El estudio de Carlos Illades (Ciudad de México, 1952), en la colonia Chapultepec Morales de la capital, es también vestíbulo y sala de recepción para las visitas. Ahí se exhibe parte de los proyectos a los que ha dedicado su trabajo como historiador durante los últimos 30 años. Entre las obras que anteceden su libro más reciente están Rhodakanaty y la formación del pensamiento socialista en México (Anthropos-UAM, 2002), La inteligencia rebelde. La izquierda en el debate público en México (Océano, 2012) y De La Social a Morena. Breve historia de la izquierda en México (Jus, 2014), entre otros. En uno de los libreros, entre grabados y figurillas de parachicos, asoman lo mismo retratos de León Trotsky, Bertolt Brecht y Víctor Hugo, que las obras completas de Marx, Lenin e Isaiah Berlin, este último un liberal de referencia.
Los dos últimos capítulos de El marxismo en México los dedica a las polémicas posteriores a la caída del muro de Berlín, en especial el encuentro El Siglo XX: la Experiencia de la Libertad (1990) y el Coloquio de invierno (1992), donde las discusiones sobre la vigencia del socialismo, enfrentaron las posturas de Mario Vargas Llosa, Enrique Krauze y Octavio Paz con las de marxistas como Adolfo Sánchez Vázquez, Cornelius Castoriadis y el británico Eric Hobsbawm, en un segundo momento.
Casi tres décadas después de estos debates, quizá los últimos en los que el marxismo tuvo amplia cobertura en la prensa mexicana, persiste la duda de si hoy existen representantes de la tradición —la crítica más fuerte a la civilización capitalista— en posibilidades de mantener debates de este tipo con posicionamientos liberales y neoliberales. Illades menciona a dos jóvenes académicos: Rafael Mondragón y Jaime Ortega, pues “el marxismo todavía tiene algo que decir con respecto a la sociedad contemporánea”. Leer más…



¿Cómo recuperar la voluntad de transformación sin caer en la nostalgia de las revoluciones perdidas? ¿Dónde encontrar la brújula en un mundo con fronteras inciertas, que ya no se dirime entre elecciones o adversarios claros? ¿Cómo pensar y construir una memoria que sea capaz de proyectar ese pasado en la idea de un porvenir? Son tan solo algunas de las preguntas, enormes preguntas, que el historiador Enzo Traverso se plantea en su último libro, Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria (Fondo de Cultura Económica), retomando su preocupación por las posibilidades de construcción de un nuevo tipo de izquierda. Invitado por la Universidad de San Martín para participar del Encuentro Marx 200 años, analiza en esta entrevista los escenarios abiertos hoy sin perder el optimismo. La clave parecería residir en mirar el pasado y sus fracasos, sin quedar atrapados en ellos.
Aunque de momento resulte tan poco conocido como enormemente olvidado fue desde la Cuba Revolucionaria que tuvo lugar el desarrollo prístino de una teorización marxista-feminista del trabajo doméstico. Desde La Habana, a inicios de 1969 los intelectuales Isabel Larguía y John Dumoulin comenzaron a difundir su primer manuscrito titulado «Por un feminismo científico» el cual será editado hacia 1971 por Casa de Las Américas. El esfuerzo intelectual que pergeñaron estuvo dirigido a comprender las modalidades de explotación que atañen a las mujeres, así como las posibles alternativas emancipatorias. Su objetivo no era tanto el de agregar una nota al pie a los consagrados escritos de Karl Marx y Friedrich Engels sino poner en tensión los límites del marxismo y el feminismo a la hora de interceptar la opresión de las mujeres. Anidada en el seno de un país socialista, la contribución de Larguía-Dumoulin constituye un modo de adentrarnos a los complejos y no siempre armoniosos vínculos entre feminismo y marxismo, así como un modo de introducirnos histórica y políticamente a las tensiones y acercamientos que se produjeron entre feministas y otras organizaciones de izquierda en los principales centros de América Latina y El Caribe. Quizás por ello este ensayo es decididamente polifónico. Está hecho de retazos de memorias, de escritura feminista que actualmente goza el estatuto de archivo, discursos historiográficos, análisis teóricos, declaraciones oficiales y renovados estudios cubanos sobre las mujeres. EDITAR EXTRACTO DEL CORREO
¿Qué une a políticos tan dispares como Trump, Macron, Putin o Duterte? A todos ellos —y a la lista podrían añadirse Viktor Orban, Recep Tayyip Erdoğan o Narendra Modi, entre otros— los medios se refieren como “líderes fuertes”. El alcance geográfico de este fenómeno se extiende, literalmente, de un extremo al otro del mapamundi, recorriendo países con trayectorias históricas y culturas muy diferentes, obligando a adoptar una mirada más tranquila y atenta, algo que no siempre es fácil en tiempos de comunicación instantánea e ininterrumpida.

¿Y si todo este tiempo hubiéramos estado errando el tiro? ¿Y si, en el fondo, desconociéramos la realidad del capitalismo feroz y la sociedad en que vivimos? Imaginemos que el capitalismo no fuera meramente un sistema de explotación por parte de aquellos que poseen los medios de producción sobre aquellos que solo tienen sus manos y pies, sus cuerpos y mentes, su capacidad de trabajo. Supongamos, por un momento, que el capitalismo es algo muy distinto y que el marxismo hubiera resultado yermo.
La extrema derecha marginal
En otoño de 2016, las activistas polacas convocaron una huelga de mujeres masiva con el objetivo de frenar una ley parlamentaria que hubiera prohibido el aborto. Estaban inspiradas en la histórica huelga de mujeres contra la desigualdad salarial en Islandia. En octubre de 2016, las activistas argentinas de “Ni una menos” adoptaron también esta táctica para protestar contra la violencia machista. Siguiendo la participación masiva en estas huelgas, las organizaciones feministas de base empezaron a coordinarse internacionalmente para promover una jornada de movilización global en noviembre de 2016, con motivo del día internacional para la eliminación de la violencia contra las mujeres. El 26 de noviembre, 300.000 mujeres tomaron las calles en Italia. La convocatoria de una huelga de mujeres el 8 de marzo creció orgánicamente en el seno de estas luchas: iniciada por las activistas polacas que habían organizado la huelga de mujeres de septiembre, en unos meses consiguieron extenderla a cerca de 50 países.























