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“El marxismo crítico de Adolfo Sánchez Vázquez”: Samuel Arriarán

present mineriaFragmento del libro de Samuel Arriarán, El marxismo crítico de Adolfo Sánchez Vázquez, Editorial Itaca, México, 2015. (Se publica con la autorización de la editorial)

Para comprender de qué manera Adolfo Sánchez Vázquez recibió el impacto del derrumbe del “socialismo real” puede servir un texto de Bolívar Echeverría donde señala aquello que motivó sus preocupaciones y le hizo dar un viraje reflexivo. Lo que desencadenó este viraje fue el Encuentro Internacional de la revista Vuelta [1]:

“ Sánchez Vázquez detectó el indicio de un tabú y constató una paradoja. El indicio era el siguiente: en todo el encuentro no se empleó ni una sola vez la palabra ´capitalismo´ ni otra equivalente; y la paradoja era esta: ´cuando la alternativa socialista se hace más necesaria, no está en la orden del día´. Desde entonces los escritos de Adolfo Sánchez Vázquez sobre política han girado siempre en torno de este indicio y a esta paradoja, tratando de encontrar una explicación para ellos.”[2]

   ¿Qué sucedió en este evento? Sánchez Vázquez intervino en dos ocasiones. En su primera intervención del 27 de agosto señaló que “no se puede meter en el mismo saco a Stalin a Lenin y a Marx.”[3] Todavía no se dirigía a todos los participantes sino sólo a Leszek Kolakovski, que manifestó estar de acuerdo. Fue en su segunda intervención del 2 de septiembre cuando estalló el conflicto. Y se refirió específicamente a lo que generó “un consenso por parte de un buen número de participantes” y esto fue la idea compartida de declarar a propósito del derrumbe de la URSS el fin del socialismo y de todo socialismo:

“Si el dilema es capitalismo o socialismo, entendido éste como ´socialismo real´, y si por otra parte, el ´socialismo real´ es condenado justamente y el capitalismo embellecido, la alternativa por adoptar no puede ser otra más que el capitalismo. Por cierto, la palabra capitalismo no ha sido pronunciada hasta ahora una sola vez en esta sesión.”[4]

   Y en efecto, Sánchez Vázquez atinó en lo principal. Ni en esa sesión ni en ninguna se pronunció la palabra capitalismo porque el evento no fue realizado con otro propósito más que para enterrar el socialismo y festejar el embellecimiento del sistema:

“El capitalismo, sin embargo no puede ser embellecido. A esta operación de embellecimiento corresponden las tesis que aquí hemos escuchado: la propiedad privada como fundamento de la libertad. ¿De qué libertad? El mercado como fundamento de la democracia. ¿De qué democracia? El capitalismo como promotor exitoso de la productividad vinculada al proceso tecnológico, sin reparar que en esa productividad y ese progreso conducen, en las condiciones capitalistas, a apartar de la actividad productiva a masas de trabajadores cada vez más amplias… Una gran parte de los participantes en este Encuentro han pretendido enterrar al socialismo. ”[5]

   A esta segunda intervención replicó primero Octavio Paz lamentando que el encuentro fue un teatro montado para enterrar al socialismo, y luego por Ferenc Fehér que reaccionando airadamente intentó sin éxito desarmar los argumentos expuestos. Lo que pasó a la historia de este encuentro es también que nadie respaldó ni se solidarizó con la crítica de Sánchez Vázquez, ni siquiera Agnes Heller o Jorge Semprún. Ambos autores, como la mayoría de los que antes se proclamaban marxistas, ya habían dado su viraje por la defensa del capitalismo y su distanciamiento con Marx[6]. En cuanto a la otra observación de Bolívar Echeverría podemos decir que, ciertamente, después del encuentro de la revista Vuelta, Sánchez Vázquez se dedicó a reflexionar, explicar y comprender el derrumbe. Los ensayos donde habla de esto son: “De qué socialismo hablamos” (1991); “Después del derrumbe: estar o no a la izquierda” 1992.“ Marxismo y praxis” 1997. Según él, sólo aparentemente el objetivo socialista se ha hecho añicos. Esto es lo primero que dedujo de los sucesivos derrumbes en 1989 en Polonia, Alemania, Hungría, hasta la desintegración total de la Unión Soviética en 1991. El desmantelamiento en estos países significa que ya se puede esperar que la proa de la nave soviética (con la Perestroika) se enfilara hacia un verdadero socialismo. Antes creía en la Perestroika pero poco a poco se fue desencantando.

