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“La determinación histórica del modo de producción capitalista y de la clase obrera como sujeto revolucionario, frente a la fragmentación actual de la subjetividad productiva de la fuerza de trabajo”: Juan Iñigo Carrera


Centro para la Investigación como Crítica Práctica (CICP) – Argentina

La cuestión

«No se trata de saber lo que tal o cual proletario, o aun el proletariado íntegro, se propone momentáneamente como fin. Se trata de saber lo que el proletariado es y lo que debe históricamente hacer de acuerdo a su ser.» (Marx, La sagrada familia)

El último cuarto de siglo se ha mostrado particularmente duro con las potencias de la clase obrera para transformar la sociedad. Allí donde la clase obrera había expropiado a los expropiadores, el poder adquirido pareció haberse vuelto contra ella misma. Terminó escapándosele entre los dedos, para ser nuevamente explotada como fuente extremadamente barata de fuerza de trabajo. No le fue mejor en el resto del mundo. Derrota tras derrota, ha visto degradarse las condiciones de trabajo conquistadas tras duras luchas. Sus propios partidos políticos han competido con los neoliberales en ver quien era el campeón en hacerla retroceder.

No ha tenido más suerte cuando, asqueada de los burócratas partidarios, fue a buscar sustento en los teóricos críticos del capitalismo. Primero, se enteró que había perdido su condición de sujeto de la transformación de la sociedad, porque esta transformación era un proceso sin sujeto. Luego, se enteró que el sujeto había sido repuesto, pero que el lugar ya no era suyo. Lejos de ser producto del desarrollo de sujetos universales, la revolución social era ahora producto de la afirmación de un universo de sujetos que sólo tenían en común el reivindicarse como identidades mezquinamente excluyentes. Más aún, no sólo tuvo que enterarse de que ya no era el sujeto revolucionario, sino de que ya ni siquiera era: había desaparecido el trabajo y, con él, ella misma. Después resultó que lo que había desaparecido no era el trabajo sino la forma privada con que se lo realizaba en el capitalismo. El trabajador forzado para el capital era ahora un “obrero social”, y la propia clase obrera debía festejar la pérdida de toda identidad y liberar la alegría de jugar a convertirse en “multitud” o en “sociedad civil”. ¿Y qué de tomar el poder? Ni soñarlo. Resulta que la cuestión no es tomar en las propias manos las potencias del trabajo humano enajenadas como potencias del capital, sino que, al capital, ¡se lo mata con la indiferencia!

Pero hay más. Hoy día, la mera referencia a la necesidad, a la razón histórica, es escándalo y abominación entre muchos de los que se presentan como críticos del capitalismo. “Teleología”, cae la excomunión sobre cualquier reconocimiento científico de que la sociedad avanza en un sentido determinado. Y la acción que se afirma en su libertad por regirse mediante el conocimiento científico de su propia determinación es acusada de ser un atentado “totalitario” contra la libertad. Bajo la advocación del pluralismo y la diversidad, todo potencial revolucionario se degrada al abstracto “deseo”, la “libre voluntad”, la “fuerza moral”, de afirmar una “identidad” que empieza por negar dogmáticamente toda identidad de clase que surja de las relaciones sociales de producción. El dogma llega así a proclamar que es el modo de producción capitalista el que logra abolir a la clase obrera, y no a la inversa. Por supuesto, los apologistas desembozados del capital no pueden sino festejar este vaciamiento de necesidad histórica. Si hasta el propio método científico acríticamente aceptado de manera universal como la forma natural de la ciencia, la representación lógica, consagra la imposibilidad de actuar con la certeza respecto de la propia determinación. Por lo tanto, las teorías científicas se reducen a ser formas de interpretar al mundo de distintas maneras. De modo que la poesía, la religión y la ciencia vienen a tener iguales títulos como formas prácticas de conciencia en la transformación de lo existente.

Este no es un abstracto problema epistemológico. La interpretación de la propia necesidad implica la negación de su conocimiento objetivo pleno. Lo cual implica que, tanto como el conocimiento científico esté condenado a detenerse en la interpretación, la organización consciente general de la vida social mediante el conocimiento individual pleno de las propias determinaciones está condenada a la imposibilidad. En otras palabras, tanto como la representación lógica sea la forma acabada del conocimiento científico, todo intento por construir la comunidad de los individuos libremente (o sea, conscientemente) asociados, el socialismo o comunismo, se reduce a una quimera.

¿Qué hacer? Sólo cabe enfrentar la cuestión del qué hacer mismo de la clase obrera de manera radical. Esto es, a partir de enfrentar críticamente a la propia acción transformadora desde su raíz, desde la determinación más simple del ser social de la clase obrera.

La determinación histórica-IñigoCarrera

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