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“Si eres tan inteligente, ¿por qué no eres rico?”: Michael Lebowitz

“Marx era, ante todo, un revolucionario. La verdadera misión de su vida, era cooperar en el derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, y contribuir a la emancipación del proletariado moderno” (Engels, 1883). ¿Podríamos hoy decir lo mismo de los economistas marxistas? ¿Que son revolucionarios cuya verdadera misión es cooperar en el derrocamiento del capitalismo?

 

Los economistas marxistas se enorgullecen de comprender mejor al capitalismo que los no marxistas. Ellos no estudian la forma en que la conducta de los individuos tiende a generar el mejor de los mundos posibles, y de qué forma la interacción de esas conductas en el mercado los premia o no. Tampoco analizan a las crisis económicas como accidentes (o resultados de alguna conducta individual perversa). No ven al capitalismo como al fin de la historia, sino como un sistema basado sobre la explotación de los trabajadores, un sistema que tiende a destruir las fuentes originales de la riqueza (los seres humanos y la naturaleza) y que tiene una tendencia intrínseca a generar las crisis.

La economía marxiana es una versión de la teoría de los sistemas, y se pregunta: ¿cuál es la naturaleza de este sistema particular, cómo se reproduce y cómo no se reproduce? Y en particular, como dijo Engels, ¿cómo contribuimos al derrocamiento de la sociedad capitalista y a la liberación del proletariado? Si estas son las preguntas importantes, ¿por qué los economistas marxistas lo hacen de una forma tan pobre para lograr estos objetivos? En nuestra opinión, su fracaso en ofrecer “alternativas persuasivas” al neoliberalismo y a la economía neoclásica que lo respalda no se debe a su exclusión de los medios capitalistas de difusión masivos o a su marginación, si no su completa exclusión, de las cátedras de economía que forman a las nuevas generaciones para ganar prosélitos de la lógica del capital. Nos inclinamos por otra explicación para la irrelevancia de lo que se suele llamar la economía marxiana en medio de esta grave crisis mundial, que no es del capital, sino de los seres humanos y la naturaleza, están siendo destruidos por el capital.
 

 

Los discípulos y la degeneración teórica

 

A juzgar por sus preocupaciones, una explicación para dicha irrelevancia sería que se comportan como discípulos, o sea, una especie de seguidores de un pensador, que suelen contribuir a la degeneración de su teoría. En un comentario sobre los discípulos de Hegel y Ricardo, Marx afirmaba que la desintegración de una teoría comienza cuando los discípulos se sienten obligados a “explicar” la “relación a menudo paradójica de esta teoría con la realidad”; que comienza cuando con un “empirismo craso”, “con frases dichas en forma escolástica”, y “mediante astutos argumentos”, “se esfuerzan penosamente por demostrar” que la realidad coincide con la teoría que pretenden defender. Entonces, la teoría comienza a desintegrarse cuando su punto de partida ya “no es más la realidad, sino la nueva forma teórica en que el maestro la había sublimado” (Marx, 1974: I, 76 y II, 84-5). ¿Quién podría negar la magnitud con la que los economistas autodenominados marxistas gastan su tiempo tratando de dar la razón a Marx? En esos empeños, ¿quién podría negar la presencia de un “empirismo craso”, frases escolásticas, y “argumentos astutos” cuyo verdadero punto de referencia es la propia teoría, más que la realidad concreta?

 

El enfoque de los economistas marxistas no sólo asegura la irrelevancia de su teoría en una época en la que ésta debería estar en el centro de las discusiones (como sucede con los recientes estudios sobre la desigualdad), sino que contribuye a su estancamiento. Pues cuando lo importante es defender esa teoría, es una herejía cuestionar sus premisas y supuestos, aunque el propio Marx también las haya cuestionado en su momento.

