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“La «manzana prohibida» del comunismo (Sobre el Sistema Presupuestario de Financiamiento hoy)”: Néstor Kohan

Las alternativas en el centro de la escena

Luego de 30 años de reinado económico neoliberal y hegemonía cultural del posmodernismo, en medio de una nueva crisis del capitalismo mundial (estructural y sistémica, en la cual confluyen múltiples crisis al mismo tiempo), retorna la discusión sobre las alternativas.

¿Cómo salir de la crisis y comenzar a transitar hacia otro tipo de sociedad radicalmente distinta? ¿Será con la bandera roja pero sumisamente guiados de la mano por John Maynard Keynes? ¿Quizás intentando volver, con no poca nostalgia y revival, hacia los capitalismos periféricos, “nacionales y populares”, de la posguerra? ¿Tal vez con la ilusión siempre incumplida de un capitalismo “con rostro humano” adornado con una imposible “tercera vía”? ¿O deberemos resignarnos a un “socialismo mercantil”, con gigantescos pulpos internacionales que explotan mano de obra barata y disciplinada, empresas completamente autárquicas y cooperativas autogestionadas compitiendo entre sí por la distribución de la renta?

Sea cual fuera la salida, posible y deseable, lo que está claro es que actualmente esa búsqueda se ubica a la orden del día. Encontrar en forma imperiosa una alternativa ha dejado de ser un sueño “utópico” (simpático y encomiable, quejoso del neoliberalismo, pero políticamente inviable) para convertirse en una urgencia de supervivencia planetaria en el caso de que no nos abandonemos al reino de la barbarie ni a un futuro sombrío que se parece mucho más a las novelas antiutópicas más pesimistas (Un mundo feliz, 1984 o Fahrenheit 451) que a los finales felices y edulcorados de las películas románticas de Hollywood.

Si los Foros Sociales Mundiales abrieron este milenio con la consigna “otro mundo es posible”, quedó irresuelta la interrogación: ¿cuál es o debería ser ese otro mundo posible? En medio del desconcierto y la confusión generalizada el presidente bolivariano Hugo Chávez intentó resolver el enigma de la esfinge: la salida es “el socialismo del siglo XXI”. Ahí nomás proliferaron nuevas polémicas. ¿Qué entendemos o deberíamos entender por ese enigmático “socialismo del siglo XXI”? Nadie lo sabe todavía. Está en discusión. Lo cierto es que el proyecto del socialismo, durante décadas insultado, caricaturizado y ridiculizado, ha vuelto a la agenda política. Ya no sólo en el terreno del debate ideológico sino también en el acuciante problema de la gestión práctica de las relaciones sociales, económicas y políticas de la nueva sociedad que se pretende crear y construir.

Huérfanos y sin Vaticanos

Lo interesante y peculiar de esta compleja situación en la que nos encontramos es que ya no hay Vaticanos que dicten catecismos sobre la materia. Fenómeno que resulta positivo en cuanto a libertad de proyectos en pugna pero al mismo tiempo sumamente complicado ya que no existe reaseguro alguno frente a la prepotencia político-militar imperial.

La antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) experimentó un terremoto político que implosionó su sistema económico y social. El Estado burocrático, dirigido por una casta represiva y una elite completamente alejada del mundo laboral, de las bases políticas y de la clase trabajadora, se desplomó sin pena ni gloria y sin necesidad de misiles nucleares, dando lugar a una salvaje apropiación privada de las grandes riquezas sociales acumuladas durante décadas por el trabajo cotidiano del pueblo soviético. Los apropiadores han formado y continúan formando parte de una nueva burguesía mafiosa, constituida por los antiguos burócratas partidarios devenidos, ahora, burgueses propietarios. Dirigentes que abandonaron la doble moral y el doble discurso (en público supuestos defensores de Lenin, en privado lúmpenes cínicos e impiadosos) para mostrarse rápidamente en público tal cual eran en privado, es decir, gente que vivía con desfachatez en forma lujosa a costillas de los trabajadores y que les importaba un bledo el socialismo y la banderita roja que decían defender. El caso emblemático de Boris Yeltsin, jefe del PC soviético y cabecilla de los burgueses apropiadores, no es obviamente el único.

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