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“Finance Capital Today de François Chesnais”: reseña de Louis Gill

farcois-chesnaisFrançois Chenais es conocido por su importante aportación, de más de cuarenta años, al análisis del capitalismo contemporáneo y de sus crisis económicas y financieras. El economista francés acaba de publicar en la colección “Historical Materialism Book Series” (Ed. Brill, Leiden y Boston) un libro titulado Finance Capital Today. Corporations and Banks in the Lasting Global Slump. Este libro es una excelente síntesis de la amplia reflexión realizada sobre la cuestión del capital financiero y sobre su propio trabajo. Recordemos al respecto algunas de las contribuciones de Chesnais, bajo la forma de 1) monográficos (La mondialisation du capital, Syros, 1994 y 1997, Les dettes illégitimes, Raisons d’agir, 2011); 2) de dirección o codirección de obras colectivas (La mondialisation financière, Syros, 1996, Les pièges de la finance mondiale, con Dominique Plihon, La Découverte-Syros, 2000); 3) conferencias y presentaciones en seminarios y simposios; 4) artículos publicados en revistas, entre ellas La Vérité, Actuel Marx, Contretemps, La Brèche y Carré Rouge, de la cual fue uno de sus fundadores en 1995 y el principal animador hasta su desaparición en 2013.

Este libro, escribe Chesnais, se interesa por dos dimensiones, distintas pero interrelacionadas, de la economía mundial contemporánea. La primera consiste en las formas y consecuencias de la interpenetración de los grandes bancos y de las sociedades industriales, comerciales y de servicios, habiendo alcanzado un nivel muy elevado de concentración e internacionalización, algo que constituye la forma contemporánea de lo que el marxista austríaco Rudolf Hilferding designaba como el “capital monetario” en su obra de 1910 Das Finanzkapital. La segunda consiste en lo que Chesnais define como “las finanzas en tanto que finanzas” (en inglés finance qua finance), para representar el proceso asociado al crecimiento espectacular, en el curso de los últimos cuarenta años, de los activos (acciones, obligaciones y derivados) en posesión de las sociedades financieras (bancos y fondos), pero también de los departamentos financieros de las sociedades industriales y comerciales transnacionales. A este capital Chesnais lo designa como “capital financiero” para distinguirlo del “capital monetario” en el sentido que le daba Hilferding. Su análisis procede de las categorías de “capital productor de interés” y de “capital ficticio” enunciadas por Karl Marx en la Sección V del Libro III de El Capital. Chesnais es, dicho sea de paso, en gran parte responsable de haber arrojado luz sobre esta dimensión fundamental del análisis de Marx, en un artículo de 1979 titulado “Capital financier et groupes financiers : recherche sur l’origine des concepts et leur utilisation actuelle en France”, publicado en 1981 en un libro colectivo bajo la dirección de Charles-Albert Michalet [1]. A partir de ahí, se ha apoyado repetidamente sobre estos elementos clave del análisis de Marx en sus numerosos escritos.  

Desde el principio, Chesnais señala la problemática suscitada por el divorcio cada vez más profundo, desde los años 1980, entre una explosión de los mercados financieros -frenada temporalmente por el desencadenamiento de la crisis en 2007-2008- y el lamentable estado de la economía real subyacente, así como el aumento de la tasa de explotación de la fuerza de trabajo, en un contexto en que la correlación de fuerzas entre el capital y el trabajo se ha decantado progresivamente y sin pauta del lado del capital. Uno de los objetivos de este libro, escribe, es dar cuenta de este divorcio en el contexto económico y político de la crisis económica y financiera mundial que acontece. Esta crisis, precisa Chesnais, es una crisis de sobreacumulación y de sobreproducción en un contexto de caída de la tasa de ganancia. En gestación desde la segunda mitad de los años 1980, la crisis fue aplazada gracias a la creación masiva de crédito y por la plena incorporación de China a la economía mundial. Algunos autores la han caracterizado como “crisis de financiarización” o como crisis del “capitalismo financiarizado”, lo cual, según Chesnais, presta a confusión. Él prefiere definirla como una crisis tout court del capitalismo en un momento histórico concreto caracterizado por el establecimiento de la globalización y la financiarización como sus elementos distintivos. Como los Estados Unidos, en tanto que Estado y en tanto que espacio de acumulación de capital, han ocupado un lugar central en esta globalización, no es sorprendente que sea en este país donde “el genio de las finanzas se haya escapado de la lámpara”. Sobre todo porque es en los Estados Unidos, más que en ningún lugar en el mundo, donde el sistema de crédito ha proliferado hasta el extremo, al menos desde 1998. Pero la presente crisis, precisa Chesnais, ha sido, desde su estallido en agosto de 2007, una crisis mundial y no solo una simple “Gran Recesión” norteamericana. Actualmente ninguna economía individual puede propulsar la economía mundial ella sola hasta sacarla de la crisis tal y como hicieron los Estados Unidos en los años 1940 en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y con posterioridad.