 

Aquí hablo como uno de esos herejes. Trataremos de identificar algunos de los problemas que vemos en la doctrina tradicional de la economía marxista. ¿Cuánto tiempo y energía han gastado los economistas marxistas buscando una “solución correcta” para el denominado “problema de la transformación”; una verdadera pérdida de tiempo y energía, dado que Marx describió claramente a los precios como la mera forma del valor, a las ganancias como la forma de la plusvalía, y a la tasa de ganancia como la forma de la tasa de plusvalía? Pensemos también en cuánto tiempo han gastado los economistas marxistas discutiendo sobre la inexorable caída de la tasa de ganancia, cuando Marx indicó tan claramente que el curso de la tasa de ganancia dependía de las tasas relativas del cambio de productividad en los Departamentos I y II de la economía. O consideremos todas las discusiones sobre el desarrollo de la plusvalía relativa, que olvidan que la afirmación de que el capital se beneficia de los aumentos de productividad se basa en una hipótesis, a saber, que los trabajadores no pueden hacerlo debido a que el patrón de sus necesidades está fijado para un determinado país y una determinada época, una hipótesis que Marx intentó luego de flexibilizar en su libro inédito sobre el Trabajo Asalariado. Como he argumentado en mi libro, Más allá de El capital, cuando se elimina esa restricción, entonces el efecto del aumento de productividad, a igualdad de condiciones, es el aumento de los salarios reales (Lebowitz, 2005: 171, 172).

 

Por supuesto, si vamos a hablar de los avatares de la doctrina tradicional de la economía marxiana, sería un descuido por nuestra parte no mencionar a la ley del valor, la que en esta doctrina tradicional equivale a la determinación ricardiana de los precios relativos de acuerdo a las cantidades de trabajo concreto. Marx había rechazado completamente esta idea pre-marxiana e insistió en afirmar que al desarrollar el concepto del trabajo social homogéneo y abstracto, que sólo se manifiesta como dinero, había resuelto un enigma que ni siquiera había sido planteado por la economía política clásica.

 

Debido a la incomprensión de esa distinción esencial, todavía continúan los conjuros y genuflexiones ante este pilar de la economía marxiana tradicional, que es la ley del valor basado en el trabajo concreto, olvidando que Marx ya había indicado en 1868 (en respuesta a las críticas de su discusión del valor) que su discusión del valor es simplemente sobre la “necesidad de la distribución del trabajo social en proporciones específicas” y, en particular, sobre cómo asigna una sociedad su trabajo entre actividades cuando no hay una mano visible (Marx, 1987: 206-207). Todos deberíamos saber, en consecuencia, que la  ley del valor es acerca de la mano invisible, o sea, la forma en que una sociedad productora de mercancías asigna el trabajo contenido en las mercancías. Y por supuesto, todos deberíamos saber que el concepto del valor en Marx no se aplica a ese trabajo que no es asignado por el mercado y por lo tanto no está representado por el dinero.

 

Creemos haber explicado por qué consideramos a gran parte de la doctrina tradicional como la obra de discípulos que contribuyen a la degeneración de la teoría del “maestro”. Volvamos, sin embargo, a la cuestión de las crisis capitalistas y su supuesta relación con la actividad revolucionaria. Se trata de un verdadero artículo de fe, que el mismo Marx expresó en artículos cortos y en su correspondencia: junto a la crisis económica llegarían las nuevas oportunidades para la revolución. En consecuencia, los economistas marxianos se han convertido en gran parte en los cronistas de la crisis económica capitalista. ¿Está llegando? ¿Ha llegado? ¿Cuándo llegó? ¿Siempre ha estado aquí? Para quien arribe con la respuesta correcta, es mucho lo que está en juego. Pues si pudiéramos hallar la respuesta correcta, la tierra se abriría y tragaría al capitalismo. Y entonces, el ganador habría demostrado que él ha contribuido al derrocamiento del capitalismo.

