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“Las revoluciones las hacen millones de personas que aspiran a llegar a fin de mes”: Entrevista a Joan Tafalla

Desde la perspectiva que conceden más de cuatro décadas de militancia comunista, el maestro de enseñanza primaria y miembro de la asociación Espai Marx, Joan Tafalla, comparte sus experiencias en la siguiente “entrevista-río”. Se posiciona respecto al euro; explica la posición subalterna y dependiente de la economía española (desde hace décadas); reflexiona sobre la idea de “austeridad”; sobre el braudeliano “largo plazo” en la teoría y en la praxis; ahonda en los proyectos “paneuropeos” de la Alemania Nazi; en la vigencia de los estados-nacionales; en la “ilusión” de una imposible vuelta al keynesianismo, pero también en el potencial transformador de una “democracia de la vida cotidiana”. En un cuestionario de ancho horizonte, tampoco evita responder a la siempre alambicada relación entre izquierda política y movimientos sociales.

Al final de la larga reflexión, concluye que las revoluciones las hacen, en coyunturas muy precisas, “decenas de millones de personas cuya aspiración es simplemente llegar a fin de mes, es decir, tener pan, techo y trabajo”. Por otro lado, Joan Tafalla es autor de “Un cura jacobino: Jacques-Michel Coupé” y coautor, con Irene Castells, de “Atlas Histórico de la Revolución Francesa”. Ha coeditado asimismo con Josep Bel y Pep Valenzuela “Miradas sobre la precariedad”, y ya en 2013, “La izquierda como problema” junto a Joaquín Miras.

-Has titulado una de tus ponencias “¿Queremos crear empleo? Salgamos del euro y de la Unión Europea”. ¿Cuándo empieza la posición dependiente y periférica de la economía española? ¿Y el paro estructural?

Sí, presenté esta ponencia el pasado 23 de enero en Las Palmas de Gran Canaria por invitación de mis amigos de Canarias por la Izquierda (http://www.espaimarx.net/espai_marx/documentos/articulos/8716/ficheros/Salir_del_Euro_las_palmas_def.pdf). Naturalmente, el título era deliberadamente provocativo. La creación de empleo estable y de calidad no sería un efecto mecánico e inmediato de la salida de España de la UE y de la zona euro. No sólo hay que salir del euro, si no ejecutar un programa muy ambicioso de transformaciones económicas y sociales.

La creación de una moneda propia debería venir acompañada de la suspensión inmediata del pago de la deuda, de la recuperación y reforzamiento del papel del banco de España, de la nacionalización, por lo menos, de la banca rescatada con fondos públicos, de una política industrial acorde con la situación de España en el contexto internacional y con las necesidades del medio ambiente, como han señalado Pedro Montes y Ramón Franquesa. También necesitaría, como señalan Joaquín Arriola y Luciano Vasapollo de un contexto internacional favorable: la alianza con los otros países PIGS (Portugal, Italia, y Grecia), avanzando en la creación de un área de cooperación económica y de una unidad monetaria de cambio. Un conjunto de medidas que precisarían de una gigantesca y permanente movilización social, y de un gobierno de izquierdas, consecuente, decidido a afrontar las transformaciones sociales profundas que el país necesita para salir del abismo social en el que la ha colocado un régimen sumiso a los diktats del sistema euro. Decidido a enfrentarse con los grandes poderes fácticos que, en la medida de que ese gobierno de izquierda consecuente pinche en hueso intentarán derribarlo: poderes internos y poderes imperialistas europeos (básicamente, el alemán) y de los USA. Y te aseguro que estos poderes no son en absoluto “líquidos”.

La industrialización de España durante los años 60-70 del siglo pasado tuvo un carácter dependiente y periférico. España era uno de los territorios europeos periféricos donde se deslocalizaban industrias de los países europeos centrales (también de los USA, pero en menor proporción) en búsqueda de bajos salarios, pocos o nulos derechos sociales y la estabilidad política que proporcionan las dictaduras. Franco garantizaba el orden público del que el capital no disfrutaba en los países centrales. Recordemos las grandes luchas sociales europeas de los años 65-75. Modificando su política de importación mano de obra barata española hacia los países-centro, el capital europeo deslocalizaba sus industrias a España. Era la Nueva División Internacional del Trabajo. Ese fenómeno produjo una intensa y caótica urbanización de España y el cambio de la estructura productiva.

España vivió una industrialización de carácter dependiente en el sector automovilístico y en el petro-químico. Las grandes empresas alemanas, francesas e italianas, deslocalizaban las plantas de ensamblaje de sus coches a España. La propiedad extranjera del 45,2 % del capital social en ese sector lo muestra a las claras. Una parte importante del capital social era extranjero en sectores como: piezas del automóvil (industria complementaria del automóvil, 62,9% del capital social), industria alimentaria (27 %), caucho y plástico (75,3 %), minería no energética (19,9%), metalurgia no férrea (27,9 %), vidrio (57,7%), minerales no metálicos (24,9%), química básica e industrial (37,7 %), química final (67,3%), productos farmacéuticos ( 56,5 %), maquinaria agrícola (79,1%), maquinaria industrial y oficinas (29,8%), maquinaria y material eléctrico (56,4%), material electrónico (68,3%). (Datos extraídos de: Mikel Buesa y José Molero, Estructura industrial de España, PCE, 1988) Una estructura como esa mostraba y muestra el carácter dependiente y frágil de nuestro empleo: nuestra clase obrera competía en el mercado internacional de la fuerza de trabajo, ofreciéndose a los empleadores a un precio más bajo en salario contante y diferido, al tiempo que estaba permanentemente sometida al chantaje de la deslocalización, que empezó rápidamente, a mediados de los años 80.

La Entrada en el Mercado Común significó la consolidación definitiva de esa característica de país periférico con industrialización dependiente. Las condiciones del Tratado de Adhesión fueron lesivas para cualquier proyecto de desarrollo autónomo y auto-sostenido para los pueblos que forman el Estado español. La agricultura, la ganadería y los sectores pesquero, ganadero, siderometalúrgico, alimentario, textil, papelero, automovilístico, editorial, químico, petroquímico, de las telecomunicaciones, entre otros se vieron inundados por las inversiones europeas, por las absorciones y las compras de empresas. En algunos casos estas compras de empresas consistieron simplemente, en la compra de la cuota de mercado correspondiente y el cierre puro y simple de la empresa. Es el caso de los Altos Hornos del Mediterráneo (Sagunto), o del sector de las pastas alimentarias. Sólo la banca estaba preparada para su integración y para sobrevivir en el Mercado Único bancario de la Comunidad.