9789004255470Chesnais termina afirmando que, si definimos el fin de la crisis como el surgimiento de una acumulación general y sostenida de capital productivo en el conjunto del sistema mundial, entonces cabe concluir, ahora que pronto se cumplirán diez años del inicio de la crisis en agosto de 2007, que no se avista un final cercano. Además, apunta que todas las organizaciones internacionales (FMI, BRI, OMC, CNUCED, etc.), cada una en su campo de especialización, lo constatan.

El mantenimiento a flote de los principales países industrializados descansa sobre su permanente dependencia de la inyección de liquidez por parte de los bancos centrales, con la inestabilidad financiera que ello supone. La situación se ha visto agravada porque  China ha dejado de ser el motor económico que era hasta el momento. Chesnais rechaza la caracterización de “estagnación secular” que los economistas keynesianos han establecido para describir la situación de impasse en la que se encuentra la economía mundial. Invita más bien a tomar conciencia de lo que la sociedad humana debe inevitablemente confrontar como consecuencia de los “límites históricos” del capitalismo. Esto ha dejado de ser un simple concepto intuitivo, dice Chesnais, para convertirse en una realidad que desde ahora y en adelante puede ser calculada, notablemente, en términos de desposesión y empobrecimiento, y de desigualdad de riqueza, cuyo nivel ha retrocedido hasta el de los años 1920. La dimensión más grave de este impasse histórico del capitalismo, subraya, es la crisis climática y medioambiental que pone en duda la supervivencia misma de la humanidad. A esta cuestión fundamental consagra la conclusión del libro.

El libro cuenta con una introducción, diez capítulos y una conclusión. Incluye una imponente bibliografía de 850 títulos. El lector no anglófono, acostumbrado a leer los escritos de Chesnais sobre todo en francés, pero también en castellano y en portugués, deseará profundamente -estoy seguro de ello- que las traducciones, al menos a estas lenguas, sean llevadas a cabo lo antes posible.

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Para anticipar el contenido del libro y motivar así su lectura, he aquí algunas notas complementarias extraídas libremente del texto con sus referencias correspondientes.

En el capítulo 1, titulado “El marco histórico de la crisis y sus características originales” (1.- The Historical Setting of the Crisis and Its Original Traits), leemos que la crisis actual ha puesto fin a la mayor fase de acumulación de la historia del capitalismo: más de 60 años si situamos el punto de partida en el final de la Segunda Guerra Mundial; 40 años si lo situamos al final de la primera recesión de posguerra en 1976. A lo largo de este periodo, el ritmo de acumulación en los países capitalistas avanzados, medido por la tasa de crecimiento de sus PIB, ha sufrido una continua desaceleración, pero no se ha hundido hasta 2009. (p. 25)

“El éxito del capitalismo en superar sus barreras inmanentes durante varias décadas, la amplitud de la creación de deuda desde 2001, así como las políticas llevadas a cabo para contener la crisis en 2008-2009 y posteriormente, ayudan a comprender la acumulación masiva de capital ficticio que han protagonizado innumerables operaciones especulativas, alimentándose del valor y plusvalor creados, simultáneamente con la sobreacumulación global de la capacidad productiva y con la sobreproducción de un vasto abanico de industrias” (p. 36). Esas enormes cantidades que son objeto de incesantes transacciones, sigue Chesnais, “están en manos de potentes conglomerados financieros con capacidad para dictar sus políticas a los gobiernos a través de un conjunto de canales políticos y financieros”.

La utilización por parte de Chesnais de la denominación “capital monetario” tomada de Hilferding, según el cual este capital es un capital-dinero puesto a disposición de los industriales por los banqueros, no debería sugerir que las grandes empresas industriales están bajo el control de los bancos. Por el contrario, escribe nuestro autor, ellas mismas participan intensamente en las operaciones de los mercados financieros, incluidas las más especulativas. “Los rasgos parasitarios del capital productor de interés -sobre los que Marx supo dar cuenta y Lenin enfatizó posteriormente-, salpican del mismo modo las operaciones de todos los componentes del capital: capital-dinero, capital comercial y capital industrial” (p. 8); de modo que los grandes bancos y las empresas industriales representan, en definitiva, “diferenciaciones en el seno del capital financiero” (p. 93).