 

 
La clase obrera en el capitalismo como un sistema orgánico

 

Veamos ahora el tema de El capital de Marx. Hay que reconocer que Marx analizó al capitalismo como a un sistema orgánico; como un sistema de reproducción “en el que cada relación económica presupone a la otra bajo la forma económico-burguesa, y así cada elemento puesto es al mismo tiempo supuesto, tal es el caso con todo sistema orgánico” (Marx, 1973: 220). Eso es lo que Marx analizó en los Grundrisse, que las premisas del capitalismo como un sistema orgánico, el capital y el trabajo asalariado, eran también sus resultados.

 

Así, en el capítulo XXIII del tomo I de El capital, resumió su exposición de los capítulos precedentes explicando que el capitalismo es un sistema que contiene en sí mismo las condiciones para su propia reproducción, la que, cuando es vista “como un todo relacionado, y en flujo constante de su renovación incesante,” es comprendida como “un proceso de reproducción”. Y concluyó el capítulo subrayando que el proceso capitalista de producción “produce y reproduce la relación capitalista misma; por un lado el capitalista, por el otro el asalariado”. En resumen, produciendo a las premisas esenciales del capitalismo (Marx, 1983: 712).

 

Pero, ¿qué significa decir que estos son resultados? En el capitalismo como un sistema orgánico, el capital es el resultado de la explotación de los trabajadores. En ese sistema orgánico, el capital no proviene de ningún otro lado. Es el resultado de la dominación capitalista de los trabajadores en la esfera de la producción, de la realización del plusvalor latente contenido en las mercancías mediante la venta de estas mercancías y del reemplazo y la ampliación del capital consumido en el proceso de producción. ¿Qué es el capital? Marx responde que el capital es el propio producto de los trabajadores que se vuelve en contra de ellos.

 

La otra premisa de la producción capitalista es el asalariado. Pero es esencial comprender que en el capitalismo como un sistema orgánico, los asalariados no caen del cielo. Los asalariados son personas que han sido producidas en el ámbito de las relaciones capitalistas de producción: este segundo aspecto, el producto humano de la producción capitalista, subyace en la denuncia de Marx al capitalismo. En las relaciones capitalistas, los trabajadores no son sólo explotados. También son deformados. Si olvidamos este segundo resultado de la producción capitalista, como hacen muchos, jamás comprenderemos por qué los trabajadores no se sublevan espontáneamente cuando el capital ingresa en una de sus muchas crisis.

 

Consideremos la naturaleza de los trabajadores producidos por el capital. Aunque el capital desarrolla las fuerzas productivas para lograr su objetivo preconcebido (el crecimiento de las ganancias y el capital), Marx señalaba que “todos los métodos para desarrollar la producción” bajo el capitalismo “mutilan al obrero convirtiéndolo en un hombre fraccionado,” lo degradan, y lo alienan “de las potencias intelectuales del proceso de producción y el trabajo manual” (Marx, 1983: 440, 515 y 804). El capital explica la mutilación, el empobrecimiento, la “atrofia intelectual y física” del obrero, con su “anexión vitalicia y total de un hombre  a una operación de detalle”, como sucede en la división del trabajo característica del proceso capitalista de fabricación. Pero, ¿el desarrollo de la maquinaria terminaba con esa atrofia de los trabajadores? La respuesta de Marx fue que bajo las relaciones capitalistas estos desarrollos completaban la “separación de las facultades intelectuales del proceso de producción  y el trabajo manual,” el pensar y el hacer se separan y se vuelven mutuamente hostiles, y “confiscan toda actividad libre, física e intelectual, del obrero” (Marx, 1983: 442, 516, y 589).

