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“Ese crimen llamado arte”: Eduardo Grüner

gruner3 ¿Existe –puede existir– una auténtica teoría marxista del arte? La pregunta puede sonar anacrónica o estúpida. Anacrónica, para quienes creen que el marxismo ya pertenece a la congelada y escolástica “Historia de las Ideas”, y nada tiene que decirnos para hoy o para mañana. Estúpida, para ciertos marxistas “ortodoxos” (que todavía los hay) que, coincidiendo extrañamente con la derecha postmoderna, cree que el marxismo sólo debería ocuparse de la marcha de la lucha de clases en el mundo, y no perder su tiempo en especulaciones etéreas de la “superestructura”. No vamos a entrar aquí en una discusión interminable sobre el concepto mismo de “superestructura”: lo consideramos un tópico ocioso y ampliamente superado. En cuanto a que el arte –la praxis estética en general– tenga o no que ver con la “lucha de clases” (una noción más fácil de invocar que de definir), es un debate complejísimo que pone en juego la relación del arte con la ideología y el carácter de la autonomía relativa –para retomar esa clásica categoría althusseriana– tanto del arte como de la ideología con respecto a las relaciones de producción y al nivel jurídico–político de las formaciones sociales del modo de producción capitalista.

Insistimos: del modo de producción capitalista, pues es sólo en el contexto y bajo las condiciones y sobredeterminaciones de dicho modo de producción que puede siquiera plantearse el problema de la autonomía del arte: antes del Renacimiento –y, si nos ponemos rigurosos, antes del siglo XVIII– es inimaginable un arte verdaderamente autónomo, desligado de lo que Walter Benjamin llamaría su carácter cultual y para– religioso: hay que recordar que recién a mediados del siglo XVIII es consagrada (por iniciativa de Baumgarten profundizada luego por Kant en la Crítica del Juicio ) la separación de lo “bello” y lo “Bueno”, y la existencia misma de una disciplina separada bajo el nombre de Estética. Pero, por supuesto, esta separación nunca podía ser aceptada por Marx ni por los marxistas, en tanto implica una desconexión fetichizada entre lo “sublime” estético y la “estructura” económica y social, y por lo tanto una deshistorización y/o desmaterialización de la práctica del arte. No obstante, ello no significa –ni significó nunca para ningún marxista serio, una vez superadas las ingenuidades de una “reflexología” más o menos pavloviana, o la imbécil oposición entre un arte “burgués” y un arte “proletario” que condujo a la teoría mediocre y conservadora del “realismo socialista”– el descuido de la atención prestada a la especificidad de esa práctica, y a las dificultades de una concepción determinista– historicista del arte. Y fue, para empezar, el propio Marx el que –con su habitual honestidad intelectual y política– confesó su perplejidad ante el hecho de que, por ejemplo, un género literario como la tragedia griega, concebido en una sociedad y una época histórica tan radicalmente diferentes al pujante capitalismo del siglo XIX, lograra conmovernos hoy (aunque sin duda por diferentes razones) a nosotros tanto como a los habitantes de la polis ateniense del siglo V A. C.

Aclarado esto harto esquemáticamente, es necesario consignar otro hecho en apariencia paradójico: mucho del mejor esfuerzo intelectual de los grandes teóricos marxistas del siglo XX está consagrado al pensamiento sobre el arte y la estética. Piénsese sólo en nombres como los de Lukács, Bloch, los principales miembros de la Escuela de Frankfurt, Sartre, Althusser, Della Volpe, o más cerca en el tiempo, Macherey, Eagleton, Jameson, Callinicos y tantos otros. Tal vez tenga una parte de razón Perry Anderson cuando cree ver en esta inclinación un cierto retroceso del pensamiento marxista hacia la “superestructura” filosófico–cultural, en detrimento de la economía y la política. Pero, en primer lugar, ello no alcanza para explicar el inusitado interés que demostraron por las cuestiones estético–culturales dirigentes revolucionarios “prácticos” como Gramsci o Trotsky. Y, lo que es más importante, es una visión parcial que no toma en cuenta, precisamente, el enriquecimiento y la complejización de la noción misma de “superestructura” a lo largo de un siglo en el cual el capitalismo sufre profundísimas modificaciones, la menor de las cuales no es el crecimiento y (al decir de Adorno) la progresiva dominación de la Industria Cultural, ya no como una industria productora de mercancías más, sino como una instancia decisiva de la interpelación ideológica, los efectos de “reconocimiento” y la subjetivación de la hegemonía burguesa. No puede ser de manera alguna un dato azarozo que toda la filosofía del siglo XX gire, de una u otra manera, alrededor de los problemas vinculados al arte, la literatura y el lenguaje, así como no puede ser azarozo que el propio arte haya sufrido transformaciones radicales entre fines del siglo XIX y principios del XX, en coincidencia  cronológica con los grandes movimientos revolucionarios mundiales (y basta mencionar, como síntoma, que los nuevos movimientos estéticos se identificaran como vanguardias, un término de obvias connotaciones político–militares). El famoso “giro lingüístico” que en las últimas dos décadas ha llenado tantos tomos de manuales postestructuralistas, postmodernos y etcétera, fue para los pensadores y críticos marxistas un tempranísimo descubrimiento: no hay más que recordar que ya en la década del 20 (en plena contemporaneidad de Saussure, Pierce o Wittgenstein) Gramsci, Bakhtin o los formalistas rusos llamaban la atención sobre la importancia del lenguaje ya no como “superestructura”, sino como campo de batalla simbólico –pero no por ello menos “material”– de la propia lucha de clases.

Pero, por supuesto, el siglo XX es también el siglo del psicoanálisis. Tampoco vamos a entrar aquí en la bizantina discusión sobre los equívocos y malentendidos que siempre atravesaron la relación (cuando la hubo) entre marxismo y psicoanálisis. Limitémonos a enunciar una convicción que, por falta de espacio, no puede sino aparecer como una quizá autoritaria admonición: un marxismo verdaderamente complejo, intelectualmente rico y adecuadamente “moderno” no puede darse el lujo de ignorar esa otra única teoría que comparte con el marxismo un criterio central que diferencia a ambas de cualquier otra filosofía o teoría de la cultura “burguesas”: el criterio de la praxis : transformar el mundo o transformar al sujeto, no en lugar de “interpretarlos”, sino para mejor “interpretarlos” y así contribuir a su transformación. El psicoanálisis también ha tenido mucho que decir sobre el arte. Mucho y bueno, una vez superados a su vez los reduccionismos y mecanicismos que también tuvo que dejar atrás el marxismo. Y es porque ambos, en sus mejores momentos, supieron ver también en el arte, en la práctica estética, una homología estructural con la praxis en sentido amplio, aunque desprovista de las ilusiones “vanguardistas” de que desde el arte pudiera “cambiarse la Vida”, como pretendía Rimbaud. Es de esto que quisiéramos ocuparnos en el resto de este ensayo.

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Fuente: Razón y Revolución

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