parásito, como una actividad parasitaria, en absoluto inofensiva, “sino, más negativamente, como un parásito colaboracionista”, como un elemento de la reacción por decirlo en términos un poco más gastados pero no siempre equivocados.

Escena 5ª. Hölderlin y los peligros.

Hubieron otros ámbitos críticos y demoledores del edificio. FFB no olvidaba las sendas antirracionalistas que tenían sus orígenes en las filosofías de la vida de los años veinte y treinta del siglo XX. Recordaba muy bien lo apuntado por Sacristán en los compases iniciales de su tesis sobre Las ideas gnoseológicas de Heidegger. Sin embargo, lo nuevo, destacaba, era que la tarea de demolición para ver de qué estaban fabricados los cimientos se hacía esta vez con “el mismo instrumento teórico y en la misma tradición que con tanta paciencia había construido el edificio”. Parodiando a Hörderlin, soy yo quien habla ahora, de donde nacen el peligro y la perfección nacen también la crítica y la demolición.

FFB comentaba a continuación la confusión reinante en el ámbito de la epistemología. La crisis de la filosofía de la ciencia clásica se interpretaba a menudo como una liquidación por derribo del conjunto de la tradición analítica y no sólo, en rigor, como el final de una determinada forma de positivismo.

No olvidaba el autor de Contribución a la crítica del marxismo cientificista que algo similar había ocurrido en otra corriente interesada en asuntos de método. La crisis de las escuelas cientificistas de los años sesenta, que él tan bien conoció y estudió (su tesis doctoral sobre Della Volpe, las traducciones con prólogos de Lucio Colletti), había sido interpretada, sin más consideraciones, como una crisis general del marxismo o de la dialéctica de inspiración marxiana. Quien quisiera divertirse un poco a costa de las exageraciones de los filósofos en temas científicos y metodológicos lo tenía fácil: le bastaba comparar el acta del defunción del popperismo redactada por Paul K. Feyerabend en el Tratado contra el método con el good bye marxism de Colletti pocos años después.

A FFB no se le escapaba el desconocimiento de la obra de Lenin por parte del físico austriaco: hablar de teoría anarquista del conocimiento y citar el Lenin del izquierdismo y las enfermedades infantiles no parecía un monumento a la consistencia y a la solidez. Tampoco lo era el tono de la crítica de Colletti: para echar el marxismo a la cuneta de los despropósitos irracionales se amparaba en el artículo sobre el tema del Popper de Conjeturas y refutaciones pero, eso sí, criticando –tal converso un pelín fanatizado- al asesor de Miss Thatcher porque en su “ensayo hubiera dejado pasar un párrafo equívoco acerca de la fecundidad o fertilidad prácticas de las contradicciones”.

La situación no dejaba de ser curiosa a finales de la década de los setenta: Feyerabend y Colletti sostenían respectivamente que ninguna de las dos concepciones enfrentadas, la analítica y la dialéctica, tenía nada que ver con la ciencia realmente existente -con la ciencia de los científicos- y, por otra parte, mientras el marxismo en aquel entonces creía que los procedimientos analíticos eran los únicos admisibles para el tratamiento de los problemas epistemológicos (también de los suyos: FFB recordaba a Elster y sus Uvas amargas), los analíticos rescataban de algunas de las tendencias de las tradiciones marxistas y libertarias temas olvidados durante largos años: los condicionamientos sociales, económicos y políticos de la ciencia; el papel de las comunidades científicas en la aceptación y rechazo de teorías, etc. ¡Vivir para ver y observar paradojas! De hecho, la crítica del que fuera posteriormente diputado italiano por el partido de Berlusconi podía leerse como una crítica del marxismo cientificista que él mismo había representado con tanta convicción, energía, fuerza, algo de prepotencia y tan enorme influencia años atrás.

Tras señalar que algunas de las autocríticas de los filósofos de la ciencia -aunque no solo- no solían mostrarse en el cuerpo principal del texto sino en notas a pie de página o en lugares apartados (Popper era un claro ejemplo de ello), FFB finalizaba este primer apartado de su escrito apuntando que su intención principal en este trabajo era “proponer una interpretación historicista de la llamada crisis de la filosofía de la ciencia que no tenga por qué aceptar sin más la confusión”. De acuerdo con su interpretación, los trabajos de Lakatos, Kuhn, Feyerabend, de Hanson Russell, eran vistos como un cambio de tema respecto a los intereses de la mayoría –aunque no de todos, existían excepciones muy notables- de los principales representantes del período clásico de la filosofía de la ciencia.

Escena sexta. Mejor imposible: cambios temáticos.