 

En el capitalismo se produce un determinado tipo de persona. La producción en el ámbito de las relaciones capitalistas es lo que Marx denominó un proceso de un “vaciamiento pleno,” una “enajenación total”, y “el sacrificio del objetivo propio frente a un objetivo completamente externo” (Marx, 1973: 448). ¿Con qué otra cosa podemos llenar el vacío, sino es con dinero, la verdadera necesidad que crea el capitalismo? Llenamos el vacío de nuestras vidas con cosas; nuestro imperativo es consumir. Así, además de producir mercancías y al mismo capital, el capitalismo produce un ser humano fragmentado, mutilado, cuyo gozo consiste en poseer y consumir cosas; más y más cosas. En el capitalismo, el consumismo no es un accidente. El capital genera constantemente nuevas necesidades para los trabajadores y sobre este hecho, señaló Marx, “se basa el poder actual del capital”. Cada nueva necesidad de mercancías capitalistas es un nuevo eslabón en la cadena dorada que une a los trabajadores con el capital (Marx, 1973: 230).

 

¿Es posible, entonces, que las personas producidas en el capitalismo puedan comprender espontáneamente la naturaleza de este sistema destructivo? No. La tendencia intrínseca del capital es producir personas que piensan que no hay alternativas. Marx explicó en forma terminante e inequívoca que el capital, mientras se desarrolla, tiende a producir la clase obrera que necesita, obreros que tratan al capitalismo como algo que forma parte del sentido común: “En el transcurso de la producción capitalista se desarrolla una clase trabajadora que, por educación, tradición y hábito reconoce las exigencias de ese modo de producción como leyes naturales, evidentes por sí mismas. La organización del proceso capitalista de producción desarrollado quebranta toda resistencia” (Marx, 1983: 922).

 

El capital,  al generar a un ejército de reserva de los desocupados “pone su sello a la dominación del capitalista sobre el obrero” (Marx, 1983: 922). De esa manera “la oscilación de los salarios queda confinada dentro de límites adecuados a la explotación capitalista y finalmente se afianza la tan imprescindible dependencia social del trabajador respecto del capitalista” (Marx, 1983: 960-961). El capitalista puede apoyarse en “la dependencia en que el obrero se encuentra con respecto al capital, que surge de las condiciones de producción mismas y  es garantizada y perpetuada por éstas” (Marx, 1983: 899).

 

Entonces, en la obra teórica de Marx ¿adónde se habla de las crisis que tienden a producir una situación revolucionaria? Más bien, ¿no está afirmando Marx que el capitalismo “una vez que está desarrollado”, “quebranta toda resistencia”? La desocupación, ¿no asegura la dependencia social del obrero con respecto al capital? Cuando analizamos la parte del trabajador, la naturaleza del trabajador que es el producto del capitalismo como un sistema, orgánico, ¿no es evidente en El capital que, más que tender a un estallido revolucionario, la crisis capitalista debilita a los trabajadores y sus organizaciones?

 

De aquí, parecen deducirse otras dos conclusiones. La primera es que la resistencia de los trabajadores (esa resistencia que se quebranta cuando el capital está plenamente desarrollado) es probablemente más fuerte antes que el capitalismo sea un sistema orgánico, o sea, antes que el capitalismo haya logrado crear a la clase obrera que necesita como una premisa. Por lo tanto, se podría esperar a ver un mayor activismo obrero en los países capitalistas menos desarrollados y emergentes, cuando los trabajadores todavía resisten la mutilación y la deformación que trae consigo la verdadera subordinación al capital.

 

Una segunda conclusión sería que la resistencia obrera es probablemente mayor en los períodos de auge capitalista, o sea, cuando el ejército de reserva no juega el papel que le han asignado. Como afirmaba Michal Kalecki en 1943, en su clásico ensayo sobre los “Aspectos políticos del pleno empleo”, en un período de pleno empleo, la disciplina en los lugares de trabajo y la estabilidad política declinan porque los trabajadores tienden a “descontrolarse”: “En  verdad, bajo un régimen de pleno empleo a tiempo completo, ‘el despido’ dejaría de jugar su papel de medida disciplinaria. Se socavaría la posición social del patrón y crecerían la confianza en sí misma y la consciencia de clase de la clase obrera” (Kalecki, 1972: 78 y 82).