El carácter periférico y dependiente del capitalismo español se ha venido acentuando durante estos 28 años de pertenencia a la Unión Europea. Este proceso, al margen de las consecuencias generales para el modelo de desarrollo del estado español, ha tenido gravísimas consecuencias para los derechos sociales del pueblo trabajador. La historia del brutal abaratamiento de los costes laborales se ha escrito a través de 34 reformas laborales desde que se proclamó el estatuto de los trabajadores hasta la última reforma del PP. Los empresarios continúan aullando exigiendo consumir más carne humana a precio más barato. Si miramos al ejército de reserva de fuerza de trabajo, las cifras del paro son y permanecen las más elevadas de toda Europa desde los inicios de la transición. El ingreso en la UE no solo no corrigió, si no que consolidó y acentuó esta situación.

Es cierto que, entre los años 2001 a 2009, al calor de la burbuja inmobiliaria se experimentó una caída de la tasa de paro hasta el entorno del 10%. ¡Se consideran años felices aquellos en que el paro rondaba el 10 %! Tras la explosión de la burbuja y el consiguiente hundimiento del sector de la construcción (que arrastró en su caída a todo un conjunto de sectores complementarios de ese sector: sector inmobiliario, re-estructuración y despidos en la banca, industrias auxiliares de la construcción) la tasa de paro volvió a cotas anteriores e incluso las superó.

De esos años de vino y rosas nos quedan los pisos vacíos, las promociones a medio construir, toda una generación perdida de jóvenes que abandonaron la formación para integrarse en la construcción y que ahora se encuentran en paro y sin formación. Y la deuda. Una deuda que fue nacionalizada, que pasó de pública a privada gracias a los gobiernos del PSOE y del PP y de sus satélites nacionalistas catalanes y vascos. Una deuda con los bancos de los países centrales de la UE, básicamente alemanes y franceses, cosa que acentúa el carácter dependiente de la misma. Una financiación ha dejado tras si una deuda de la que somos esclavos. Una deuda inmoral, una deuda impagable, una deuda que ha originado un cambio en la Constitución que supone de facto la ruptura de cualquier pacto constitucional en torno al bienestar social, a la escuela o a la sanidad. Lo afirma uno que no cree que el llamado pacto constitucional del 78 pasase de ser un trágala.

Todo ello ha dejado también una terrible herida en el territorio: la construcción desmedida y la urbanización especulativa y depredadora del medio ambiente. La construcción, cuyo único futuro reside en la reparación y rehabilitación del parque de viviendas existentes se dedicó a completar la urbanización salvaje del territorio, la construcción de infraestructuras megalómanas, habitualmente de un gusto horrible, inútiles y, además construidas con enormes deficiencias que harán de su mantenimiento un enorme hipoteca para las generaciones futuras.

Volvamos al carácter estructural de la cifras del paro en España. Si echamos una mirada a la serie de la Encuesta sobre Población Activa (EPA) podemos verificar ese carácter estructural. En el periodo 1986-2013 (28 años) solo durante 4 años (2005, 2006, 2007 y 2008, correspondientes a la burbuja inmobiliaria) la tasa de paro permaneció por debajo del 10%. Durante 15 años permaneció entre el 15 y el 20 % ( 1988, 1989, 1990, 1991, 1992, 1997, 1998, 1999, 2000, 2001, 2002, 2003, 2004, 2009 y 2010) y 9 años estuvo en el 20 % o más (1986, 1987,1993, 1994, 1995, 1996, 2011, 2012, 2013). No se trata de una depresión coyuntural. Se trata de paro estructural. Se trata de una característica no de una excepción. Doy las cifras y las estadísticas probatorias de ese carácter estructural en mi ponencia de Gran Canaria que citaba al inicio (Datos extraídos de la EPA).

Si observamos el paro juvenil las cifras no pueden ser más dramáticas. Desde 1986 hasta hoy no ha habido ningún año en que la tasa de desempleo juvenil fuera menor del 10 %. La mayor parte de los años esta tasa ha sido superior al 30 y al 40 %, hasta escalar la escandalosa cifra del 60 % entre los años 2009 y 2013. La frase: en España no hay futuro, es una realidad para más de la mitad de los jóvenes españoles, desde hace más de tres décadas. Si fuéramos serios y coherentes diríamos que no hay futuro para el conjunto de la sociedad.

Así, el paro es estructural en España. No, desde el inicio de la crisis inmobiliaria, como piensan algunos, si no desde la entrada de España en la UE y, aún desde antes.

El carácter dependiente de la economía española se ha acentuado con la creación del euro que no ha sido otra cosa que la creación de un mecanismo más al servicio del neo- mercantilismo alemán. Dentro de la UE, los diversos destacamentos nacionales de la clase obrera europea se encuentran sometidos a una permanente subasta a la baja del salario y de sus condiciones de trabajo. La Nueva División Internacional del Trabajo, decidida por las grandes empresas multinacionales de los países europeos centrales, es un dogal de hierro imposible de romper dentro la UE. Para crear empleo en una economía sostenible es condición necesaria salir de la jaula de la Unión Europea.

-Defiendes la ruptura de la moneda única. ¿Por qué piensas que muchos economistas críticos/de izquierda (no ya formaciones políticas o sindicales) no llegan al punto de apoyar esta iniciativa y priorizan, por ejemplo, asuntos como la deuda?

Por desgracia, la propuesta de salida del euro y de la UE es minoritaria, absolutamente minoritaria en la izquierda política y sindical. Ello es debido a que ni la vieja ni las nuevas expresiones de la izquierda se deciden a romper con el consenso fundador de la transición de 1978. Dicho consenso fundador de la transición tenía como base un europeismo ingenuo que consideraba que el ingreso en lo que entonces, con sinceridad y transparencia, se llamaba aún Mercado Común conllevaría la modernización de la estructura productiva del país, y la mejora de nuestras condiciones de vida. Como se sabe, al Tratado de Adhesión de España entró en vigor el 1 de enero de 1986. El gran consenso existente en aquellos momentos condenaba al oprobio y al asilo de deficientes mentales no solo a quien criticara el propio ingreso en el Mercado Común, (como hacíamos una pequeña y aislada tribu de indomables íberos), si no también a quien sometía a crítica las condiciones concretas del Tratado de Adhesión.

Ese consenso, a pesar de sus consecuencias criminales para nuestra clase obrera, para el conjunto del pueblo trabajador y en fin para el futuro del país, aún no ha sido roto. El consenso europeísta ingenuo continúa siendo mayoritario no sólo en la vieja izquierda oficial (IU, EUiA, ICV) si no también en la nueva izquierda. Pienso que la ambigüedad de las nuevas expresiones políticas como Procés Constituent en Catalunya o Podemos se debe a la prioridad que dan a superar los dilemas clásicos izquierda/ derecha por el dilema arriba/abajo, o por las prisas que tienen para sustituir en las instituciones a la vieja generación por una generación ascendente.

Si fueran consecuentes quizás debieran ir más allá de la crítica, que ya hacen, del carácter oligárquico de la UE. Si su aspiración a recuperar la soberanía popular fuera consecuente debiera llevarles a reclamar la única posibilidad de vuelta a dicha soberanía: la salida de la UE o, por lo menos, del euro. Como en Portugal hace el Partido Comunista Portugués, por poner un ejemplo cercano y fraternal. Pero de momento, ni la vieja ni la nueva izquierda española se decide a dar el paso.

El consenso imperante en torno a los dogmas del europeismo es un consenso existente entre las élites políticas y económicas. No tanto del pueblo: según Euroestat de abril 2014, un 37 % de la población española considera que la culpa de su situación económica es debida a las políticas dictadas por la UE. Los resultados de las elecciones europeas nos hacen llegar a esa misma conclusión: los pueblos de Europa se sienten agredidos por esas políticas y muestran su creciente rechazo a las mismas. Sin embargo, no encuentran representación política para esta certeza en las fuerzas que se llaman de izquierdas. Lo que representa un peligro evidente. Eso me parece evidente en el caso de Francia y de Italia.

Este despego de las élites con respecto a la masa popular es fenómeno viejo, diríamos que clásico. Los mecanismos de cooptación política en lo que Manolo Monereo llama el “sistema euro” son poderosos. Incluyen el cielo para los sumisos y la descalificación radical y el infierno para aquellos que se atreven a denunciarlo. En ese sistema es difícil, muy difícil mantener la independencia política, la autonomía del proyecto. Por eso me parece saludable y gratificador que el Frente Cívico Somos Mayoría afirme como lo hizo recientemente en Valencia que hay que salir del euro, aunque no haya aún aclarado su posición colectiva con respecto a la salida de la UE. También me resulta saludable y gratificante que las Candidaturas de Unidad Popular se hayan manifestado por la salida de una Catalunya independiente de la Unión Europea.

Resulta más difícil de entender que tanto Izquierda Unida, como Podemos y en Catalunya el Procés Constituent mantengan la insistencia no solo en no salir de la UE si no simplemente, en no salir de la eurozona. Existen países como Inglaterra, Suecia o Dinamarca que, estando en la UE, mantienen su soberanía monetaria. No les va tan mal. Si tenemos de hacer caso al corresponsal de La Vanguardia, los finlandeses parecen envidiar a sus vecinos suecos y daneses que decidieron en su momento no ingresar en el euro, como hicieron ellos.

Quizás me equivoque, pero pienso que esta ambigüedad de IU, de Podemos, de ERC, de Bildu y de las nuevas expresiones de la izquierda como Procés Constituent obedece a que no ponen el problema del paro estructural o del futuro modelo de desarrollo (ojo, no digo crecimiento) en el centro de sus preocupaciones reales. En el caso de ERC la cosa es además demencial: se sostiene que la creación de un estado catalán dentro de la UE resolverá todos los problemas, puesto que el problema de los 600.000 parados catalanes, parece consistir en la España “subsidiada” que asfixia a la Catalunya “productiva”.

La mayor parte del movimiento soberanista catalán reclama un estado catalán en la UE. Niego la mayor: no hay soberanía nacional dentro de la UE. El sueño de un estado catalán dentro de la UE es un sueño de clases medias empobrecidas por las políticas de la UE, que pretenden librarse de la su situación de una manera totalmente utópica: creen que Catalunya puede ser una especie de protectorado de Alemania o, mejor dicho, de Baviera. Pero los protectorados recientemente incorporados al dominio alemán ja saben lo que éste les depara: los planes de austeridad de Croacia o de Ucrania. El secuestro de la democracia, de la soberanía nacional proviene hoy, básicamente de la UE, no tanto del decadente estado español. Los soberanistas catalanes yerran en tiro. La soberanía nacional, la democracia la debemos recuperar los catalanes, de la mano del resto de los pueblos ibéricos y del resto de los pueblos mediterráneos.

Otra de las características de toda izquierda actual en España (la vieja y la joven) consiste en un pensamiento político basado en los tiempos cortos de calendarios electorales nacionales o regionales. Se huye como el diablo del agua bendita de los análisis de longue durée y de ámbitos geográficos más amplios.

En los últimos años como respuesta local al burocratismo de las organizaciones han surgido candidaturas de izquierdas de carácter municipalista, algunas tienen más de 20 años de vida. En ese ámbito la actuación local está asegurada. Una actuación democrática, asamblearia, ligada a los movimientos sociales, una actuación, por tanto, renovadora y refrescante. Pero eso no asegura la segunda pata del famoso aforismo: el pensamiento global. En ese marco, los problemas de la economía suelen ser afrontados con medidas locales y parciales como los bancos de tiempo, las monedas locales y las cestas de compra ecológicas que, aún siendo elementos educativos importantes no proporcionan soluciones globales.

-¿Puede afirmarse, sin temor a simplificaciones, que la Alemania Nazi proyectaba un espacio único europeo (similar a la actual UE) con una moneda única para consolidar su hegemonía? ¿Piensas que ha consumado con el euro esa vieja utopía?