La ilusión del método, señalaba FFB en el prefacio del ensayo, es una reflexión histórico-crítica sobre algunos de los resultados de la institucionalización reciente de la filosofía de la ciencia y de la metodología de nuestras universidades, es decir, una reflexión crítico-filosófica sobre los desarrollos recientes de la epistemología contemporánea. La entonces llamada nueva filosofía de la ciencia era interpretada como un cambio de tema motivado por el desplazamiento de intereses intelectuales respecto a lo que había sido el admirable edificio teórico normativo construido durante los años cuarenta y cincuenta del siglo XX. El cambio del tema -del análisis de la estructura de las teorías científicas a la historia de la formulación de la mismas, de la filosofía de la ciencia a la sociología y política de la ciencia- era ubicado en la reflexión de FFB en relación con dos factores: con el constante aumento del interés teórico por la función social del conocimiento científico y con la cada más extendida preocupación por las implicaciones del complejo científico-técnico, preocupación esta última, señalaba el autor de Albert Einstein. Ciencia y consciencia, que “había conducido a una crisis de legitimidad de la ciencia misma o una alianza impía entre cientificismo e irracionalismo”.

Sin embargo, nos advertía, tomando pie en Baltasar Gracián y en su “hombre que es todo extremos”, que este cambio de tema no se había percibido propiamente como un cambio de intereses sino “como un cambio de orientación radical en la forma de pensar, o como un redescubrimiento de la nueva piedra filosofal”. El autor de Marx sin ismos apuntaba de pasada una nota sociológica: “la institucionalización conlleva eso: las gentes tienen que vivir de ser originales”.

Para valorar con mesura lo que de verdad eran novedades en esta historia reciente de las ideas, FFB reconocía su deuda con el historiador y filósofo italiano Paolo Rossi –especialmente con Las arañas y las hormigas– y, por otra parte, en la tarea de atar los dos cabos sueltos (interés por la función social de la ciencia y miedo por las implicaciones de la tecnociencia) había reelaborado una vieja tesis, en su momento polémica, de su “inolvidable amigo y maestro” Manuel Sacristán. Sin caer en ninguna apología ingenua del filosofar espontáneo del científico, se manifiesta explícitamente en contra de ello en su trabajo, FFB primaba el filosofar del científico acerca de sus prácticas sobre la filosofía licenciada e institucionalizada de la ciencia.

Dos cosas, apuntaba, le habían llevado al convencimiento que también en este nudo el autor de El orden y el tiempo tenía razón: en primer lugar, el estudio comparado de las varias versiones que Popper había dado de su encuentro con Einstein en Princeton sobre teoría cuántica e indeterminismo y, en segundo lugar, la sonada crítica que Clifford Truesdell había hecho de la reconstrucción supuestamente “racional” de la mecánica clásica de partículas por parte del estructuralismo de Sneed y Stegmüller (y de Carlos Ulises Moulines, con el que creo que coincidió en algún curso universitario)

Empero, continuando un diálogo sobre ciencia y metáfora que hilvanó con Sacristán poco antes de su fallecimiento, FFB había corregido y matizado aquella vieja tesis polémica. A partir del papel de la metáfora en la ciencia, sostenía que no había que descartar el efecto benéfico de un diálogo, posible, entre el científico y “mero amigo del saber tocado de la docta ignorancia”, a la manera como el artista o el literato dialogaban con el teórico crítico. La conversación podía dar a veces “en un jardín, por decirlo en el lenguaje de los cómicos, o en la comedia de los errores”, pero había otras veces en que precisamente esa conversación que aparenta ser jardín del cómico “por la oscilación de los lenguajes y en la búsqueda de conceptos comunes y precisos, brotan sugerencias de método, y hasta sustantivas, de no poca importancia para la ciencia misma”. Su posición y defensa era nítida.

FFB proponía leer su libro, La ilusión del método, como un conjunto –reconocía él mismo: “un tanto asistemático”- de ideas a favor de un racionalismo bien temperado, bien ajustado. ¿De qué se trataba? De atemperar ese extremo –de nuevo Gracián- que era el racionalismo normativo del filósofo a la Popper. No sólo dando cuenta, señalaba, de la importancia que para todas estas cosas tenía la autocrítica de la ciencia iniciada por Einstein y Szilard, y continuada, entre otros, por Levi-Leblond y Di Francia, sino “también atendiendo a las razones (claras en un mundo que está perdiendo la memoria a pasos agigantados) de los historiadores de la ciencia, desde Kuhn a Elkana pasando por Crombie, Holton y el ya mencionado Rossi”.

