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“Imposible volver a Dublín: vida y teoría de Bolívar Echeverría”: Mateo Martínez Abarca

Me contaba hace algunos años Isaac García Venegas, gran amigo y colaborador cercano de Bolívar Echeverría, que poco antes de su muerte Carlos Monsiváis concedió una entrevista en la que, entre muchos otros temas, disertó sobre la diferencia entre el intelectual público y el académico. Para Monsiváis el intelectual público se encuentra actualmente en “etapa de extinción”, siendo sustituido por el segundo y subrayó además que todos los países han tenido al menos uno: Borges en Argentina, Cabrera Infante en Cuba y Bolívar Echeverría en Ecuador. Desde entonces, como ecuatoriano que afectivamente se siente también mexicano, siempre me he preguntado acerca de la relación entre el trabajo intelectual o artístico y la posibilidad de reclamar su pertenencia a una “cultura nacional”, o atribuir unos rasgos específicos, por ejemplo, de “ecuatorianidad” o “mexicanidad” a los mismos.

Sobre todo, en un pensador transterrado como Echeverría (nacido en Ecuador, formado en Alemania y cuya vida y trabajo teórico se desarrollaron mayoritariamente en México), que pensaba que la izquierda debía proponerse rescatar las promesas universales de la modernidad y buscar la constitución de una sociedad universal, no encerrada en guetos o “comunidades arcaicas nacionales.” En este sentido, me pregunto por qué Monsiváis, amigo personal e (y este sí) intelectual público mexicanísimo donde los hay, nos devolvió a Bolívar Echeverría a los ecuatorianos, a pesar de que su itinerario vital le llevó desde joven lejos de Ecuador, país donde nunca más volvería a habitar permanentemente.

Mientras investigaba su obra en México junto a muchas personas que le fueron cercanas, descubrí que la identidad de este gran pensador, que tuvo a la modernidad como horizonte reflexivo; que llevaba dentro de sí el recogimiento tímido, silencioso y la mirada pícara de los pueblos andinos; el sobrio instrumental teórico de la tradición crítica alemana y la celebración de la vida (del valor de uso, podría decirse) hasta en la muerte que es propia del pueblo mexicano, era mucho más amplia y compleja que la reducción simple a un pueblo, a un país. Me parece innegable entonces, tras varios años de pensarlo, que la experiencia vital de Echeverría fue un factor decisivo en su obra, quizá apuntando a lo que describe Gloria Anzaldúa con su idea de “teorías encarnadas”, en donde lo que prima no es un habla académica sino más bien una que proviene de la experiencia y del cuerpo. Vale la pena seguir su trayectoria vital para intentar dilucidar si Monsiváis tenía razón o si Echeverría fue y sigue siendo actualmente uno de los mayores interlocutores de la izquierda mexicana contemporánea.

Bolívar Echeverría tuvo siempre inclinación hacia el pensamiento crítico, inclusive antes de marcharse a estudiar filosofía en Alemania a inicios de la década de los sesenta, país al que se arrojó junto a su amigo Luis Corral en búsqueda del filósofo Martin Heidegger, a pesar de tener ambos tan solo 19 años y rudimentarios conocimientos de la lengua. Junto a compañeros de estudios en el Colegio Nacional Mejía de Quito, Echeverría descubrió desde joven a los existencialistas: Unamuno, a Sartre, a Simone de Beauvoir y de ahí al propio Heidegger. Fundó grupos contraculturales contra “el tradicionalismo y la cultura aburguesada”, participó brevemente en el grupo literario de los Tzántzicos (palabra del pueblo Shuar que refiere a la tzantza o cabeza reducida) y se involucró en toda discusión del ambiente tumultuoso que fue en ese entonces la capital ecuatoriana.