   Por el año de 1995 Sánchez Vázquez pidió a varios colegas y amigos (Ana María Rivadeo, Bolívar Echeverría, Stefan Gandler, Gabriel Vargas Lozano y Samuel Arriarán) comentarios críticos en forma escrita sobre su artículo “Filosofía de la praxis” para la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía. No es que él había caído en el pesimismo histórico, seguía convencido de que era absurdo deducir que del fracaso de una experiencia particular tengamos que abandonar el proyecto socialista (“ello significaría derivar muy hegelianamente lo real de lo ideal, pasando por alto las condiciones y mediaciones necesarias”[7]). Sin embargo la principal duda que tenía giraba en torno de la pérdida de vigencia de Marx:

“No podemos dejar de reconocer que, en la actualidad, justamente por el adelgazamiento -casi mortal- de sus vínculos con la práctica, su vigencia se encuentra en una grave crisis. El derrumbe del ´socialismo real´ ha afectado profundamente su credibilidad en un punto vital: su potencial práctico emancipatorio. Aunque su proyecto sigue siendo válido, pues hoy es más necesario que nunca, no se puede dejar de reconocer que palidece su vigencia. Ciertamente al quedarse en el aire, como idea que no encuentra las mediaciones necesarias para tomar tierra, el proyecto se ha vuelto tempestivo y mortecino”.[8]

   El problema de la pérdida de vigencia tenía que ver principalmente con el papel de los medios de comunicación de masas que difunden la creencia de que dicha caída equivale a la inviabilidad de todo proyecto socialista o marxista en general (esto es lo le dije a Sánchez Vázquez cuando me pidió mi opinión). La vigencia del proyecto socialista no podía estar determinada por la propaganda neoliberal sobre el fracaso del socialismo en 1989. Pero una y otra vez él volvía al tema de lo difícil de seguir sosteniendo la vigencia del marxismo “en un mar de sinceros desencantos y turbias abjuraciones”. Entre los trabajos que siguió publicando hasta el fin de los años 90 hay que citar “Izquierda y derecha en política: ¿y en la moral?” (1995); “Más allá del derrumbe”(1995). “La utopía del ´fin de la utopía´” (1995); ¿Vale la pena el socialismo” (1997); “Una utopía para el siglo XXI” (1998). En estos trabajos retoma el ímpetu de sus mejores críticas filosóficas atacando duramente al capitalismo y a sus ideólogos que bajo el argumento del fin de las utopías descalifican el proyecto socialista como alternativa. Tiene razón Javier Muguerza cuando explica la indignación de Sánchez Vázquez contra aquellos jóvenes que en un curso de verano en El Escorial en 1995 le reprochaban que siguiera sosteniendo la vigencia de la utopía. La polémica surgió cuando inicialmente un filósofo joven le preguntó ¿porqué no abandonaba el ideal socialista a raíz del derrumbe histórico de las utopías?:

“Interrogante al que Adolfo respondería con un rotundo ´No´ provocando con ello una vehemente crítica de un colega bastante más joven, lo que movería al interpelado a confesarnos risueñamente que ´cuando tenía aproximadamente la edad de su interlocutor, sus mayores le reprochaban su afición a las utopías como un pecado de juventud, mientras que a la edad ahora de sus mayores de por aquel entonces, tenía que ser curiosamente un jovencito quien volviera a echársela en cara como un pecado de senectud´, pese a lo cual aclararía que no estaba dispuesto a renunciar a su ´profesión de fe utópica´, ni en aquella ocasión ni en cualquiera otra que se le presente.”[9]

   ¿Qué es lo que Sánchez Vázquez plantea con este asunto de la utopía? Hay que señalar que el tema ya lo trató en los años 80 en su libro Del socialismo científico al socialismo utópico. Ahora lo que subraya es que dada la situación de escepticismo radical a consecuencia del derrumbe del “socialismo real”, lo que habría que hacer es recuperar la idea de utopía como un ideal necesario para resistir a la ola neoliberal. Y esto se debe principalmente al hecho de estar ante una situación paradójica. Justamente en el momento en que se abandona y se desacredita el socialismo es cuanto hace más falta: “la utopía no puede tener fin mientras la realidad presente engendre inconformidad, crítica, y a su vez, la aspiración a otra vida mejor.”[10] Desde el punto de vista filosófico-histórico, la utopía es lo que hace imposible cerrar la distancia entre lo real y lo ideal. Lo opuesto a la utopía es la ideología que justifica el fin de la historia.

Algunos años después de su debate con Octavio Paz, Sánchez Vázquez impartió en el posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM un seminario sobre las explicaciones del derrumbe socialista. El eje de discusión en este seminario fue el libro compilado por Robin Blackburn[11] . Según esas explicaciones, las causas fueron principalmente de índole económica, como la ineficiencia administrativa o el bajo desarrollo industrial; no poder generar su propia tecnología o caer en el exceso de planificación. Estos fracasos económicos repercutieron en una serie de fracasos políticos como la negación de la democracia, los derechos individuales y de asociación. Aunque estas explicaciones aciertan parcialmente, sin embargo desde la visión de Sánchez Vázquez, repiten la misma cantaleta de los participantes en el encuentro de la revista Vuelta: 1) que la democracia es opuesta al socialismo; 2) que la responsabilidad del fracaso del “socialismo real” se debe al mismo Marx; 3) que el anarquismo tenía razón en criticar el “estatismo” marxista; 4) que hay incompatibilidad entre el mercado y el socialismo; 5) que todo reside en la idea de partido (según el modelo de Lenin) que deriva en totalitarismo.

   Durante el seminario, Sánchez Vázquez trató de dar respuesta a cada uno de estos puntos:

1) En el primer caso argumentó que no hay tal oposición por lo menos en el pensamiento de Marx. En varios libros de este autor (por ejemplo La guerra civil en Francia) se considera que la democracia es consustancial al socialismo. La crítica de Marx a la democracia burguesa es a sus limitaciones formales. En una nueva sociedad se trata de profundizar y hacer efectivos los principios de representación. Tan es así que en el socialismo hay que practicar el principio de la revocabilidad de los elegidos. De otra manera los dirigentes se vuelven corruptos.

2) El tema de la responsabilidad de Marx . Esto se ha vuelto un dogma porque es más difícil de rebatir. Casi todos los desencantados del marxismo se remiten a esta idea de que la culpa del fracaso del “socialismo real” reside en el pensamiento de Marx, igual que las deficiencias del cristianismo derivarían de Cristo. Esto es lo mismo que responsabilizar a Nietzsche y a Heidegger por el nazismo. En el caso de Marx se lo responsabiliza del Gulag. Se trata de una moda intelectual que atribuye un estalinismo genérico a la mala fe original de Marx, lo que resulta tan absurdo como atribuir a la filosofía de la Ilustración nada menos que el uso de la guillotina. Según Sánchez Vázquez esta es una moda y un debate estéril no sólo porque se parte de una premisa falsa (como si lo ideal determinaría lo real, a la manera del pensamiento hegeliano) sino también porque lo que sucedió históricamente después no se relaciona necesariamente con lo anterior. No se trata de limpiar a Marx de toda responsabilidad ni de plantear un distanciamiento de Marx con las políticas marxistas. El fracaso del “socialismo real” se debe a causas históricas (no conceptuales) como el deficiente proceso de modernización y el bajo desarrollo industrial ¿cómo alcanzar el socialismo sin una sólida base económica? El fracaso es de una modernidad histórica, no de una idea previa.

3) En cuanto a la relación del anarquismo con Marx no es verdad que el estatismo sea sinónimo de marxismo.   De ahí la falla de Bukunin que no acertó en su crítica a Marx. Tampoco aciertan los ex marxistas y anarquistas de hoy que explican el fracaso del socialismo real como una derrota de un supuesto absolutismo o totalitarismo del Estado. Lo que se descarta con esta crítica es no solo el socialismo histórico sino todo tipo de socialismo por estar en oposición al modelo liberal, es decir, lo que se descalifica de manera nihilista es cualquier alternativa a la sociedad capitalista.