 

Agreguemos a estas conclusiones algunos acontecimientos más recientes: la forma en que el capitalismo globalizado, en lugar de concentrar a los obreros en determinados lugares de trabajo, tiende a des-centralizar, des-unir, y des-organizar a los trabajadores, y la forma en la que la presión constante de las deudas contraídas por los consumos afecta a la militancia de los trabajadores. La suma de todo esto sugiere que las perspectivas de una alternativa socialista cuando el capitalismo está plenamente desarrollado no son muy altas. ¿Es inevitable esta sombría conclusión?

 

Partir de y superar la economía moral de la clase obrera

 

En gran parte de nuestra obra, hemos tratado de demostrar que El capital de Marx nos ofrece una poderosa respuesta a la pregunta de qué es el capital, pero que de hecho no considera al capitalismo como un todo (o no desarrolla plenamente al capitalismo como un sistema orgánico). No lo hace porque no desarrolla la parte de los trabajadores como sujetos, sujetos que luchan por sus propios objetivos. Ese objetivo es al que Marx se refería en El capital cuando hablaba de “las necesidades de desarrollo del trabajador”. En verdad, la unilateralidad de El capital es más obvia cuando admitimos que no examina las luchas salariales (excluidas por la presunción de una constante inmutable de las necesidades) ni la exigencia esencial del capital (cuando flexibilizamos esa presunción) de dividir y separar a los trabajadores para lograr aumentar el plusvalor relativo.

 

Cuando nos concentramos sobre la parte de los trabajadores, descubrimos que estos son algo más que simplemente los productos y resultados del capital. Su relación específica con el capital en el ámbito de las relaciones capitalistas de producción no agota su naturaleza. Viven dentro de muchas otras relaciones –familias, comunidades, naciones– e interactúan con otros trabajadores. A través de sus actividades dentro de estas relaciones, a través de todas sus luchas para satisfacer sus necesidades de desarrollo, ellos se crean a sí mismos.

 

Ciertamente, el lugar de los trabajadores en el ámbito de las relaciones capitalistas de producción es decisivo por la forma en que su actividad dentro de esa relación los configura y los deforma. Sin embargo, el trabajador experimenta esa relación en forma diferente a como lo hace el capitalista. Mientras que para el capitalista, la explotación, que él concibe como la utilización lucrativa del trabajador, es esencial para su existencia como capitalista, el trabajador sufre la explotación como un ingreso inadecuado en relación a sus necesidades y considera a esa desigualdad resultante como injusta e inequitativa. Análogamente, mientras que para el capitalista son razonables la disciplina y la organización vertical en el lugar del trabajo, para el trabajador es despotismo y falta de libertad, y quiere reducir la duración y la intensidad de su jornada laboral a un mínimo absoluto.

 

“Un salario diario justo por cada día de trabajo”, una distribución equitativa del ingreso, el tiempo y la energía para uno mismo; estas son las formas que toman “las necesidades de desarrollo del trabajador”. Y esa necesidad del desarrollo humano –cuya satisfacción impide en forma tan clara el capital– va mucho más allá de lo que sucede en los lugares de trabajo. De hecho, va más allá de una determinada relación directa con el capital. Sus huellas pueden hallarse, por ejemplo en determinadas normas sobre la salud (incluyendo la exigencia de un ambiente sano), la educación, y la vivienda, que son consideradas normas justas y equitativas.

 

Todas estas normas constituyen la economía moral de la clase obrera. Los trabajadores tienden a luchar individual o colectivamente contra lo que perciben como violaciones de esas normas tradicionales de justicia y equidad. O sea, los trabajadores luchan. Pero lo hacen dentro de ciertos límites: mientras consideran a las exigencias del capital como “leyes naturales, evidentes por sí mismas”, cuando se enfrentan con las crisis capitalistas, tarde o temprano actuarán para asegurar las condiciones necesarias para la reproducción ampliada del capital. No obstante, en la medida en que ellos luchan, los trabajadores se crean en forma diferente; como indicaba Marx, evitan “convertirse en elementos de producción apáticos, inconscientes, más o menos bien alimentados”. Así, las luchas de los trabajadores basadas en su sentido de justicia también son una parte esencial de la creación de los trabajadores que enfrentan al capital. Ellos son el resultado de algo más que sólo la parte del capital.