Por lo demás, ¿contra qué planteamientos se había alzado la nueva filosofía de la ciencia? ¿De qué terrenos se alejaba o matizaba la nueva reflexión filosófica?.

Escena séptima. De ciencia, de política y de coraje filosófico.

FFB no olvidó desde luego la importancia trascendental en la época contemporánea de la política de la ciencia. Solía recomendar el libro de Jost Herbig sobre Los ingenieros genéticos. La ciencia también era eso, la potencial destrucción de nuestra especie. Razón por la cual, concluía, la consideración teórica de la ciencia había de abordar esos problemas si quería hacer suya la vieja y acertada orientación de su muy apreciado Bertrand Russell: la ciencia para salvarnos de los peligros de la ciencia. Hölderlin había dicho lo mismo de forma no menos bella: “Donde está el peligro, allí surge también la salvación”.

Hay un nudo en el que vale la pena insistir: su coraje filosófico paralelo a su coraje y consistencia poliéticas.

Señala FFB en La ilusión del método que la comparación entre las conclusiones para la poética de un marxista racionalistas como Della Volpe y el punto de vista de filósofo de la ciencia como Richard Boyd (que había defendido el uso de metáforas más o menos literarias era consustancial al conocimiento científico sin que ello conllevara ninguna admisión de factores de irracionalidad) o el propio Kuhn diez años después, ilustraba suficientemente acerca de la flexibilización del concepto de racionalidad. El neopositivismo dominante, también en ciencias sociales, había negado durante tiempo el estatuto científico de obras como El Capital. ¿Por qué? Por el frecuente uso de metáforas, actitud esta directamente dependiente del horror a los filosofemas que se sentía en el Círculo de Viena (recuérdese a Carnap y a sus agudas ironías sobre Heidegger y la nada que nadeaba), horror que algún filósofo de la ciencia, que FFB no citaba en este caso, había definido como repulsión a la profundidad.

Su posición, muy explícita, vale la pena destacarla:

1. Siempre la habían parecido que las metáforas con las que Marx se refería al dinero en el volumen primero de Das Kapital, tan alejadas en principio de lo que se supone que debía ser el lenguaje científico del analista económico, expresaban no solo más plásticamente sino con más verdad que cualquier otra descripción lo que el dinero era realmente para la mayoría de los hombres en sociedades en las que todo podía ser objeto mercantil.

2. Era algo así como añadir nuevo valor a la llama crítica de siempre, a la llama de Sófocles, de Shakespeare, de otros clásicos abundantemente citados en ese contexto a propósito del dinero como fetiche.

3. Que todo se hace vendible y comprable puede parecerle incontinencia verbal a un positivista de hace algunos años pero ya no a cualquier espíritu científico no cegado que sepa de la comercialización de humores y tejidos de seres humanos (FFB hacía referencia al caso de John Moore y su denuncia del uso mercantil de parte de sus tejidos por parte de hospitales de California en los años setenta).

4. Lo mismo valdría para otras expresiones de El Capital: según ellas, la circulación aparece como “la gran retorta social en la que todo vale convertido en cristal de dinero” y en la que “ni siquiera los huesos de los santos se resisten a esa alquimia”.

5. También para el valor: “posee la oculta cualidad de engordar en valor porque es valor” y, además, “pare retoños vivos o, por lo menos, pone huevos de oro”.

6. La forma dinero de las mercancías implicaba que el celador de estas tenga que “prestarles la lengua para que hablen sus cabezas” o “colgarles etiquetas con el objeto de comunicar sus precios al mundo exterior”.

En este contexto, el fetiche cobra vida, se movía y saltaba como si estuviera animado, adquiría sentimientos humanos, mientras los humanos nos convertimos en cosas, se alienan, pierden su autonomía y consistencia. Una imagen esta, la de la alienación, también metafórica, exagerada y nada científica para el positivista de hacía unos años. Más comprensible en cambio para el científico que había podido comprobar como buena parte de la literatura y la cinematografía traslade los sentimientos que habitualmente atribuimos a los seres humanos a robots más o menos bondadosos mientras que, ahora es FFB quien escribe, “el antiguo portador de los valores queda convertido en mero objeto o en boquiabierto contemplador de las metamorfosis que se produce ante sus ojos”.

En síntesis, no era ya que el dominio casi absoluto del capital especulativo en nuestros días -¡no hace falta decir qué diría FFB, veinte años después, de lo que está ocurriendo!- haya convertido las metáforas de Marx en descripción realista de lo que pasa en la economía mundial; es que, además, la metáfora fue siempre acompañante de la exposición científica.