Sí se puede afirmar porque es rigurosamente cierto. Claro que de cualquier verdad histórica se pueden sacar conclusiones erróneas y simplificaciones. Alemania no es el único agente actuante en la geopolítica europea en lo últimos 143 años. Concurren otros actores cuya importancia no se puede disminuir: Francia, Inglaterra, los USA a partir de 1917 y hasta hoy, la Rusia zarista hasta 1917, la URSS hasta 1989 y la Federación Rusa en la actualidad. Actores que actúan a veces como aliados, a veces como adversarios y a veces como enemigos acérrimos entre los que estallan guerras o se producen alianzas y pactos más o menos coyunturales. El resultado es siempre complejo, articulado, la dinámica es siempre complicada, contradictoria. Las hegemonías no son nunca por decirlo de alguna manera, totales, absolutas. Todas estas precauciones analíticas no niegan que en los últimos 20 años Alemania ha hecho crecer de manera progresiva su rol dominante en la geopolítica europea y que, dentro de la UE ese país es, actualmente, la potencia hegemónica.

Antes de avanzar más quizás sea preciso advertir sobre el uso reductivo del concepto de hegemonía. Hegemonía quiere decir capacidad de dirección política de un proceso, estrechamente ligada a la capacidad de coerción (que no es estrictamente militar, puede ser económica, cultural, política…) y la capacidad para hacer concesiones a los sectores subalternos. Se trata de elementos que se combinan en cantidades variables según la evolución de la lucha de clases. En resumen, hegemonía significa que el liderazgo precisa de la fuerza pero de algo más: las alianzas, es decir los pactos con los subalternos. Pactos que dependen de la correlación de fuerzas de cada momento y del intercambio de concesiones: a cambio de ceder mi autonomía en parte o totalmente, tu me concedes tal a tal ventaja que para mi, incapaz de disputar contigo por la hegemonía, constituye un objetivo importante.

Hay que decir que también existe una jerarquía entre los subalternos. Los hay más cercanos al hegemon, los hay que son subalternos entre los subalternos. Pero esto no es nuevo en el análisis del imperialismo y de las relaciones clásicas entre los países centro y los países periféricos, así como en las relaciones de dependencia económica, política y social entre los países periféricos y países-centro. Sólo se trataba de refrescar brevemente cosas sabidas por todos y olvidadas por muchos en estos tiempos de cháchara post-moderna.

Por tanto al afirmar el rol hegemónico de Alemania en el espacio europeo actual no se afirma que su poder se ejerza sin contestación de ningún tipo como podía parecer durante el año 1941-42. Entre otras cosas por que incluso en la cima del poder nazi sobre Europa, los pueblos europeos y otras potencias exteriores ejercieron una ruda oposición a ese dominio. También por que en esos momentos, ese poder era un poder ejercido mediante la fuerza militar, pero también en alianza con dictaduras de carácter más o menos fascista, con las que se establecían unos pactos de cooperación no sólo militar y política si no también y no de forma menor, económica. Que en esos pactos el imperialismo alemán fuera el factor determinante no nos exime de estudiar su complejidad. Una complejidad que debe extenderse al estudio de las dinámicas políticas internas del régimen nazi. El concepto filosófico de totalitarismo no nos ayuda a entender el carácter poliárquico de ese régimen. Un carácter poliárquico que en nuestro país ha estudiado bien Ferran Gallego (De Múnich a Auschwitz).

Estamos ante la larga vida de una idea que busca ordenar un espacio geográfico. Una idea que se concibe, que se despliega, que se convierte en un ethos, en una cultura que llega a ser estado, y que trata de imponerse en, por lo menos tres ocasiones en ese espacio llamado Europa a lo largo de un siglo y medio. Naturalmente esta idea no es algo etéreo, irreal, un utópico ensueño romántico que flota en el aire si no que es una fuerza tremendamente material que articulando y organizando a fuerzas políticas, económicas y sociales, que adquiriendo territorios, logra organizar el mundo que la rodea, adquiere la violencia y el poder que sólo pueden ejercer los estados y los acuerdos entre los estados. Es una idea que nace, que se desarrolla, evoluciona, cambia y se adapta a través de las diversas etapas históricas en las que ha operado.

Hace cuatro décadas, Alianza editorial nos obsequió con la traducción y la edición de unas conversaciones entre tres sociólogos alemanes y el filósofo húngaro Georg Luckács (Conversaciones con Luckács, Alianza editorial, 1971). Estas observaciones del Luckács maduro se revelan, cuarenta años después de haber sido pronunciadas, muy potentes y esclarecedoras, tanto por su reivindicación de una ontología marxista como por sus análisis del capitalismo contemporáneo y por su capacidad de dar cuenta de procesos históricos de larga duración.

Hace unos meses, discutiendo con Joaquín Miras sobre la cuestión del dominio alemán sobre el espacio europeo (como es sabido hemos escrito algo eso en nuestro librito común: La izquierda como problema, El Viejo Topo 2013) me recordó unas páginas de estas conversaciones que resultan realmente iluminadoras. Explican la naturaleza especial de la formación de la nación alemana: “En Alemania se produjo una evolución en la cual el pueblo alemán no fue capaz de reunirse por sus propias fuerzas para formar una nación, una nación moderna… ello podía haber sido modificado eventualmente por una revolución interior, pero en la Alemania de entonces no se daban las condiciones externas e internas que hubieran sido necesarias… esta dualidad se prosigue hasta la fracasada revolución de 1848… El imperio forjado por Bismarck era, en rigor, la Unión Aduanera prusiana. Bismarck agrupó en un Estado no al pueblo alemán, sino a la Unión Aduanera prusiana…” (pp. 66-68).

Este brillante análisis de Luckács está lejos de ser una generalización apresurada. Resume una reflexión filosófica y política basada en un conocimiento detallado hasta la erudición de la historia alemana. Es decir que la unidad alemana es totalmente diferente a la forma en que se crea, por ejemplo, la nación francesa mediante una revolución democrática. En Alemania, la tardía unificación nacional se produce desde arriba, agrupando en torno a una región desarrollada y hegemónica política, económica y militarmente hablando, a una serie de territorios de lengua y de cultura académica común, aunque con una variedad inmensa de hablas y de culturas materiales de vida. Recordemos entre otros elementos las dos culturas religiosas diferentes, la multiplicidad jurídica, las diferencias entre estados proteccionistas y librecambistas, así como la muy diversa composición social de los múltiples territorios que concurrieron a la unificación. La forma de agrupar a esos territorios en un espacio común que luego será recubierto por un estado unitario es la unión aduanera (Zolverein). La historia previa a la creación de dicha unión aduanera (es decir anterior al 1 de enero de 1834) es una historia de alianzas de diversos pequeños estados con Prusia, bajo la iniciativa política de ésta última, mediante presiones o concesiones hasta derrotar a los adversarios alemanes de Prusia. Entre 1834 y 1871 tenemos un desarrollo progresivo de la industria impulsado por esta unión aduanera y por la extensión de una red ferroviaria que facilita los intercambios comerciales y la circulación de materias primas y de los productos manufacturados. Un largo camino orientado por las ideas económicas de gente como Federick List, que al lado de la defensa del liberalismo económico predicó la unificación de los territorios germánicos con la idea de dominar la Mitteleuropa. Un proyecto formulado y desarrollado en el periodo previo a marzo de 1848 (Vormärz) que sin embargo fue obstaculizado por dos factores: de un lado, la reacción feudal, de otro la amenaza del proletariado naciente que se manifestó por primera vez de forma amenazante en 1848, lo que atemorizó a una burguesía aún débil como para producir su propia revolución.

