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“En torno a la concepción de la historia de José Carlos Mariátegui”: Jaime Massardo

Su nobleza , su generosidad de espíritu y su radicalidad política permanecerán entre nosotros.

«La facultad de pensar la historia y la facultad de hacerla o crearla, se identifican».

(José Carlos Mariátegui) [3]

«El don de encender la chispa de la esperanza sólo es inherente al historiógrafo que

esté convencido de que ni los muertos estarán seguros ante el enemigo si es que éste vence.

Y ese enemigo no ha dejado de vencer ».

(Walter Benjamin) [4]

Resumen :

La indagación se propone reflexionar en torno a la noción de la historia que está presente en los escritos de José Carlos Mariátegui. Con ese objeto y siguiendo las circunstancias que los rodean, nos desplazamos aquí por dos senderos analíticos. Por un lado, la relación de Mariátegui con el pensamiento de Giambattista Vico y, en consecuencia, la posibilidad de leer determinados aspectos de su trabajo como una suerte de prolongación de las tradiciones del humanismo italiano. Por otra, su papel en la renovación historiográfica en el Perú, cuestión que percibimos estrechamente relacionada con la búsqueda de un conocimiento concreto de la formación social peruana que le permitiera, desde las claves de la filosofía de la praxis, reelaborar el marxismo, sustrayéndolo desde el estado en que era presentado por la Internacional Comunista.

Palabras clave: teoría de conocimiento; humanismo; filosofía de la praxis; marxismo latinoamericano.

I

La reflexión que sigue a propósito del pensamiento de José Carlos Mariátegui, la relectura de sus escritos [5] y, más concretamente, la tentativa de mostrar las tradiciones culturales que están presentes en las raíces de su concepción de la historia, no debe de ninguna manera entenderse aquí como un ejercicio ritual presentado de manera formal a propósito de la conmemoración de los ochenta años de su desaparición física. Creemos importante releer a Mariátegui, repensar sus planteamientos y examinar la formación de su concepción de la historia a partir de un requerimiento imperativo del presente; de un conjunto de consideraciones concretas directamente relacionadas con la posibilidad de que la lectura de la obra mariateguiana contribuya a estimular el movimiento de renovación que demanda hoy el pensamiento crítico en América latina. Creemos importante releer a Mariátegui e incursionar en su concepción de la historia porque estamos convencidos de que representa un punto de referencia para la elaboración de determinados instrumentos de análisis crítico con los cuales examinar las formas políticas y culturales con las que hoy el capital manifiesta su hegemonía en el marco   de una nueva fase de acumulación, la así llamada «globalización». Creemos, en fin, importante releer a Mariátegui porque su pensamiento porta in ovo las posibilidades de avanzar hacia la ruptura con la lógica subalterna que, desde los últimos seis o siete lustros, organiza en buena medida el sentido común que caracteriza el comportamiento de los trabajadores latinoamericanos así como seguramente los de todo el planeta. [6]

Con todo, aún buscando explícitamente releer a Mariátegui en su conexión con este presente, resulta preciso señalar que no concebimos su obra, como por lo demás ningún producto del pensamiento humano , en tanto «fórmula a aplicar». A pesar de toda su potencialidad crítica o, mejor dicho, justamente por ella, el trabajo de Mariátegui no constituye un cuerpo teórico que se nos presente como un resultado, sino, al contrario, opera desde una visión del mundo donde «la teoría nunca puede ser «aplicada», puesto que siempre es «recreada» por el proceso social del que quiere dar cuenta o contribuir a crear». [7] De esta manera, la obra de Mariátegui nos resulta importante por lo que dice, pero, quizás más aún, por lo que sugiere, por la dirección en la que apunta. Por ello, para confrontarla con el presente, debe ser sometida a ese trabajo de «traducción» que señalaba Antonio Gramsci, trabajo de «traducción» que solamente la filosofía de la praxis puede realizar de manera «orgánica y profunda». [8] «Si la reflexión actual admite la expresión «estudios mariateguianos» — escribe Osvaldo Fernández — , el adjetivo no implica ningún método proponiendo un modelo»… [9] Es en esta perspectiva y en la íntima convicción de que Mariátegui debe contribuir en los debates del presente que queremos en esta ocasión avanzar en la relectura de su pensamiento situando las raíces de su reflexión sobre la historia.

II

Nacido en Moquehua en junio de 1894, autodidacta —«su familia pertenecía a la clase media pobre», anota Jorge Basadre—, [10] Mariátegui trabaja desde los 15 años como ayudante de linotipista en el diario limeño La Prensa , fundado en 1903, en pleno auge de la llamada República aristocrática (1895-1919) instaurada por Nicolás de Piérola en alianza con el Partido civilista, la que abre un «período caracterizado por la prosperidad económica, la estabilidad política y una relativa paz social». [11] En 1899, el «civilismo» accede directamente al gobierno a través de Manuel Candamo, manteniéndose en la dirección del Estado hasta 1919, pocos meses antes que Mariátegui se embarque para Europa. D irigida por Alberto Ulloa, La Prensa congrega durante aquellos años un conjunto de plumas selectas, como las de Abraham Valdelomar, Félix del Valle, o César Falcón, dando vida, de paso, a una tertulia — esa forma de sociabilidad heredada de la Colonia, tan propia de nuestra América — a la que acuden connotados personajes de las letras y del periodismo limeño, los que, sin duda, contribuyen al crecimiento interior de «ese adolescente triste y contemplativo», que, de acuerdo con Alberto Tauro, parecía ser entonces Mariátegui. [12]

Es también en La Prensa donde, desde comienzos de 1911, Mariátegui va a publicar sus primeros artículos, desarrollando precozmente su talento de escritor y periodista en crónicas que firma como Juan Croniqueur, al mismo tiempo que deja caer en el papel digresiones , cuentos, relatos, poemas, recensiones, crítica literaria y teatral, y notas diversas. [13] Desde julio de 1916, junto con Falcón, comienza a colaborar en el periódico El Tiempo. Un estilo grato, agudo, punzante, y una enorme producción periodística, le otorgan rápidamente notoriedad. En abril de 1917 gana el Premio de la Municipalidad de Lima y en julio del mismo año es electo Vicepresidente del Círculo de Periodistas. Logros que, sin embargo, contrastados con la producción que realizará durante los años 1923-1930, luego de su retorno al Perú, muestran todavía, diríamos, un aire «provinciano». Mariátegui no ha descubierto aún, en esta etapa juvenil, lo que Robert Paris llamará «las estructuras profundas de la sociedad peruana». [14] Su trabajo permanece circunscrito a la crónica de la «pequeña política», [15] la que encuentra su sabor en la banalidad de la élite, en los pasillos parlamentarios o en la anécdota intrascendente, y no será sino la propuesta socialista—«la gran política»—, [16] la que le invite a salir de ese mundo. Así lo manifestará retrospectivamente en carta a Samuel Glusberg, en uno de los escasos pasajes autobiográficos que salen de su pluma. «Desde 1918 —escribe en ella—, nauseado de política criolla (como diarista, y durante algún tiempo redactor político y parlamentario conocí por dentro los partidos y vi en zapatillas a los estadistas), me orienté resueltamente hacia el socialismo»…

Artículo Completo en PDF

A la memoria de nuestro amigo y compañero Jaime Mendoza

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