Escena octava. Originalidad.

Otro punto merece ser destacado. FFB fue enormemente original en algunas aristas de su reflexión, habló de lo que apenas se hablaba entonces. No lo es, desde luego, aunque esté acertado en ello, cuando recuerda que algunas de las tesis de Kuhn de La estructura y La tensión esencial tuvieron precedentes claros en la obra de Ludwig Fleck, Génesis y desarrollo de un hecho científico, un autor y una obra en su momento olvidados, que fue traducido al inglés 35 años después con prólogo del propio Kuhn, también autor de La revolución copernicana.

Sí fue original FFB, en cambio, cuando comentando el Tratado contra el método de Feyerabend, al que trata de manera más que equilibrada –y en mi opinión, excesivamente generosa- recuerda la obra de W. I. B. Beveridge. Señala en este punto que la crítica de la jerga cientificista, el reconocimiento de que la ciencia es parte de un sistema cultural –razón por la cual, comenta agudamente entre paréntesis, autores para los cuales la naturaleza está escrita en lenguaje matemático tienen que comunicar sus descubrimientos con herramientas lingüísticas mixtas, no sólo matemáticas y usando de metáforas y analogías-, la denuncia del culto al hecho en bruto sin teoría (que entonces seguía practicando el empirismo ingenuo e incluso el neopositivismo más sofisticado), todo eso, toda esa heterodoxia epistemológica, era ya parte de una consideración más equilibrada de la ciencia que en aquel entonces intentaba salvar el núcleo sano del edificio arduamente construido integrando además la perspectiva histórica y sociológica. Desde esta concepción equilibrada, es el racionalismo bien temperado que defiende a lo largo de su libro, se puede distinguir entre lo que fue denuncia, necesaria y sugestiva, de mitos y dogmas, y la tesis inmantenible de que la ciencia avanza contrainductivamente porque en ella todo vale. No todo valía.

FFB recuerda que en las primeras páginas del Tratado Feyerabend trataba de sorprender al filósofo de la ciencia más o menos tradicional aproximando la ciencia al proceder artístico: la ciencia se encontraba mucho más cerca de las artes de lo que afirmaban las teorías del conocimiento favoritas en aquellos momentos. Pero tampoco Feyerabend había sido el primero en llamar la atención acerca de las semejanzas entre ciencia y arte, o para decir mejor, entre el proceder científico y el proceder artístico. La historia de la filosofía, la historia del pensamiento científico, ambas estaban llenas de declaraciones en el mismo sentido. FFB recordaba el caso de un profesor de patología animal británico, un Fleck inglés quince años más tarde

W. I. B. Beveridge, profesor de patología animal en Cambridge, había publicado con éxito un interesante ensayo titulado The Art of Scientific Investigation. El lema de la obra era un aforismo de W. H. George: “La investigación científica no es propiamente ciencia ella misma; es más bien arte o artesanía”. El libro seguía siendo en 1991, en opinión de FFB, una excelente introducción a los problemas de la investigación científica desde el punto de vista de una corriente epistemológica de mucho interés para las ciencias sociales, la formada en torno a la práctica médica (Otro nudo, el de la práctica científica, social, y la generación de teorías que aquí no puedo abordar, pero que en absoluto es marginal en la teoría del conocimiento defendida por el autor de Leyendo a Gramsci).

WIBB, que había dedicado un precioso capítulo en el papel de la intuición en el descubrimiento científico tomando pie en Einstein y en su consideración de aquélla como el factor verdaderamente más precioso en la ciencia, curiosamente no había provocado ninguna controversia especial en un ambiente fuertemente dominado por el empirismo inglés y el neopositivismo (e incluso por el falsacionismo). El propio autor afirmaba en el prólogo de 1953 que no había tenido problemas serios con el contenido de su libro entre los teóricos de la ciencia de aquellos años. Pues bien, muchas de las cosas que Feyerabend defendía con lenguaje y formas de un supuesto enfant terrible algunos años después estaban ya en el libro del patólogo inglés.

¿Dónde se ubicaba la diferencia? En la forma. WIBB proponía un programa clásico de metodología en una línea baconiana que se declaraba además deudora de las reflexiones de Claude Bernard en su Introducción al estudio de la medicina experimental, un programa que daba toda su importancia a la práctica científica realmente existente expuesto de manera positiva, constructiva, a la inversa de. Feyerabend. WIBB, médico y biólogo (la mayor parte de su trabajo lo había dedicado a la inmunología), repasa los conceptos básicos del programa metodológico tradicional -hipótesis, experimentación, papel de la imaginación en la ciencia, observación e intuición, condicionamientos externos e internos en el desarrollo de un programa de investigación- pero hace el repaso de manera positiva, constructiva, incluso cuando critica el punto de vista imperante y dominante. Feyerabend, por el contrario, había desarrollado el nudo crítico y destructivo de su programa dedicando poco espacio a las tesis positivas, constructivas.