Así la nación democrática y moderna fracasó en esa fecha y se consolidó esa forma de construir la unidad desde arriba, “a la prusiana”, que culminó en la unificación estatal de 1871. No olvidemos tampoco que esa unidad nacional se proclamó tras la victoria sobre Francia en la guerra franco-prusiana, cuyo armisticio fue firmado, de manera humillante para la otra gran potencia europea, en el palacio de Versalles. Un armisticio que contemplaba entre otras medidas la anexión de Alsacia y Lorena.

Las contradicciones entre Prusia y Austria presidieron todo el periodo comprendido entre 1848 y 1971. La idea de una Gran Alemania que uniría en un único espacio estatal las bocas del Rhin con las del Danubio y los mares del Norte y Báltico con el Adriático, el Mediterráneo y el Negro; que uniría a los alemanes, con los austríacos, con los lombardos y vénetos, con los croatas, checos, eslovacos, eslovenos, húngaros y rumanos en un solo estado estuvo presente en todas las negociaciones entre ambas potencias alemanas: Austria y Prusia entre 1850 y 1871.

Finalmente, el realismo de Bismarck consideró que la creación del Imperio Alemán era un buen primer paso en esa dirección. Un realismo que le impulsó a consolidar esa primera unidad estatal en espera de tiempos mejores. Pero desde el primer momento la tensión hacia el dominio de la Mitteleuropa prosiguió. El trabajo de los fundadores de la geopolítica como Ratzel empujaba también en esa dirección. También el de una potente asociación empujaba en la misma dirección: la Liga Pangermánica constituida por altos funcionarios, industriales, académicos y por altos cargos militares. No olvidemos que la unión de la gran Alemania con Austria fue uno de los primeros pasos que dio el austríaco Hitler con la anexión (Anschluss) de Austria al III Reich en 1934. Ese acto obedecía a un impulso de fondo que no era una simple obsesión.

El resto de la historia lo he resumido en mi ponencia en ¿Cómo construir un bloque histórico de los países del Mezzogiorno europeo? presentada en Roma, el pasado 30 de noviembre de 2013 en el euro fórum Salir de la Unión Europea una propuesta por el cambio en Italia y en Europa. También en la intervención que Ramón Franquesa y yo mismo celebramos en la reunión celebrada en Valencia el pasado 10 de mayo por el Frente Cívico, que luego fue publicada en la revista mensual El Viejo Topo del pasado mes de junio con el título: La nueva geopolítica europea: hacia un bloque histórico de los países del sur de Europa. Repito que no soy un especialista en el tema si no un militante que trata de informarse seleccionando su información en historiadores de reconocida solvencia académica.

Quizás el lector no tenga tiempo para leer los artículos mencionados. Intentaré hacer un breve resumen de cómo esa idea articuladora de espacios políticos, económicos, culturales y/o territoriales ha determinado durante el siglo XX, la participación alemana en la estructuración del espacio europeo y más tarde, en la construcción de la UE. Cómo es sabido, el primer intento de los imperios centrales (el Reich alemán y el imperio austro-húngaro) de lograr el dominio sobre la Mitteleuropa y sobre los Balcanes y sobre el Este de Europa fue la primera guerra mundial. Sin dejar de caracterizar esa guerra como una guerra inter-imperialista, es decir que la responsabilidad corresponde a todas las potencias participantes, no puede no debe olvidarse que la responsabilidad de su inicio corresponde totalmente a la agresiva actitud de la corte austríaca contra Serbia y al impulso que la corte el imperial alemana y el Alto estado mayor del ejército alemán dieron a la guerra. La vulneración de la neutralidad belga y los métodos de la ocupación de ese país fueron una especie de laboratorio de doctrinas diplomáticas y de guerra que encontraron su máxima expresión en la segunda guerra mundial. No nos es permitido omitir la permanencia de las tradiciones culturales como factor histórico.

Los objetivos de guerra de las potencias centrales correspondían perfectamente con el impulso inicial de los debates que presidieron la unificación alemana: la ocupación de territorios del imperio zarista para crear marcas frente al imperio euro-asiático y para favorecer su colonización por alemanes, la liquidación del poderío ruso (ese objetivo explica la firma del tratado de Brest-Litovks en febrero de 1918, con el gobierno bolchevique), y la liquidación de Francia como potencia europea y colonial. 1914, un magnífico libro de Luciano Canfora publicado El Viejo Topo en este centenario de la gran guerra resume y dilucida, todas estas cuestiones.

La intervención norteamericana a partir de 1917 en la gran guerra marcó la entrada de un nuevo agente imperial sobre el territorio europeo. Una intervención que aún dura. Los 14 puntos del presidente Wilson, sobretodo la aplicación del derecho de autodeterminación significaron el recorte territorial del Reich Alemán y la destrucción del imperio austro-húngaro con la creación de nuevos estados en el centro de Europa y en los Balcanes, en los Balcanes. Después de la derrota alemana se produjo la creación de un cinturón sanitario de marcas fronterizas que trataban de aislar a la revolución bolchevique, la llamada Línea Curzon.

Los Tratados de Versalles que significaron la rendición de Alemania y Austria no sólo fueron una humillación si no que además tuvieron numerosos ribetes injustos. Eran una humillación y una injusticia sobre la que se levantó un enano Hitler, sustentado, no lo olvidemos sobre los hombros de dos gigantes: Ludendorf y Hindenburg. Tanto Lenin como Keynes advirtieron del carácter injusto e impagable de las reparaciones de guerra impuestas a Alemania, como de las terribles consecuencias que esos tratados podían acarrear.

