Inicio > Filosofía marxista, Teoría crítica acumulada > “Un marxismo por imaginar: la herencia de Carlos Pereyra”: Jaime Ortega

“Un marxismo por imaginar: la herencia de Carlos Pereyra”: Jaime Ortega

Ya son 30 años los que nos separan de la muerte de Carlos Pereyra, uno de los teóricos políticos más importante de México. Su temprana desaparición —apenas a los 48 años—, así como las coordenadas ideológicas y teóricas de los que le siguieron de cerca, colocaron su herencia intelectual en una situación ambigua. Por un lado, el de quedar en la memoria como un reconocido marxista y militante de la izquierda; por el otro, el de un pensador insistente en la problemática democrática, prontamente monopolizada por un liberalismo menos preocupado por la cuestión social y más por la dimensión procedimental.

Vale la pena preguntarse por su legado teórico y político, por los aportes y los límites de uno de los pensadores más respetados entre los círculos de la intelectualidad liberal y poco conocido entre las jóvenes generaciones de izquierda, que, desde mi punto de vista, aún no se han apropiado de una obra que les aportaría una gran riqueza.

Su producción, localizada en el periodo más álgido de la lucha política en contra de las estructuras antidemocráticas del régimen nacido de la revolución, captó la novedad que implicaba el resurgir democrático en el seno de la sociedad mexicana. Su obra, sin embargo, se encuentra llena de pliegues, aperturas y posibilidades productivas. Parte en su reflexión de la obra de Karl Marx, pero la trasciende; sus intervenciones se ubican en un conjunto de coyunturas específicas, al final de su vida, además, planteó posibilidades aún no exploradas a profundidad por la teoría crítica producida en México.

Un marxismo más allá de Marx

Es muy conocida la adscripción “althusseriana” de Pereyra. Su trabajo, es quizá la mejor referencia de lo que lo significó la emergencia de la obra del filósofo francés: un momento de profundo y sensato cuestionamiento de las certezas más firmes que circulaban entre la izquierda marxista, aún en ciertas posiciones que se asumían como críticas. Pereyra ejerce el “althusserianismo” de la mejor forma posible: hace crítica de los humanismos abstractos, del “intencionalismo” de la “filosofía de la praxis”, asume el carácter condicionante de la estructura por sobre las dimensiones subjetivas que apelan a la voluntad, niega cualquier carácter trascendental del sujeto político y coloca a este en el vértice de las prácticas efectivas siempre en proceso de constitución. Si en estos anudamientos se colocó en correspondencia con el francés, pronto ejercitó la operación de desmontaje de la propia obra de Althusser. Así, se aparta rápidamente de la concepción de los “Aparatos ideológicos de Estado”, noción de la cual realiza una severa crítica, pues en ella se encuentra anulada la dimensión de disputa en el terreno de la política. Ello le lleva a optar por Antonio Gramsci como el teórico de lo político más adecuado para plantear la cuestión socialista, al centrar el problema de la hegemonía y de la participación masiva de la sociedad en la construcción de la democracia.

Inscrito en el legado de Marx, Pereyra entendió bien el problema de la democracia, es decir, el sentido profundamente radical que esta aguardaba, negando que ella estuviera comprometida definitivamente con el despliegue del capitalismo. Fue ello lo que le permitió dirigir numerosas críticas a la idea del partido-vanguardia, en tanto instancia superior de organización que realizaba un supuesto telos de la historia. Con ello asumía que el problema de la hegemonía no se encontraba principalmente en la existencia de la organización política en cuanto tal, sino en las dimensiones conflictivas de la sociedad que en sus distintos pliegues mostraba la potencialidad de la construcción de otro orden social. Ello lo llevó a repensar el tema de la revolución, clausurando definitivamente la idea de que esta era un golpe de fuerza por parte de una minoría ilustrada o profesional, para concebirla como un proceso acumulativo de experiencias (no lineal y lleno de retrocesos) que acontecen en y desde la sociedad. Revolución y democracia eran dos variables de una ecuación en la que lo significativo se encuentra en la ardua tarea de auto organización y autodeterminación en manos de la propia sociedad. El marxismo de Pereyra es uno que coloca la centralidad no en un sujeto situado en las entrañas de la producción, sino en las posibilidades políticas de los seres humanos, en quienes descansa una dimensión práctica de transformación de la realidad. Acontece el privilegio de la política, entendida como espacio de disputa por la determinación y no de una férrea necesidad.

Colocarse en la coyuntura

Una de las dimensiones que distingue su obra es la capacidad de articular la producción teórica con la intervención política. Se trata del privilegio de la coyuntura, como espacio de reflexión, acción y discusión y momento del devenir de la articulación de fuerzas, proyectos, reclamos y movilización. Es esta la marca distintiva de sus textos compilados en Sobre la democracia. En ellos se expresa en gran medida la capacidad analítica de situarse no desde una exterioridad pura del análisis, sino dentro del conflicto mismo.