La conclusión que extraía FFB puede ser expuesta así: la comparación entre la obra de ambos servía para poner de manifiesto como existía una tendencia a prestar insuficiente atención a exposiciones críticas-positivas que evitan polémicas para, años después, acabar llegando al mismo puerto que en ella se indicaba sin aspavientos ni gritos iconoclastas. Ocurría entonces, le cito a él, “que el camino se recorre a través de una dura controversia, de manera que lo que al producirse como ruptura nos parece un atajo es en realidad, si se observa con perspectiva o con otra perspectiva, un rodeo”. FFB recordaba en este punto del Juan de Mairena (otros de los alicientes de su ensayo: sus hermosas y fructíferas referencias literarias) y la crítica machadiana a la ridícula altanería de quien creer atajar raudo y veloz y, de hecho, rodea muy pero que muy lentamente.

Escena novena. El chiste epistemológico.

El segundo texto del que les hablaba al inicio de mi intervención es un chiste, el paso de Cumbres abismales que abre con Einstein La ilusión del método. FFB lo explicaba con mucha gracia. Yo no soy capaz. Mejor se lo leo.

“De ciencia que, en lo fundamental, proporcionaba ciertos consejos sencillos, la metodología se convirtió en una colección de obras críticas que lo que proporciona son refutaciones complicadas, fundamentalmente negativas, a las soluciones positivas de los problemas. Y cuando los especialistas en metodología dan consejos positivos no se puede evitar compararlos con los consejos de los alquimistas. Al igual que estos vendían gustosamente sus recetas para la obtención de oro sin ponerlas ellos mismos jamás en práctica, también los especialistas en metodología enseñan gustosamente a todos la forma de hacer descubrimientos científicos pero se las ingenian para no hacerlas ellos ni siquiera en su propio ámbito. Se cuenta al respecto la siguiente anécdota: si hay que determinar el sexo de un conejo, el científico caza el conejo y lo examina; el metodólogo lo mira por encima, si es blanco determina que es conejo, y si blanca, coneja”.

Yo soy más bien soso. El profesor FFB lo sabía y cómo sabía también que me gustaban los chistes lógico-epistemológicos me lo solía contar de cuando en cuando.

Una de las últimas veces me vio un poco aturdido, algo confundido y un pelín serio. Qué te pasa Salva me comentó, ya no te gusta. Sí, sí,.. le dije. Dime, venga, no te cortes. Pero yo me cortaba. A mi Paco me imponía mucho. Paco, como ha dicho Jorge Riechmann, ¡era mucho Paco!

Pues no sé, le dije -¡me atreví finamente!-, yo no conozco a nadie que toque o intente tocar tanta realidad como tú y si no recuerdo mal, me sabe mal hacer referencia a estas aristas del pasado, tú has sido metodólogo, ¡profesor de metodología de las ciencias sociales, catedrático en dos universidades en el tema además!, durante unos veinte años.

Paco sonrió, con esa risa que tanto nos gustaba a todos. “Es pura dialéctica”, me comentó. “La vida, deberías saberlo Salva, no cabe totalmente en nuestras conjeturas”. Y también en eso tenía razón. ¿No les parece?

FIN DEL DOCUMENTAL: “Y el género…”

Sería lo más fácil. Títulos de crédito: Francisco Fernández Buey, el maestro universitario y ciudadano Paco Fernández Buey, Paco, nuestro Paco. Luego, pantalla negra como en Dancer in the dark, un musical que a él le gustaba mucho, y con letras rojas tipo “Lucida Grande” tamaño 80: “Y el género humano -en la senda de tantos científicos, artistas y filósofos que él admiró y amó: Einstein, Simone Weil, Rubel, Giulia Adinolfi, Kraus, Primo Levi, Gramsci, Manuel Sacristán, Muguerza, Korsch, Rossi, Gerratana, Angelopoulos- el género humano, decía, es o cuanto menos debería ser la Internacional”.

La música, por descontado, “La Internacional”. Suena así: “Arriba parias de la tierra…”

En la ciudad de López Raimundo, Manuel Sacristán, Montserrat Roig, Federica Montseny, José Arnal Cerezuelo, Neus Porta y Francisco Fernández Buey, 13 de diciembre de 2012.

Fuente: http://www.rebelion.org

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