En los años 20 el alto estado mayor del ejército alemán y el mundo académico alemán dieron un nuevo impulso a la geopolítica. La crítica de las fronteras surgidas en Versalles y la crítica del propio tratado dieron sustento a una construcción pseudo-científica en la que se mezclaban medias verdades extraídas de la geografía, de la economía, de la antropología y de las ciencias políticas y sociológicas, con conclusiones predeterminadas que justificaban la necesidad del dominio alemán sobre el espacio europeo. Todo ello aderezado con nuevas técnicas gráficas en la construcción de mapas muy sugestivos que propiciaban una visión unilateral de los hechos. Destacó en ese ejercicio de agit-prop el general Haushofer, de quien tomó prestado Hitler el concepto de espacio vital (lebensraum), transformado en elemento vertebrador de su obra Mi lucha, un libro penoso transformado en best-seller en la Alemania de Weimar por las grandes máquinas de creación de la opinión pública.

Haushofer fue amigo personal de Hitler y su consejero en temas geopolíticos cuando éste accedió a la cancillería de la mano de Hindenburg, sin haber ganado las elecciones. El proyecto de Hitler era algo más que una locura individual o colectiva, se trataba de un proyecto político articulado en un completo programa de gobierno, que empezó a aplicarse desde el primer día. Sin embargo la idea de Lebensraum por parte de Hitler era una desmesura: era intentar abarcar por la coerción y la fuerza mucho más de lo que la potencia de la nación alemana podía conquistar. Era una visión reductiva y extraordinariamente violenta de un programa mucho más amplio y articulado de dominio hegemónico sobre el espacio europeo.

Se ha señalado el carácter poliárquico del régimen nazi. De hecho las grandes empresas alemanas del carbón y del acero, y de la química, los economistas de la gran burguesía albergaban proyectos que aún contemplando la conquista militar de gran parte de Europa, pretendían crear una orden europeo (Neuordnung) hegemonizado por Alemania, en la que debería articularse una economía del gran espacio (Großraumwirtschaft) donde se reconociesen y jerarquizasen los diversos espacios vitales de los diversos estados subalternos. De ahí derivó el intento de definir Europa no sólo con el concepto de gran espacio (Großraum) si no de comunidad de espacios vitales (Lebensraumgemeinschaft). La continuidad entre este proyecto de comunidad de espacios vitales y el Zolverein parece clara.

La derrota de la desmesura hitleriana en 1945, significó también la derrota de este otro proyecto más orgánico con los proyectos del gran capital alemán. Significó, de hecho, la ruina de Alemania. El camino recorrido hasta hoy ha sido largo (entre sesenta y setenta años) y tortuoso. En primer lugar y como producto de la necesidad de contener el comunismo que había experimentado una expansión inquietante para la nueva potencia mundial, los USA, se produjo creación de la RFA mediante la unificación de las tres zonas de ocupación occidentales. Debe recordarse que, ante este hecho consumado la RDA fue creada al año siguiente aunque la división de Alemania no formaba parte de los planes de Stalin. La diferencia entre ambos estados fue que mientras los USA, con el fin de reforzar al nuevo estado-marca fronteriza con el “imperio del mal”, obligaron a los países acreedores a perdonar a la RFA la mitad de la deuda alemana y a pagar la otra mitad cuando se produjera la reunificación alemana. Cosa que Helmuth Kolh se negó a hacer en 1990. Sumemos el importe del plan Marshall para la reconstrucción y tendremos el secreto del “milagro alemán”. Por su parte, la RDA pagó duramente las devastaciones del ejército nazi en los países del Este y particularmente en Rusia: indemnizaciones y desmantelamiento y traslado de fábricas a la URSS. La diferencia de niveles de vida entre ambas Alemanias se basa en realidades que son complicadas de juzgar.

Los USA impulsaron los planes de creación del espacio económico europeo, primero la OCDE, luego la CECA y finalmente el Tratado de Roma. Tenemos pues la realidad contradictoria de que el imperialismo americano financió y estimuló la reconstrucción de lo que en un futuro sería un nuevo polo imperialista en contraposición con sus intereses. La historia no siempre evoluciona en la dirección en que los poderes hegemónicos la programan. Entre 1945 y la anexión de la RDA, el imperialismo alemán estuvo embridado, contenido por la otra gran potencia europea que era Francia y por los USA. La anexión de la RDA, la llamada “reunificación” alemana significó el final de una larga contención: el imperialismo alemán, aunque contrarestado por la declinante potencia francesa, ascendió a la hegemonía en la UE. Luego vendrían el tratado de Maastricht, la moneda única, la expansión de la UE y de la OTAN hacia el Este y hacia los Balcanes. Un autor italiano, Vladimiro Giacché ha mostrado de manera convincente la vinculación estrecha entre la anexión de la RDA y el proceso de neocolonización de la Europa meridional y oriental. Otra obra que el lector español desconoce y que, desgraciadamente no ha sido traducida a ningún idioma peninsular. En resumen en un largo y trabajoso proceso ha recuperado la centralidad geopolítica en un área que comprende 28 países y cinco países candidatos. El mapa de esta UE recuerda, de manera sorprendente los mapas trazados por Haushofer y sus colegas.

La respuesta ha sido larga y quizás difícil de comprender. Una entrevista no permite desarrollar adecuadamente un tema de la extrema complejidad como éste. Sin embargo, espero que quede claro que mi análisis del rol hegemónico e imperialista de Alemania en la actual UE se corresponde con la realidad y no olvida el carácter complejo y contradictorio de las relaciones interimperialistas.

-Cuando se señala la hegemonía alemana en la UE, ¿no puede de hecho ignorarse que las clases dominantes de la periferia europea comparten el proyecto germano? Además, la clase trabajadora alemana también padece recortes y ajustes salariales.