Luego de marcharse y una vez en Berlín, enfrentó condiciones sumamente duras como todo estudiante, pero a la larga logra conectar con un grupo muy interesante de estudiantes procedentes de la República Democrática Alemana, casi al mismo tiempo en que se levanta el muro de Berlín. Como consecuencia de los rigores, su amigo quiteño Luis Corral decide emprender el viaje de retorno al Ecuador. Pero Echeverría decide quedarse. Establece amistad con el descollante dirigente estudiantil de izquierda Rudi Dutschke y con el teórico Horst Kurnitsky, profundizando además en las lecturas no solamente de Marx, sino también de Georgy Lukács, Karl Korsch y la Escuela de Fráncfort, así como de pensadores y revolucionarios que abordaban las luchas anti coloniales y anti imperialistas como Franz Fanon y el Ché.

Durante toda la década de los sesenta, el trabajo del círculo al que pertenecía Echeverría, sentaría las bases intelectuales y políticas que luego eclosionarán en el movimiento estudiantil del 68 alemán. Justamente en aquel año crucial, “ese acontecimiento que no sabemos denominar de otra forma que por su fecha”―como diría Jacques Derrida―; con su primavera de Praga y su mayo francés, obtiene el título de maestría en filosofía por la Freie Universität de Berlín. Sin embargo, Echeverría no consigue que renueven su beca de estudios en Alemania y se ve obligado a partir una vez más y, al no poder regresar a Ecuador (que se encontraba bajo una dictadura en aquel entonces), toma rumbo hacia México. Ya en México, es testigo de la masacre de Tlatelolco y se involucra en grupos de solidaridad internacional con el movimiento estudiantil mexicano. En este punto de su vida Echeverría busca la manera más adecuada de involucrarse en las luchas revolucionarias en América Latina, propulsadas sobre todo con el triunfo de la Revolución Cubana en 1959. Según algunas versiones biográficas, viaja constantemente entre Europa y América Latina, estructurando redes de solidaridad y contacto entre revolucionarios de ambos continentes.

Echeverría encuentra en México, particularmente en el claustro de la Universidad Nacional y en cercanía con el movimiento estudiantil, un espacio inmejorable de viva discusión, circulación y producción de ideas. Se trata por demás de un momento de importancia crucial en el desarrollo del pensamiento crítico marxista de segunda mitad del siglo XX en América Latina, cuya proyección y alcance teórico rebasaría con creces las fronteras de nuestro continente. Desde la perspectiva del desarrollo intelectual que se percibe en los escritos de Echeverría, es innegable la importancia que jugó en su vida el peculiar ambiente que se vivía en México en las postrimerías de la década de los sesenta. Si bien nuestro autor ya traía consigo la experiencia en Ecuador y en Alemania, el entronque con la gran corriente de heterodoxia marxista presente en México (cuyo mayor exponente para ese entonces era ya uno de las grandes maestros del exilio republicano español, Adolfo Sánchez Vázquez), sumado a la existencia de importantes proyectos editoriales de izquierda (como editorial Era, de la hija de exiliados republicanos españoles Neus Espressate) y el reencuentro con la exuberancia y riqueza cultural de un barroco que atravesaba ya a Echeverría como buen habitante de los andes ecuatorianos;  pueden explicar, a mi parecer, la “encarnación” de condiciones para su extraordinaria eclosión teórica ulterior.

Durante los años setenta conduce varios seminarios de estudio profundo sobre El Capital de Marx, los cuales calaron en toda una generación de sobresalientes intelectuales tanto mexicanos como de toda América latina. Colabora en varias publicaciones de inmensa relevancia para los debates teóricos de la izquierda mexicana, como Cuadernos Políticos entre 1974-1989; Palos entre 1980-1981; Economía Política de 1976 a 1985; Ensayos de 1980 a 1988 y Theoría, desde 1991 en adelante, desde donde desarrolló una visión crítica absolutamente original sobre el problema de la modernidad capitalista, su crisis, el discurso crítico de Marx, el barroco latinoamericano y el mestizaje, así como múltiples problemas planteados desde la filosofía, la economía y la teoría de la cultura.

Entre aquel 1968 y la caída de la URSS a inicios de los años noventa, se encuentra la conflictiva temporalidad histórica que alimenta las preocupaciones teóricas y políticas de Bolívar Echeverría. El derrumbe del muro de Berlín y del bloque del este; el anquilosamiento y crisis teorizó política consecuente del marxismo y de las izquierdas a nivel mundial; el  auge del neoliberalismo y dictadura de los mercados; el nacimiento de nuevos movimientos sociales anclados en paradigmas distintos a los de la clase; el intervencionismo norteamericano y “fin de la historia” (por hablar en los términos de aquella vieja escatología hegeliana sobre una “post-historia” retomada por Kojève primero  y actualizada en el triunfo del capitalismo por profetas como Francis Fukuyama); la insurrección del EZLN en Chiapas; son eventos que marcaron profundamente la reflexión de este gran pensador.

Hay que resaltar que, en este momento de crisis teórico-política y escarnio de los militantes e intelectuales de las izquierdas a nivel mundial, acometer la tarea de defender públicamente (y proteger de sus propios demonios) la necesidad del discurso crítico del capitalismo como tan bien lo hizo Bolívar Echeverría, constituye de por sí un acto de valentía intelectual con el cual todo proyecto teórico o político futuro en México y América Latina, está en deuda. Echeverría estaba consciente también de que era necesario continuar con el proyecto de revolución de la propia teoría, lo cual es a su vez una manera de compromiso revolucionario, teniendo en cuenta el oscurecimiento producido por el estrepitoso fracaso del proyecto revolucionario mundial y su mutación perversa en regímenes de capitalismo de Estado represivos y autoritarios. Mayor mérito aún en un tiempo en el que, como nunca antes en la historia humana, son urgentes alternativas frente a la barbarie planetaria a la que conduce la forma capitalista de la civilización moderna. Porque el horizonte de todo el trabajo de Echeverría, fue contribuir con herramientas críticas que permitan no solamente diagnosticar la crisis que subyace en la estructura misma de la modernidad capitalista, sino también enfrentarla.

Y es que el lugar de enunciación teórica de este gran pensador se sitúa dentro y desde una larga tradición de heterodoxia en la interpretación de Marx, opuesta y crítica de aquella mayormente dominante a lo largo del siglo XX: la escolástica soviética. Para Bolívar Echeverría, la izquierda (como fraternidad heterogénea) ha vivido la historia de la barbarie durante el siglo XX como negación de otra historia posible y deseable. Solamente la existencia de la izquierda permite no señalar al siglo XX ―nos dice en su obra fundamental El Discurso Crítico de Marx― como una época total de barbarie: la izquierda y el proyecto comunista, otorgan sentido en medio del absurdo, de la irracionalidad de la vida capitalista, que, sin embargo, puede y debe ser explicada. La existencia de esta izquierda permite juzgar la historia desde el ángulo de aquello que está negado. El sacrificio de seres humanos y de la naturaleza, la subordinación planetaria al capital, es el precio que se paga como consecuencia del triunfo de la contrarrevolución anti comunista y del fracaso del proyecto de la izquierda. Walter Benjamin decía que detrás de todo ascenso del fascismo ―como el que experimentamos a nivel global en la actualidad―, hay una revolución fracasada.

La izquierda, el comunismo y el marxismo, se encuentran en crisis y es posible tanto su desaparición como su renacimiento. Bolívar Echeverría reconoce que no se trata de una situación de subordinación total de la sociedad humana frente al destino que marca la acumulación de capital: la rebeldía y la resistencia brotan por todas partes y asumen nuevas formas más allá de las que ensayó el movimiento obrero durante el siglo XIX y el XX. Las luchas de los precarizados laborales, de los excluidos por su género, pertenencia étnica o cultural, así como grupos sociales reprimidos en lo político, nacional o lo religioso, emergen en todos los rincones del planeta.