Pereyra acompañó de manera particular la explosión del sindicalismo democrático y ello no es casual. Si a la generación previa el impacto principal fue el del ascenso y derrota del movimiento ferrocarrilero de 58-59 (piénsese en la obra de José Revueltas o en las transformaciones del Partido Comunista desde 1960), a la que pertenece Pereyra es la insurgencia sindical de los años setenta la que marca el ritmo de la movilización de la imaginación política. Desde la revista Solidaridad –cuyos textos han sido poco trabajados aún– interviene política y teóricamente sobre el que le parece el movimiento más importante de un proceso democratizante de la realidad mexicana. Con la sobriedad que distingue su escritura señala: “Si alguna cofradía devota de tal o cual culto tiene la ocurrencia de autodenominarse “vanguardia proletaria” o emplear cualquier otro membrete semejante, ello apenas indica la subjetiva e irrelevante voluntad de unos cuantos, pero si la expresión más madura del movimiento obrero mexicano se define como “tendencia democrática”, ello sí revela la dinámica profunda que emerge del suelo mismo de la sociedad”.1 La importancia de aquel periodo marcado por la insurgencia sindical, es que ella expresaba en el epíteto de “tendencia democrática” la clave crítica a la presencia asfixiante del autoritarismo: la puesta en cuestión del corporativismo como corazón del régimen político. Podemos entender entonces que la democracia no es sólo un dispositivo en cuya fisonomía se juega lo exclusivamente electoral o procedimental, sino que ella expresa una propensión de la sociedad en la que la auto organización de las clases subalternas es posible y necesaria.

Los combates de Pereyra

Múltiples fueron los combates que pueden ser rastreados en su obra. En El sujeto de la historia debatió con la filosofía de la historia, con el marxismo tradicional y la “filosofía de la praxis”; en Política y violencia, su primer libro, lo hace con la caracterización reduccionista del Estado y de lo político que observa en los grupos ultra izquierdistas. Sin embargo, el tema menos conocido y que aún aguarda posibilidades productivas para el discurso crítico es el conjunto de debates emprendidos en la última parte de su vida. Teniendo como escenarios La Jornada y Nexos, apropósito de la aparición de un libro de Bolívar Echeverría y del Congreso Nacional de Filosofía realizado en Toluca, Pereyra asume a plenitud las consecuencias más radicales de la “crisis del marxismo”, una discusión que había atravesado al “marxismo occidental” durante los años precedentes. Sin temor alguno por las consecuencias de la posición crítica que ensaya, aporta elementos para la reconfiguración del discurso crítico producido en México.

Si en su vertiente “althusseriana” Pereyra compartía la crítica de las categorías de la “antropología filosófica” tan en boga después de la segunda gran guerra europea, tales como “enajenación” o “esencia humana”; al final de su vida dirige las baterías contra la denominada crítica de la economía política y con ello también realiza una operación de asedio al conjunto de la obra de Marx en sus ausencias y silencios. Sin concesiones, plantea que el discurso de la crítica de la economía política legado por Marx en El Capital es el examen profundo y detallado de la lógica mercantil, pero que de ninguna manera la totalidad de las dimensiones de la sociedad pueden ser capturadas por ella. En la reseña del libro El discurso crítico de Marx2 discute con su amigo y colega Bolívar Echeverría, demarcando las señas de identidad de un marxismo que podríamos señalar como imaginado, en tanto que asume sus propios dilemas.

Así, Pereyra establece que el nombre Marx no es el de un individuo cuya biografía se inscribe en las vicisitudes del siglo XIX, sino representa la creación de un espacio teórico de producción. En dicho espacio, el marxista, se puede continuar la senda aún negando lo escrito por el individuo Marx. Ese espacio sólo puede ser enriquecido a partir de la respuesta a situaciones específicas, como por ejemplo, la dimensión nacional, tan central para la historia en América Latina y en donde la obra del filósofo alemán aporta poco. Podríamos decir qué en la disyuntiva entre pensar América Latina desde Marx o Marx desde América Latina,3 Pereyra asume la segunda vía, pues ella permite no la repetición de los argumentos ni el establecimiento de “tipos ideales” y mucho menos la fidelidad como criterio, sino la necesidad de entender las condiciones reales a partir de ciertos horizontes. Junto a ello, Pereyra critica la noción que circulaba en la época sobre una clase obrera que habría perdido cierta capacidad revolucionaria, señalando que ninguna clase tiene asignada una función a priori y sólo los procesos prácticos de politización pueden designar tal estatuto.

El asedio crítico a la tradición en la que él se inscribía, trasladado a las páginas de nexos en donde escribe el texto “Señas de identidad” y que recibe la respuesta de Echeverría en las páginas de la misma revista con el título “Todos somos marxistas”, muestra la tensión que genera el cuestionamiento de certezas y el encare de los problemas que se presentan para ese espacio teórico en busca de opciones. Pereyra señala —adoptando el lenguaje de Echeverría— que la crítica de la modernidad capitalista no tiene en el marxismo a su único discurso increpador y que este, el marxismo, convive con muchos otros con los cuales debe dialogarse. Así mismo, denota una gran preocupación por la totalización de la crítica a lo mercantil como forma de clausura otras dinámicas en la sociedad. En particular, considera que existe en ese espacio teórico inaugurado por Marx un silencio importante y determinante con respecto a los asuntos de la política y por tanto también los de la democracia. Y que aquella falla constitutiva era menester de ser corregida con prontitud, si es que el marxismo aspiraba a decir algo sobre la dinámica de la sociedad contemporánea.

Así, la herencia de Pereyra permite pensar la reactualización de cierta discursividad crítica, aquella colocada en las contradicciones y complejidades de la expansión mercantil, pero que encuentra en la actividad política los elementos para su continua subversión. Es en esta última dimensión práctica de la vida de los seres humanos en la sociedad, que es posible aspirar a una multiplicidad de formas, sin ánimos esencialistas o reduccionistas, sino con la firmeza de que la siempre inacabada construcción del orden social permite espacios de creación y reactualización de proyectos emancipadores, ellos mismos necesitados del oxígeno de una imaginación teórica que se encuentre atento a la multiplicidad de lógicas y problemas novedosos de la sociedad, irreductibles a un centro explicativo único. Así, es el primado de la política, es decir de la libertad comunitaria que construye el orden social y no de la “economía” como necesidad, lo que distingue la radicalidad del planteamiento de Pereyra y su principal herencia.

Fuente: Nexos

  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: