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“Centralidad y no centralidad del trabajo o la pasión de los hombres superfluos”: André Tosel

16/06/2014 Deja un comentario
3f307-karlmarxe29c86francescobongiorniLos señalamientos que siguen tienen un objetivo polémico: tratan de desarticular las pseudoevidencias del nuevo sentido común posmoderno según el cual viviríamos el fin del trabajo y el comienzo de una nueva época marcada por el advenimiento del no trabajo impuesto por el proceso de desconexión de las formas de socialización y del trabajo. Al mismo tiempo tienen un objetivo positivo: afirmar la actualidad de la inseparabilidad del trabajo y del no trabajo, entendiendo a este último como el tiempo libre de las actividades de acción ético-política y de formación estético-teórica.

 

Un aparente cambio de centralidad

 

Las apariencias son fuertes. La forma específica del modo de producción capitalista exigiría el paso de la centralidad del trabajo a la del no trabajo, que sancionaría bajo una forma distorsionada pero significativa la posibilidad real de separar, por ejemplo, el trabajo efectivo y el salario real (ver los debates alrededor del Ingreso Mínimo Instituido). Y es cierto que la continuidad de la acumulación del capital implica la extensión de la incorporación de trabajo vivo en el trabajo muerto, como Marx supo ver hace ya tiempo. Sería sin embargo apresurado concluir que esta disminución irreversible de la importancia del trabajo vivo equivaldría a una condición negativa de una civilización del tiempo libre y de la formación humana. Debe más bien ser comprendida como la apertura de una contradicción inédita, no prevista por el Marx del Libro I de El Capital que analizaba la formación de un ejército industrial de reserva como un proceso cíclico destinado a resolverse en una nueva expansión de los asalariados.[1] El resultado efectivo de la reproducción capitalista es realmente paradójico: si cada trabajador asalariado pone en marcha cada vez más trabajo acumulado en valor y en capacidad técnica, el empleo ya no puede continuar creciendo porque el crecimiento económico exige un relanzamiento cada vez más rápido de la innovación tecnológica productora de ganancia. Es verdad que no por ello este crecimiento deja de multiplicar los intercambios nuevos y de enriquecer la actividad humana. Pero el mismo ya no constituye una garantía de producción en el sentido de creación de una cantidad de empleos superior a los eliminados. Este es el sentido de la permanencia del desempleo en una sociedad que, en su conjunto, no deja de enriquecerse. Como lo recuerda oportunamente Jean Marie Vincent,[2] la economía capitalista sigue siendo una economía del tiempo de trabajo vivo que no tiene como su objetivo permitir a la mayoría de los hombres liberados de ese trabajo disponer más libremente del creciente tiempo libre. Funciona con un desperdicio cada vez mayor recursos humanos y con la marginalización de una parte creciente de la sociedad. Es pues la centralidad del trabajo abstracto lo que produce la no centralidad del trabajo en la masa de los excluidos del trabajo vivo, de todos los que ya no pueden aparecer(se) como individualizados y socializados por el trabajo y buscan desesperadamente formas de individualización y socialización únicamente en las esferas del no trabajo (actividades de formación, de voluntariado y de servicio). ¿No es, por otro lado, en esta aparente descentralización del trabajo en donde echan raíces las diversas teorías que oponen al paradigma del trabajo los paradigmas competitivos de la acción comunicativa o de la esfera pública?[3]

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