Chesnais ilustra esta simbiosis y la similitud de las operaciones bancarias, industriales y comerciales en una sección titulada “Los bancos como comerciantes y las empresas transnacionales como capitalistas financieros” (4.3.- Banks as Merchants and TNCs as Money Capitalists) y sus respectivas subsecciones: “Las operaciones de los conglomerados financieros en el comercio de mercancías y la producción” (4.3.1.- The operations of financial conglomerates in commodities trading and production) y “Las operaciones financieras de las empresas transnacionales” (4.3.2.- The financial operations of TNCs). Menciona especialmente el caso del gran conglomerado financiero estadounidense Citigroup que en 2003 recibió de la Reserva Federal (Banco Central) de los EEUU la autorización para intervenir en los mercados de petróleo, gas natural, productos agrícolas y otros productos no financieros, etc. (p. 109-110).

img“Las empresas industriales son uno de los principales fundamentos del poder del capital financiero”, escribe Chesnais (p. 45). Estas empresas se han situado “a la cabeza de su restauración de posguerra. Hasta el inicio de los años 1990, eran los agentes más activos de la internacionalización del capital” (íbidem). También han contribuido al regreso de la City de Londres como centro de las operaciones financieras internacionales. “Dado que el capital no se reinvierte en la producción por falta de una tasa de ganancias suficiente, o que la demanda final es insuficiente para justificar nuevas inversiones, una parte de las ganancias se conserva y eventualmente se invierte en la acumulación financiera” (p. 45 y 245) […]  “Simultáneamente, el crecimiento de la deuda gubernamental ha aumentado el volumen de títulos de deuda ofrecidos en los mercados, mientras las políticas de austeridad y las medidas favorables a los empresarios han dificultado la realización de los valores producidos y el cumplimiento del ciclo de acumulación”.

“La aparición de una plétora de capital bajo la forma de capital ficticio, centralizada por los fondos de inversión y los fondos especulativos (hedge funds), alimentó la inestabilidad financiera global, agravada al mismo tiempo por la política monetaria de compra de títulos de deuda pública por parte de los Bancos Centrales procediendo a continuación con la compra de títulos de riesgo privados, una política denominada “expansión cuantitativa” (quantitative easing) convertida en el mayor instrumento de la política económica” (p. 245).

Antes de abordar las relaciones entre las sociedades financieras y no financieras en el contexto actual, Chesnais dedica una breve sección de su capítulo 4 (The Organisational Embodiments of Finance Capital…) a la evolución histórica de estas relaciones en cuatro países de central importancia: Alemania, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Pone de relieve las características claramente diferentes de estos cuatro países (p. 94-102).

  • En Alemania, observamos un fuerte dominio de los bancos sobre la industria y la formación de cárteles a principios del siglo XX, con la persistencia de estrechas relaciones después de la Segunda Guerra Mundial, hasta erosionarse con la transformación de los grandes bancos en conglomerados financieros en los años 2000; subrayando asimismo la muy baja capitalización de las empresas alemanas en porcentaje del PIB: una media del 30% de 1990 a 2005, en comparación con el 113% en EEUU y 132% en Gran Bretaña.
  • En EEUU, donde la concentración bancaria se desarrolló paralelamente a la de la industria, una forma específica de control directo de los bancos sobre la gran industria tomó la forma, a principios del siglo XX, de “money trusts” -la primera hornada de bancos de inversión-, ejerciendo una vasta concentración de control, en el corazón de la cual se encontraban destacadamente JP Morgan y la familia Rockefeller, propietaria de la Standard Oil. El rápido crecimiento de la Bolsa a partir del final de la Segunda Guerra Mundial supuso la desaparición de los accionistas dominantes y la separación entre propiedad y control de las empresas.
  • En Gran Bretaña, por el contrario, observamos para el mismo periodo una ausencia notable de relaciones entre banca e industria. En tanto que centro del sistema monetario mundial fundado sobre el oro, los bancos de la City han logrado importantes ganancias más bien gracias al mercado monetario y las operaciones de cambio (p. 98). “La City puede definirse como el pilar del primer sistema de apropiación mundial de plusvalor bajo la forma de ganancias e intereses provenientes del extranjero.” (p. 99). De este modo, “la ‘ventaja comparativa’ de Gran Bretaña debía encontrarse, no en la industria sino en el comercio y las finanzas y en el cada vez más importante rol de la City en el sistema financiero globalizado”.
  • En el centro de la especificidad francesa, escribe Chesnais, se encuentra el apoyo del Estado a la industria y los importantes créditos exteriores. “El único hito de la Bolsa de valores fue la financiación de la compañía del Canal de Suez” (p. 100). Los bancos franceses se dirigieron al crédito internacional en razón de una débil demanda de préstamos de la industria local. En primer lugar hacia Rusia, que a partir de 1880 se convirtió en el primer receptor de crédito e inversión directa franceses. Después hacia Argentina y México, así como las colonias francesas en África y el Sudeste de Asia (Indochina). “Una débil inversión industrial y una débil demanda de financiación de los bancos y la Bolsa son características permanentes del capitalismo francés donde predominaron las empresas del Estado y las empresas familiares favorecidas por un acceso privilegiado a la financiación pública” (p. 101).