 

Como hemos sostenido en un reciente artículo sobre “la equidad” en Studies in Political Economy, el punto de referencia de la economía moral es el pasado; sus luchas tienden a ser defensivas (Lebowitz, 2013). Cuando los trabajadores luchan contra la austeridad y la política económica neoliberal, su concepto de “equidad” puede implicar la esperanza de volver a los días de un capitalismo “bueno”. La base de su actividad espontánea, la economía moral de la clase obrera, no profundiza más allá de la superficie y, no puede identificar lo que subyace bajo esa política.

 

Sin embargo, que reconozcamos las limitaciones de la economía moral no significa que debamos consolarnos en cambio con el inmaculado Proletariado Abstracto. En lugar de comenzar con conceptos abstractos sobre el proletariado, el punto de partida debe ser el de los seres humanos verdaderos, con sus determinadas ideas. Por lo tanto, en el artículo de mencionadosugerimos que para los revolucionarios que quieran poner fin a las estructuras de la explotación y la deformación, es fundamental reconocer la importancia de la economía moral de la clase obrera, pero para ir más allá de ella, hacia la economía política de la clase obrera.

 

Puesto que las personas creadas en el ámbito de las relaciones capitalistas tienden a considerar las exigencias del capital como parte del sentido común, las luchas espontáneas enraizadas en la economía moral jamás lograrán ir más allá del capitalismo. Por eso una obligación de los revolucionarios es hacer lo que intentó Marx; concretamente, demostrar cómo estas violaciones de la economía moral son intrínsecas en la naturaleza del capital, cómo el capitalismo destruye a los seres humanos y a la naturaleza, y que las crisis que afectan las vidas de los trabajadores no son meros accidentes, y convencer a los obreros a que reemplacen la bandera conservadora de la economía moral por la bandera revolucionaria de “¡abolir el capitalismo!”, y además, construyan los instrumentos políticos que pueden facilitar esto.

 

Demostrar la naturaleza del capitalismo no es suficiente para convencer a los seres humanos de que hay una alternativa. Para movilizar a los seres humanos a la lucha para cambiar el sistema, es necesario articular lo que está implícito en las actuales luchas para mostrar de qué forma éstas contienen en su interior los elementos de una nueva sociedad. Eso significa que debe haber una visión orientada al futuro. Para luchar contra una situación en la que los trabajadores “por educación, tradición y hábito” reconocen las exigencias del capital “como leyes naturales, evidentes por sí mismas”, debemos luchar por un sentido común alternativo.
 

 

La esencia perdida del marxismo

 

Para la economía política de la clase obrera, esa visión es lo que Marx denominó la “situación inversa”, orientada hacia las “necesidades de desarrollo del trabajador”, o sea, una sociedad basada en el logro del desarrollo humano. Ese sentido inverso es la premisa oculta de El capital de Marx. La necesidad de invertir a la inversión capitalista,  “esta conversión, es más, este trastrocamiento –peculiar y característico de la producción capitalista” (Marx, 1983: 377). En resumen, como lo subrayamos en La alternativa socialista: el verdadero desarrollo humano, la centralidad de las necesidades de desarrollo del trabajador debe estar en el núcleo de la lucha para construir la alternativa socialista (Lebowitz, 2012). De hecho, el desarrollo humano es la “esencia perdida del marxismo”.