Efectivamente, estos complejísimos procesos históricos obligan a abandonar cualquier planteamiento reductivo so pena de cometer errores políticos de bulto o en el frikismo conspiracionista. Insistir como yo hago sobre la hegemonía alemana en el gran espacio europeo actual no significa ignorar que la UE es una construcción para-estatal compleja, donde la permanencia de los viejos estados nacionales en decadencia aún juega un rol contradictorio con la tendencia general. De otra parte, no debe olvidarse que los USA juegan un papel importante en el espacio europeo, a través de la OTAN, siempre empeñada en una lucha contra la gran potencia euro-asiática: Rusia. La Gran Bretaña, otro pedazo del imperio oceánico, interviene en todos esos asuntos en apoyo de los USA y siguiendo su política tradicional de no permitir o dificultar la hegemonía de cualquier nueva potencia en el continente. Añadamos, para mayor complejidad, el rol de la otra gran potencia en la construcción de la UE, Francia. Si bien se puede afirmar que hoy Francia es incapaz de corregir los designios de la RFA, es preciso recordar que Alemania no posee un ejército con capacidad de intervención en el exterior (la primera misiones externas después de 1945 corresponde a la guerra de Afganistán), mientras que Francia despliega sus intervenciones imperialistas sobre todo el territorio de la zona norteafricana y que, además, posee la force de frappe nuclear. Todo ello hace más complejos los equilibrios de poder en el interior de la UE, pero no desmerece la tendencia principal.

Añadamos que el dominio imperialista sobre los países periféricos no sería posible sin una política de alianzas con las clases dominantes de dichos países. Lo que significa una red compleja de interrelaciones, concesiones y una jerarquización de los países dominados, así como el complejo proceso de la formación de una burguesía europea. Tengamos presente, por ejemplo, que entre las primeras cincuenta bancas y multinacionales europeas clasificadas por sus beneficios, 13 son alemanas, 9 francesas, 9 británicas, 6 del Benelux, 5 españolas y 4 italianas. En cuanto a las 10 bancas más seguras del mundo según Global Finance 4 son alemanas, 3 holandesas, 1 francesa, 1 luxemburguesa y una suiza (datos facilitados por Sergio Cararo: Unione Europea. Spazio comune o polo imperialista? ). Quizás estas cifras no parezcan suficientes a muchos pero dan indicios de la complejidad de lo que se está construyendo y muestran todo un campo de investigación que a mi conocer, aún están haciendo muy pocos en Europa y que, aún está más lejos de producir resultados en la acción política. Pero que me parece extraordinariamente importante.

Efectivamente la clase obrera alemana está explotada, siempre lo ha estado. Sobre todo después de la Agenda 2010 lanzada por la socialdemocracia alemana en el año 2003. Una agenda que ha presidido la acción de los gobiernos alemanes desde entonces. Apoyo la lucha de la clase obrera alemana contra su propia explotación. Pero la solidaridad internacionalista no significa paralizar la lucha de clases en nuestro propio país. Mi previsión, quizás equivocada, es que el primer eslabón cadena del sistema euro que se romperá no será la alemana. Mi previsión es que será uno de los países del sur, uno de los países periféricos.

El carácter dominante de la situación actual europea es su carácter neo-colonial, es la relación desigual, de explotación, de dominio del centro imperialista sobre una periferia neo-colonial. La triste realidad de los países del Mezzogiorno es la dependencia absoluta, radical. En este contexto la lucha que pasa a primer plano es la lucha de liberación nacional de los países periféricos, de los países sometidos a mecanismos de explotación neo-colonial. La lucha contra los viejos estados-nación destruidos y vaciados de poderes reales, siendo importante, pasa a estar supeditada esta lucha. Lo que pasa a primer plano es la lucha contra la dominación continental per parte de Alemania a través de la UE. Los pueblos periféricos, los pueblos dependientes deben tejer alianzas entre ellos, para combatir el enemigo común, per a lograr su independencia. Pero no podrán ser independientes, si no cooperan entre ellos si no federan y confederan sus luchas, sus combates, sus economías, sus culturas materiales de vida.

Ninguna cadena se rompe simultáneamente por todos sus eslabones. Las cadenas suelen romperse per el eslabón más débil. Dicho de otra manera más antigua: la lucha de los trabajadores es internacional por su contenido pero nacional por su forma. Así que niego la mayor de los planteamientos europeístas de los negristas y de los postmodernos: el sujeto europeo no existe. El sujeto europeo sólo se podrá crear saliendo de la jaula de la UE. Una jaula creada, entre otras cosas para que los diversos destacamentos nacionales de la clase obrera compitan entre sí en una subasta a la baja del coste de la fuerza del trabajo. Una subasta solo puede estimular los corporativismos territoriales, etnicistas, incluso racistas. Reclamar hoy, la salida de la UE no significa romper la solidaridad internacional de los trabajadores. Precisamente el revés: esa la reivindicación que expresa en la actualidad el internacionalismo proletario.

-Ante la actual crisis de la Unión Europea, ¿qué te sugieren ideas como la “desmundialización”? ¿Eres partidario de la reconstrucción de los viejos estados-nacionales? Si es así, ¿implica ello recuperar algunos elementos del keynesianismo y del periodo fordista?

La economía mundial está dominada por unas finanzas que actúan sin ninguno tipo de control. Quitan y ponen gobiernos, dictan sus políticas, hunden continentes enteros en la miseria, producen flujos migratorios masivos, destruyen y crean estados a placer, imponen guerras, perpetúan un modelo energético obsoleto como si el Peak oil no estuviera a la vuelta de la esquina… a todo ello se suman los fenómenos que se desprenden de la crisis de la hegemonía del imperialismo USA, con la aparición del fenómeno de los BRIC’s y, sobretodo con la competencia con China y con Rusia, que agudizan esa situación de caos. La historia está lejos de haberse acabado.

El resultado de este caos en los países de nuestra área geopolítica es la descomposición de la sociedad, la liquidación de la civilización de 1945, incluyendo el keynesianismo y el llamado estado del bienestar, la desregulación absoluta del mundo del trabajo, el llamado “estado de la deuda”, la liquidación de las soberanías nacionales, la competencia a la baja entre la clase obrera de los diversas regiones del mundo en el mercado mundial de la fuerza de trabajo y, por sobre todo, la imposibilidad de seguir creciendo, dictada por dos factores combinados: la división internacional del trabajo y el fin de la civilización del petróleo.