En la Introducción del libro, Chesnais precisa: 1) que su análisis se sitúa en el marco del “establecimiento del mercado mundial” del cual Marx escribe, en sus Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, que está contenido en el concepto mismo de capital; 2) que hace falta, a la manera de Trotsky, considerar el mundo, no como una suma de componentes nacionales sino como una “totalidad jerárquicamente diferenciada” en el seno de la cual se articulan las realidades nacionales (p. 10). Tomar la economía mundial como el punto de partida del análisis implica tener en cuenta el conjunto de participantes con la especificidad de cada uno, como se acaba de recordar en el breve vistazo sobre la historia de la relación entre banca e industria en Alemania, EEUU, Gran Bretaña y Francia. Chesnais subraya notablemente que el lugar de la City de Londres en el proceso de acumulación financiera y de la globalización ha sido incorrectamente minimizado en relación al lugar que ha sido reconocido respecto a Wall Street (p. 11).

Igualmente, durante los dos primeros años de la crisis financiera, algunos autores han defendido que los bancos europeos en dificultades eran víctimas de una situación la responsabilidad de la cual recaía en los EEUU. Este argumento es indefendible, escribe Chesnais, cuando la Unión Europea ha sido engullida entre 2010 y 2013 por una crisis incorrectamente definida como crisis de “deudas soberanas” y cuando se ha demostrado que las dificultades encontradas provenían ampliamente de las incongruencias de sus tratados fundadores. El problema no puede ser identificado por la ausencia de un “gobierno federal” de la Unión… Se sitúa principalmente en la prioridad conferida por los tratados a la “competencia sin barreras”, fundamento de toda su construcción. (p. 236).

Muchos otros temas de este libro que merecerían un comentario más amplio no pueden ser más que mencionados brevemente: las nocivas innovaciones financieras que han llevado a la economía a la depresión, la titulización de los activos y la transición de un modelo tradicional de la actividad bancaria -modelo de “concesión-detención de créditos” (originate-to-hold model)- a un nuevo modelo -calificado como modelo de “concesión-cesión de créditos” (originate-to-distribute model)-, el espectacular crecimiento del “sistema bancario en la sombra” (shadow banking system) y de los fondos especulativos (hedge funds), el desplazamiento del riesgo del sistema bancario tradicional a los fondos especulativos y el shadow system, las nuevas modalidades de contagio y dispersión del riesgo, la amplitud y las consecuencias de la proliferación de tasas de interés negativas. Apuntemos particularmente respecto a este último tema que “entre diciembre de 2014 y finales de mayo de 2015, 2 billones de dólares en títulos de deuda soberana fueron cedidos a tasas de interés negativas”! (p. 247), etc.

En definitiva, un libro de obligada lectura.

[1] Por exceso de modestia o por inadvertencia, Chesnais atribuye al marxista británico David Harvey, en su obra Limits to Capital (1982), la paternidad de la utilizació de la categoría de capital ficticio (ver p. 18). Me gustaría anotar que también yo la utilizé en el tomo 2 de mi libro L’économie capitaliste: une analyse marxiste, publicado en 1979. Es necesario mencionar que dicha categoría era utilizada desde el inicio de los años 1970 por la sección francesa de la corriente trotskysta internacional, a la cual perteneciamos Chesnais y yo, en su revista teórica La Vérité.

Louis Gill, enero 2017.

Traducción de Ivan Gordillo para Marxismo Crítico

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