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“Concepto y realidad en Marx (tres Notas)”: Oscar del Barco

Sí, tal como sostiene Marx en los Grundrisse (I, p. 186), el hombre “está completamente determinado por la sociedad”, resulta imposible concebir una conceptualización ajena a lo social, un concepto no determinado. En la obra de Marx no existe vacilación respecto a esta tesis. Ya en la conocida carta a su padre, el 10 de noviembre de 1837, afirmaba que “En la expresión concreta del mundo viviente, como lo son el derecho, el Estado, la naturaleza y toda la filosofía, hay que sorprender, por el contrario, al objeto en su desenvolvimiento; no conviene introducir divisiones arbitrarias; la razón del objeto, en cuanto es contradictoria en sí, debe continuar su movimiento y encontrar su unidad en ella misma”; para concluir sosteniendo que “la forma no debe ser más que el desenvolvimiento del fondo”. En la Crítica de la filosofía del estado y del derecho de Hegel, lo critica a Hegel por cuanto “no desenvuelve su pensamiento de acuerdo al objeto, sino que desarrolla el objeto partiendo de su pensamiento terminado en sí y que se ha terminado en la esfera abstracta de la lógica” (p. 34). En la Ideología alemana afirmará la necesidad de “mantenerse siempre sobre el terreno histórico real, de no explicar la práctica partiendo de la idea, de explicar las formaciones ideológicas sobre la base de la práctica material” (p. 40; yo subrayo), y esto en razón, precisamente, de que el mundo ideal es siempre expresión de lo real. Pero de ser esto así, entonces la única posibilidad de liberarse his-tóxicamente de las “quimeras” idealistas, de sus “espectros, fantasmas y visiones”, consistirá en “disolver por el derrocamiento práctico” (vale decir revolucionario; y aquí encontramos la torsión misma que implica el marxismo como orden teorico-político originario) “las relaciones reales de las que emanan esas quimeras idealistas” (p. 40). Esta realidad, esta “suma de fuerzas de producción, capitales y formas de intercambio social, con que cada individuo y cada generación se encuentran como con algo dado”, constituyen la base, el fundamento, de aquello que los filósofos “se representan como ‘sustancia’ y ‘esencia’ del hombre”, y de la cual hacen una apoteosis (p. 41); así, para Marx, la operación filosófica esencial consistiría en separar las ideas de lo real, y, posteriormente, en extraer de ese conjunto de ideas escindidas de lo real la idea, y de esta forma penetrar de lleno en un orden puramente abstracto donde los conceptos pueden, a causa de su propio movimiento, constituir un mundo ideal (p. 53). “Todas las relaciones —dice— se pueden expresar en el lenguaje de los conceptos”, pero la conversión de estos conceptos en “potencias misteriosas” que se autogeneran y se mueven por sí mismas, es posible porque se ha producido una “sustantivización”, una verdadera hipóstasis de “las relaciones reales y efectivas de las que son expresión”.


Una vez que el concepto ha sido escindido de la realidad, la odisea del concepto genera un mundo fantasmagórico, y en función de la división del trabajo se realiza el “culto a estos conceptos, viendo en ellos, y no en las condiciones de la producción, el verdadero fundamento” (p. 130). Marx afirma que los filósofos tendrían que reducir su lenguaje al lenguaje corriente “para darse cuenta y reconocer” que tanto el pensamiento como el lenguaje son “sencillamente expresiones de la vida real”. Pero la imposibilidad de este reconocimiento no es subjetiva, sino que está constituida por la proyección teórica de la división social del trabajo; es ésta la que funda la hiancia entre el concepto y lo real, facilitando así las aventuras encubridoras del concepto y fundando el espacio teológico de la filosofía (p. 535). La matriz del proceso, que hace a la esencia de un social dividido en clases sociales, se encuentra en la inversión que subsume lo real en lo ideal, después de haber escindido lo ideal de lo real, como expresión de la constitución de una clase materialmente separada del conjunto de la sociedad e investida a sí como clase ideal o teórica. Se trata, efectivamente, de una relación, pero no de una relación abstracta sino de una relación de fuerzas histórico-sociales; el propio Marx lo dice: “Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones dominanties concebidas como ideas”, vale decir que existen ideas dominantes porque existen clases dominantes (p. 50); pero agrega que en la propia clase dominante se produce una división del trabajo entre, por una parte, los miembros comunes de dicha clase, y, por otra, sus propios intelectuales; lo cual a veces genera contradicciones y hasta “hostilidad” entre ellos (produce, digamos, la falsa impresión de que los intelectuales tienen una real autonomía respecto a la clase); pero cuando la lucha “llega a poner en peligro a la clase misma” desaparece “la apariencia de que las ideas dominantes no son las de la clase dominante sino que están dotadas de un poder propio distinto de esta clase” (yo subrayo), para concluir afirmando que “la existencia de ideas revolucionarias en una determinada época presupone ya la existencia de una clase revolucionaria”.

Concepto y realidad en Marx (tres notas)

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