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“Hacia varios socialismos”: Raymond Williams

Nos parece razonable comenzar por lo que suele llamarse “desarrollo histórico-mundial del socialismo”. En el nivel más general, puede hablarse de él en la actualidad con más seguridad que a comienzos del siglo XX. Pero una condición para esta seguridad en el desarrollo histórico-mundial del socialismo es la disposición a introducir ciertos cambios en nuestra concepción de ese desarrollo, sin detenernos solamente en el reconocimiento de determinados errores y dificultades.

Por una parte, el siglo XX nos ha mostrado que sin lugar a dudas debemos pensar dentro de marcos históricos mundiales. No sólo hacen indispensable esa perspectiva dos guerras mundiales, sino que también la aparición de una economía mundial interrelacionada a nivel global y la propagación de un sistema de comunicaciones jamás visto antes, que abarca hoy a todo el mundo.

Por otra parte, sin embargo, la terminología del “proceso histórico-mundial”, al igual que el modo de pensar que se halla detrás de ella, representa en muchos de sus elementos un obstáculo al analizar los propios procesos que nos indican. La razón principal de elllo estriba ante todo en el hecho de que la idea del “proceso histórico-mundial” y las formas del pensamiento socialista desarrolladas bajo su influencia han sido típicamente monolineales y singulares. Surgido bajo el influjo de las “historias universales” del siglo XVIII, que describían el avance de la “barbarie” hasta la “civilización”, y las versiones pregenéticas de la evolución natural, este pensamiento hablaba muchas veces sólo aparentemente de la historia mundial. En lugar de ello, postulaba en forma esquemática las fases ampliamente concebidas y relativamente uniformes del desarrollo histórico, a las que añadía en forma confiada la fase final del “socialismo” o “comunismo”.

Superando esta forma rígida de pensamiento se halla lo que se describe extensamente como “la crisis del socialismo”. Y, de todos modos, precisamente la propia historia universal, con su diversidad y complejidad, ha mostrado no sólo lo inadecuado que es el modelo singular y monolineal, sino también la honda justificación de los análisis y de las aspiraciones que este modelo ha tratado de expresar.

Esto resulta claro de tres maneras. Primero, el modelo adoptado—al igual que los anteriores del siglo XVIII— era marcadamente eurocéntrico. Sin embargo, las radicales diferencias entre las culturas, que dentro del marco del modelo sencillo se colocaban en el peor de los casos sobre la escala antigua desde la barbarie hasta la civilización y, en el mejor de los casos, sobre los elementos marginales o los elementos de la superestructura, en la historia universal real se han mostrado como factores sustanciales del desarrollo social, en una interacción constante con procesos económicos más generalizados. Segundo, el protagonista básico del paso a la fase socialista muchas veces se igualaba de manera monopolista con un tipo determinado de proletariado industrial europeo en una etapa (hoy en día hondamente modificada) de producción industrial basada en el imperialismo. En la historia universal real, esos protagonistas eran más diversificados y complejos, a veces de carácter nacional o campesino. La proyección simple del proletariado industrial universal se ha mostrado en varias oportunidades como inadecuada. Tercero, los componentes sustanciales del socialismo se identificaban en forma esquemática como una combinación de la racionalidad económica y el interés general de la mayoría (de la clase). Al observar la historia universal real, esto viene a ser inadecuado de varias maneras. El capitalismo se distingué ciertamente por una irracionalidad fundamental, pero en el nivel de la racionalidad instrumental ha sido y sigue siendo un competidor peligroso de todas las demás formas de organización social. Además de ello, la sencilla idea del interés general de la mayoría no hace en la práctica sólo también a los fenómenos de intereses contradictorios entre las clases restantes, así como entre sectores de la propia clase obrera, y ante todo entre los productores industriales y agrícolas. Aparte de ello, el régimen que debería conciliar todos estos intereses de clases y populares —diferentes— generalmente surgió bajo el influjo del modelo de desarrollo existente de modo que no se ha prestado atención suficiente al análisis de sus propias posibilidades mientras que en el primer momento casi ni se ha advertido un gran número de formas e instituciones estatales heredadas que han podido influir en él, imprimirle su sello y a veces hasta impedirlo.

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