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“Lenin. Mesa redonda”: Jorge Luis Acanda, Pablo Arco, Rafael Cervantes, Ramán García, Armando Hart, Joaquín Santana, Dolores Vilá, Rubén Zardoya

leninRubén Zardoya: Con frecuencia recuerdo un poema de Vicente Huidobro, en el cual se afirma que el nombre de Lenin es “un cañonazo que parte en dos la historia humana”; y el discurso pronunciado por Fidel en ocasión del centenario del natalicio de Lenin, en el que vincula su figura y la de Marx al tránsito de la humanidad hacia su verdadera historia. Lenin se asocia a las grandes batallas del proletariado internacional, a la organización del proletariado ruso, al bolchevismo y a la concepción del partido de nuevo tipo y de su relación con las masas; al principio del centralismo democrático; a la Primera Guerra Mundial y a la elaboración de una línea política de principios frente a ella; a la Revolución de Octubre, al empeño de encender la chispa de la revolución mundial y de andar por las sendas del socialismo en las condiciones de lo que luego se llamaría subdesarrollo; al surgimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, a la crítica demoledora de la Segunda Internacional y a la creación de la Tercera, al Comunismo de Guerra y a la Nueva Política Económica; al internacionalismo proletario y a una política comprometida con el movimiento de liberación nacional de las colonias; al nacimiento de la Unión Soviética. Y a una muerte prematura que implicó un giro importante en la orientación general de la Revolución de Octubre y del movimiento revolucionario mundial.

En estrecho vínculo con lo anterior, el nombre de Lenin también se asocia a una gran “herejía” en el desarrollo del pensamiento marxista. La célebre pregunta ¿Qué hacer? -con la poderosa carga antidogmática que Lenin le confiere- aún retumba en los oídos de los revolucionarios. Además del genio político, en Lenin se suele reconocer -o impugnar- al genio teórico, la pujanza del pensamiento dialéctico, la idea del “materialismo militante”, una teoría del imperialismo, de la revolución y el Estado, una concepción acerca de la posibilidad de la ruptura de la cadena imperialista por su “eslabón más débil”, la lucha implacable contra la ideología burguesa, el populismo, el economicismo, el reformismo, el oportunismo, el chovinismo y otros tantos “ismos”.

También se ha responsabilizado a Lenin con muchos de los males que acompañaron al movimiento comunista mundial, desde la subordinación antidemocrática de este movimiento a un centro, hasta la propia desintegración de la URSS. En el avance del proceso de la perestroika y la glasnost, todos fuimos testigos de cómo la crítica que terminaría con un desmontaje integral de la historia de la Unión Soviética y de los valores socialistas, fue avanzando -si simbolizamos en personalidades- desde la figura de Brezhniev a la de Stalin, pasando por la de Jrushov, hasta llegar a Lenin. Incluso se lanzaron sobre Marx, pero no lo hicieron con tanta saña como sobre Lenin; y tengo la percepción de que, si en los últimos cuatro-cinco años se ha producido cierta readmisión academicista del pensamiento de Marx, (es como si el pensamiento burgués hegemónico le otorgara cierto “perdón”; parece que le resulta muy difícil lograr la cacareada credibilidad sin encontrarle un lugar, como uno más, en la odisea del espíritu universal), Lenin sigue siendo una suerte de diablo en calzoncillos rojos, al cual resulta infinitamente más difícil “perdonar”.

Les propongo conversar sobre estas y otras cuestiones vinculadas a la vida y la obra de Lenin. Pero antes de pasar a la discusión abierta, cederé la palabra a Acanda, quien ha preparado especialmente para esta Mesa Redonda un escrito que podría servir de pivote al análisis posterior.

Jorge Luis Acanda González: Quiero comenzar sentando una tesis: Lenin es el siglo XX. El historiador inglés Eric Hobsbawn ha dicho que el siglo XX comenzó en 1917 y terminó en 1989. Se refirió a un periodo histórico que comienza con la Revolución de Octubre y termina con el desmoronamiento del bloque soviético. Ambos acontecimientos, que marcan el alfa y omega de una época, remiten inexorablemente a la figura de Lenin. Quise empezar con esta tesis, corolario de la de Hobsbawn, porque nos resuelve una cuestión inicial, la de la insostenibilidad de todas aquellas posiciones que intentan negar la importancia de Lenin como figura que ha marcado, con su pensamiento y su praxis política, una etapa de la humanidad. Lenin constituye, por lo tanto, un punto de referencia insoslayable. La contradicción capitalismo-socialismo determinó todo lo que ocurrió en este siglo que concluyó. Fue la época de la plasmación de un ideal, que Lenin demostró que era posible. A su vez, su vida y su siglo demostraron las dificultades inherentes a la plasmación de ese ideal. Pero esta tesis, por el mismo contenido que afirma, implica a la vez una nueva interrogante: Lenin es el siglo XX, pero… ¿qué significará para el siglo XXI? Es la cuestión de la validez de su legado para la nueva época histórica que recién está comenzando. ¿Tiene y tendrá la obra de Lenin importancia y significación para esta nueva realidad que se abre ante nosotros? Y de ser así, ¿cuál es esta significación? Asumo que este es el objetivo de los organizadores de esta mesa redonda, como asumo que para todos los que hoy nos reunimos aquí, la respuesta a la primera pregunta es afirmativa. Es decir, consideramos que el pensamiento de Lenin guarda todavía importantes claves para el abordaje teórico y práctico de la nueva realidad. Se nos impone por lo tanto hablar de Lenin en futuro, que es como se habla de las grandes figuras históricas, que son grandes porque guardan su vigencia. Aunque en el caso de Lenin también es preciso hablar en pretérito, esto es, precisar qué fue realmente lo que dijo y lo que hizo. Su herencia se tergiversó desde el principio. No sólo desde la derecha, empeñada en presentarlo como un simple terrorista y voluntarista, sino también por muchos de los que se llamaron sus seguidores, y que construyeron una imagen falsificada de su pensamiento y su vida, para que les sirviera de coartada ideológica de sus intereses. Necesariamente entonces, después de afirmar su validez para la nueva época, al abordar la segunda cuestión (“¿en qué reside esta validez?”) tendremos, en alguna medida, que realizar una labor de arqueología histórica que desembarace su obra de todas las costras que se le han adherido a lo largo de estos decenios.

Llegados a este punto, paso entonces a plantear una segunda tesis, que leí hace ya muchos años en un artículo de un autor francés, que si mal no recuerdo se llama Pierre Jalle: repetir a Lenin al pie de la letra el la mejor manera de traicionarlo. Esto, en definitiva, es válido para cualquier gran figura histórica. Se podría cambiar al referente, y decir que repetir a Marx, a Martí o al Che al pie de la letra es la mejor manera de traicionarlos. En primer lugar porque ellos nunca se repitieron a sí mismos al pie de la letra. Y creo que esta tesis es seminal para analizar la validez de Lenin en la nueva época. Es mucho lo nuevo y diferente que existe ahora con respecto al período que terminó, aunque a la vez mantienen determinadas estructuras fundamentales. La centralidad de la relación capital-trabajo, que es una relación de explotación, sigue presente. El capitalismo, como modo de producción, sigue siendo la matriz fundamental. La explotación de los pueblos por el gran capital monopólico, el imperialismo, para decirlo en sus verdaderos términos, sigue siendo un tema clave. Eso marca la continuidad entre el ayer, el hoy y el futuro.

Documento completo en pdf: Lenin. Mesa Redonda

Fuente: Revista Contracorriente, Año 5, 1999.

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