 

Con una concepción del socialismo como un sistema orgánico –lo que el presidente Hugo Chávez de Venezuela llamó el triángulo elemental del socialismo: 1) la propiedad social de los medios de producción, 2) la producción social organizada por los trabajadores, y 3) la satisfacción de las necesidades y objetivos sociales,  podemos mostrar de qué forma las luchas y aspiraciones actuales están relacionadas con la visión de una sociedad socialista, una sociedad centrada en la igualdad (donde no hay la propiedad privada de los productos del trabajo social pasado), en el desarrollo de las capacidades humanas (donde hay protagonismo en todas nuestras actividades productivas), y en la solidaridad y la comunidad  (donde nuestra mutua dependencia no es la de los productores mercantiles indiferentes en un mercado). Sobre estos elementos construiremos un nuevo sentido común, que reconozca la importancia de luchar por una sociedad en la que la condición para el libre desarrollo de cada uno es el libre desarrollo de todos.

 

No se necesita ser un economista marxista para hacerlo. Es más, dados los requisitos de ingreso para el club de economistas marxistas, puede ser mejor si uno no lo es. Sin embargo, si los economistas marxistas dejamos de comportarnos como discípulos que deben demostrar que el maestro tiene razón, podemos hacer importantes aportes centrándonos en la esencia perdida del marxismo, o sea, en el desarrollo humano. Podemos participar directamente en la Batalla de Ideas, cuestionando los supuestos y las falacias de la corriente hegemónica de la economía, contrastando la dinámica del desarrollo humano en la sociedad con la estática atomística de la economía neoclásica. ¿Por qué no estamos haciendo lo que hacía Marx contra la economía hegemónica de su época?

 

Además, podremos centrarnos en la salud de la clase obrera en lugar de hacerlo exclusivamente en la salud del capital, desarrollando la teoría y las medidas del desarrollo humano, incluyendo el examen explícito de los efectos agobiantes de la producción bajo las relaciones capitalistas. Así, también podremos cuestionar a los defensores liberales del desarrollo humano que aceptan la lógica del capital y cuyo objetivo implícito es un capitalismo más justo que se centre en la eliminación de determinadas barreras al desarrollo humano en lugar de eliminar la barrera principal, el propio capitalismo. Hace mucho tiempo que debimos haber hecho ese cuestionamiento.

 

Estos son sólo algunos aportes que pueden hacer los economistas marxistas si asumimos la responsabilidad de poner el arma de la teoría en las manos de la clase obrera y los activistas revolucionarios. Si lo hacemos, demostraremos que nuestra verdadera misión (como la de Marx) es “contribuir al derrocamiento de la sociedad capitalista” y “contribuir a la emancipación del proletariado moderno”.
 

 

Bibliografía

 

Engels, Frederick, “Discurso ante la tumba de Marx”, 17/3/1883. Disponible en : https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/83-tumba.htm (último acceso: 27/9/2015)
Kalecki, Michal, The Last Phase of the Transformation of Capitalism.  Nueva York: Monthly Review Press: New York, 1972.
Lebowitz, Michael, Más allá de El capital. La economía política de la clase obrera en Marx. Madrid: Akal, 2005.
–, La alternativa socialista: el verdadero desarrollo humano. Plataforma-Nexos: Concepción, 2012.
–, “‘Fairness’: Possibilities, Limits, Possibilities”. En: Studies in Political Economy, nº 92, 2013.
Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) 1857-1858. vol. I. Buenos Aires: Siglo XXI, 1973.
–, Teorías sobre la plusvalía. vols. I y II. Cartago: Buenos Aires, 1974.  
–, El capital. vol. I.  Buenos Aires: Siglo XXI, 1983.
– / Engels, Friedrich, Carlos Marx – Federico Engels, correspondencia. Buenos Aires: Cartago, 1987.
Thompson, E. P., “The Moral Economy of the English Crowd in the Eighteenth Century”. En: Past and Present 50 (1971).

 


Artículo publicado en Monthly Review, Vol. 66, nº 11, abril de 2015. Ha sido gentilmente cedido para su publicación en Herramienta por “Monthly Review – Selecciones en castellano”.
Traducción y edición de Francisco T. Sobrino.

 

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