4) La incompatibilidad entre mercado y socialismo. Esta crítica se fundamenta en el hecho no comprobado de que ninguna sociedad puede existir sin propiedad privada ni mercado. En la medida en que el socialismo (de la ex URSS) intentó convertir la propiedad privada en propiedad estatal habría habido una parálisis de las leyes del mercado. Esto es falso porque en ninguna economía socialista se intentó liquidar el mercado, lo cual es imposible. Lo único que pudo haber es una serie de medidas para introducir equilibrios. De ahí la planificación o los intentos de regulación de la crisis. Resulta obvio por tanto criticar al socialismo como una economía ineficiente. Hay una ironía porque en e los años de 1929 cuando en Estados Unidos hay una crisis profunda, esto no sucedía en la URSS.[12]   Y es que en efecto, resulta poco convincente argumentar que el socialismo se opone al mercado porque su objetivo es el crecimiento ilimitado de la economía. En realidad es más el capitalismo quien lo hace y por eso el socialismo intentó controlar de alguna forma. Ningún desarrollo sostenible puede operar a través del mercado, sino que debe operar en oposición. Esto no significa intentar eliminarlo. Sánchez Vázquez nos remite a Eric Hobsbawn cuando señala que lo que ha ocurrido históricamente es lo contrario, justamente lo que ha permitido el desarrollo de economías estables y florecientes es la mezcla entre lo público y privado. Lo que ha fracasado es el modelo exclusivamente privado como el modelo de Margaret Thatcher. Por tal razón no se puede festejar el triunfo del capitalismo: “el mismo Keynes no ocultó que su intención fue salvar el capitalismo liberal.”[13]

5) La idea del partido como núcleo del totalitarismo es otra idea errónea. En sus orígenes la idea del partido al menos en su concepción leninista tenía como objetivo la organización de la clase obrera para la toma del poder. Sin partidos ello era imposible. No se trataba entonces como señalan los críticos que su objetivo era convertirse en órgano de control y ni siquiera de organizar la producción: “El objeto buscado no era principalmente una forma particular de organizar la producción, la distribución y el intercambio sino una petición de justicia social. Los partidos socialistas prestaban poca atención a lo que iban a hacer cuando asumieran el poder.[14]

El libro se puede adquirir en Itaca Editorial

 

[1] Este encuentro fue organizado por la revista Vuelta de Octavio Paz, bajo el título “El siglo XX: La experiencia de la libertad” en las instalaciones de TELEVISA en México DF. Del 27 de agosto al 2 de septiembre de 1990. Participaron Leszek Kolakovski, Agnes Heller, Jorge Semprún, Daniel Bell, Cornelius Castoriadis, Ferenc Fehér entre muchos otros.

[2] Bolívar Echeverría, “Adolfo Sánchez Vázquez y el otro marxismo”, en Ambrosio Velasco (coordinador) Vida y obra. Homenaje a Adolfo Sánchez Vázquez, UNAM, 2009. p.264.

[3] Adolfo Sánchez Vázquez, Dos intervenciones en el Encuentro Internacional de la revista Vuelta”, en El valor del socialismo, Itaca, México, 2000, p. 125.

[4] Ibid. p. 127.

[5] p.127.

[6] De Agnes Heller se puede citar El péndulo de la modernidad. Una lectura de la era moderna después de la caída del comunismo, Península, Barcelona, 1994; De Jorge Semprún Pensar en Europa, op.cit., donde señala que “la experiencia histórica no ha demostrado que no ha habido ni habrá crisis final del sistema mercantil-capitalista”. p. 214

[7] Marxismo y praxis” en A tiempo y destiempo, op.cit.p.421.

[8] Ibid. p.427.

[9] Javier Muguerza, “Adolfo Sánchez Vázquez y el pensamiento utópico” en Ambrosio Velasco (coordinador) Vida y obra… op.cit. p. 289.

[10] Adolfo Sánchez Vázquez,”La utopía del ´fin de la utopía´ en Entre la realidad y la utopía, op.cit.p.307

[11] Robin Blackburn (ed.) Después de la caída, Crítica, Barcelona, 1993.

[12] Eric Hobsbawn, “ Fuera de las cenizas” en Robin Blackburn (ed.) Después de la caída, op.cit.p.327.

[13] Eric Hobsbawn, “Adios a todo eso” en Robin Blackburn, op.cit. p.130.

[14] Hobsbawn, “Fuera de las cenizas” op.cit.p. 326.

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