Hacia el final de su vida, Echeverría fue testigo del ascenso al poder de varios proyectos progresistas en América del Sur. También estuvo en las calles de la Ciudad de México, entre aquel millón de personas que se movilizaron contra el desafuero de Andrés Manuel López Obrador, en el año 2005. Pero muy probablemente lo que le interesó más de ambos procesos latinoamericanos, no fueron los líderes carismáticos que buscaban ―y siguen buscando― aglutinar seductoramente a la sociedad tras de sí, sino más bien la potencia transformadora contenida en la movilización popular, que se halla controlada y reprimida… justamente por dichos liderazgos. Trece años más tarde, en un momento de decadencia de la “marea rosa” de gobiernos progresistas en América del Sur y a la vez de triunfo final de AMLO luego de tres contiendas electorales, solo podemos imaginar cómo habría glosado Echeverría ambos procesos históricos. No obstante, en una entrevista realizada en Ecuador en 1997, Echeverría afirmaba lo siguiente: “La izquierda está por construirse. Es un fantasma que quiere encarnar. Son muy escasas las posiciones políticas en el mundo actual que sean capaces de afirmar como programa político la construcción de una modernidad alternativa. Esa visión está poco presente en el mundo latinoamericano.”

Recuerdo que hace algunos años durante un homenaje a Bolívar Echeverría en Quito, pude conversar con Jorge Juanes. Me dijo que antes de que le sobreviniera de manera intempestiva la muerte, Echeverría tenía el anhelo de volver a Ecuador. Extrañaba ese ambiente peculiar que se siente entre los valles de los Andes, a su numerosa familia, a ese país que había dejado atrás hace tantos años, en su juventud. Percibí en este relato de Juanes que a Bolívar Echeverría le pesaba el exilio. Pero como él mismo escribió en “Ziranda” (columna que mantuvo durante algunos años en la Revista de la Universidad de México): “Uno quiere volver, pero volver es imposible; no sólo por lo de Heráclito y el río, que ya de por sí es implacable, sino porque, transfigurada, la ciudad a la que uno quisiera regresar sólo puede existir en verdad, espejismo cruel, en el universo inestable de la memoria.”

¿Es imposible regresar a Dublín? Recordaba Adolfo Gilly alguna vez en La Jornada, que Adolfo Sánchez Vásquez consideraba al exilio como la suma de dos raíces, de dos tierras de dos esperanzas. “Lo decisivo es ser fiel aquí o allí a aquello por lo que un día se fue arrojado al exilio. Lo decisivo no es estar, aquí o allá, sino cómo se está.” Se me ocurre ahora que a Carlos Monsiváis tal vez se le pasó por alto que Bolívar Echeverría era mucho más que un intelectual ecuatoriano. Ante todo, fue un intelectual que creía firmemente en la posibilidad de una modernidad alternativa, en la que los peligros latentes de los nacionalismos de distinto cuño, serían reemplazados a la constitución de una sociedad humana y universal. Es así que quizá Echeverría fue tan ecuatoriano, mexicano y latinoamericano, como alemán. Porque fue un intelectual comunista en términos también existenciales y esa es la dimensión de la experiencia humana encarnada en la teoría, desde la que interlocutó con Monsiváis. Desde la que interlocuta conmigo ahora que escribo estas líneas sin haber resuelto del todo mis dudas, con quienes siguieron sus cursos, los que leen sus libros y con esas izquierdas que tratan de encarnar, todavía en crisis y en búsqueda de sentido, más allá de las derrotas y pequeños triunfos coyunturales.

 ***
Mateo Martínez Abarca nació en Quito en 1979. Es filósofo, escritor, analista político, doctorante en filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y de estudios poscoloniales en el Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra, Portugal. Miembro del Seminario Universitario de la Modernidad: versiones y dimensiones. Actualmente es Secretario de Participación Ciudadana y Control Social del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social en Ecuador.

Fuente: Revista electrónica Máquina

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