Cuando Samir Amin planteó la necesidad de la desconexión se le tildó de utópico. Se consideraba que la mundialización de la economía no sólo había llegado para quedarse, si no que, además, era un gran bien, algo que creaba la base para la unificación del genero humano. Hoy parece evidente que lo utópico es pensar que se pueden producir transformaciones sociales profundas y necesarias desde estados reducidos a su función de aparato administrativo y represivo de aplicación de las políticas decididas en los parquets de los mercados y en los despachos de los poderes multinacionales. Unos estados reducidos a su rol de “vigilante nocturno” (Gramsci) propio de las antiguas administraciones coloniales no pueden enfrentar una situación que no tiene ningún tipo de salida.

La desconexión se producirá ineludiblemente debido al final de la civilización del petróleo. Un final que se presenta ante nuestros ojos. Y aún podemos elegir el escenario. Podemos optar por construir una nueva cultura material de vida, unas nuevas relaciones económicas internacionales basadas en la producción de proximidad, en la autolimitación del consumo, en una división internacional del trabajo de carácter cooperativo. O preparamos ese futuro entre todos o, si decidimos continuar con la cabeza debajo del ala, el escenario previsible es Mad Max, o sea el caos y la guerra de todos contra todos. La supervivencia del más apto para la violencia para la imposición.

-¿Qué importancia tiene en todo esto la batalla cultural y de las ideas? ¿Compartes la propuesta que hace Monereo de la “democracia de la vida cotidiana”?

Mi amigo Manolo Monereo es una persona de una inmensa cultura. Su pensamiento bebe en algunas fuentes europeas de las que también bebo yo: Lenin, Gramsci y Luckács. Pero su pensamiento se ha enriquecido y se ha transformado con su experiencia en el continente americano. Así que a esos autores de esa pequeña provincia del mundo que es Europa, él suma otras lecturas y otras experiencias procedentes del continente de la esperanza: me aventuro a citar a Anibal Quijano, a Jose Carlos Mariategui, al Che. O para citar a un potente agente del cambio político y social, aún bien vivo y actuante, me atreveré a citar García Linera. Eso autores y esas experiencias se pueden colegir de una lectura entre líneas de sus libros más recientes. Una cosa parecida he podido observar en la evolución de otro amigo que en el último decenio mantiene una pata en cada lado del Atlántico: Luciano Vasapollo. En el libro cuya edición prepara El Viejo Topo para después del verano, la necesidad de re-valorizar el concepto de vida buena, de economía cooperativa y de proximidad, de desconexión de la mundialización y en cambio de reconexión con lo cercano, con los países del entorno está bien presente.

En ambos casos, se trata de un curioso viaje de ida y vuelta de intelectuales y políticos comunistas europeos que participan en las experiencias transformadoras latinoamericanas y que, a su vez, vuelven transformados, mejorados diría yo, de sus periplos.

Pero cuando hablamos de democracia de la vida cotidiana mi maestro indiscutible, quien abrió este tema en el estado español actualizando la reflexión sustantiva del republicanismo de raíz, así como las aportaciones de, entre otros autores, Luckács, de Gramsci, de Hegel, o Vigotsky para hacer una propuesta sustantiva de reformulación de la política es Joaquín Miras. Como es un pensador que se coloca fuera del mercado político y que además no cuida mucho la promoción de sus escritos y no prodiga su presencia pública, su pensamiento suele ser marginado por los buscadores permanentes de las novedades editoriales. Solo puedo decir que si descubrí a Robespierre y lo traduje, que si dediqué mi tesis doctoral a la revolución francesa fue por su “culpa”. Para profundizar rigurosamente en la tradición de la democracia sólo puedo recomendar la lectura de su libro Repensar la política. Refundar la izquierda publicado en 2002.

Tienes razón, se trata sin duda de la democratización de la vida cotidiana. Esa tarea, esa gran tarea fue señalada hace cinco décadas por el gran Georg Luckács. Otros autores siguieron esa estela, aunque no consiguieron grandes éxitos en el mundo político de la izquierda, atenta solamente a los calendarios y contiendas electorales. Pero la democratización de la vida cotidiana es algo más que una tarea de tipo “lucha ideológica” o de “agit-prop”, se trata de algo más complejo: se trata de crear una nueva cultura material. Algo no puede ser objeto de la resolución de ningún comité central, algo que no es tarea de ningún estado mayor, algo que solo pueden hacer las grandes masas populares en el mismo proceso de autodeterminarse, en el mismo proceso de conquistar su plena autonomía, es decir de constituir un nuevo orden, de constituir un nuevo estado: la democracia.

Es por esto que creo que la desconexión voluntaria no puede producirse sin destruir los restos de los viejos estados y sin construir nuevos instrumentos estatales adecuados precisamente para esta tarea: la desconexión programada y decidida democráticamente. La nostalgia de los viejos estados nacionales destruidos por la mundialización y, en nuestra área geopolítica, por la UE no sirve. El keynesianismo no volverá por que no puede volver: faltan las premisas geopolíticas (la presencia de la URSS, la correlación de fuerzas de 1945) y energéticas: el crecimiento ya no es posible. El fordismo no volverá, no puede volver por que el fordismo, base económica productiva del keynesianismo, no puede volver en un contexto de crisis energética.

La alternativa, pues, no es la vuelta a lo que pudo haber sido y no fue. La alternativa es una sociedad dueña de sus destinos, que controle republicanamente su economía, que auto-regule sus necesidades mediante la recuperación o la construcción de unos usos y costumbres sociales de carácter austero. Virtuosos si queremos decirlo con lenguaje republicano. Una sociedad que evite la creación heterónoma de nuevas necesidades artificiales, que evite la desmesura, que se centre en lo esencial, en el cuidado y conservación de la sociedad, en el cuidado y conservación de las personas.

Lo angustioso de todo esto es la diferencia de ritmos históricos en que avanzan los procesos: de un lado la rapidez en que avanza el fin de la civilización del petróleo, de otro, la lentitud con que sabemos que se construyen las culturas materiales de vida. Si nos referimos al aspecto subjetivo de los ritmos históricos, que las fuerzas políticas y sindicales de la izquierda sólo piensan según los calendarios electorales. La conclusión podría ser que la barbarie está a la vuelta de la esquina.

Pero quiero ser, de nuevo, ingenuamente optimista: el manifiesto promovido por científicos y firmados por numerosos cuadros políticos de la vieja y de la nueva izquierda quizás sea una nueva oportunidad. Ojala no la volvamos a perder.

-Anguita ha defendido públicamente la cultura de la “austeridad”. En su día también la propuso Berlinguer. ¿Estás de acuerdo? ¿Se compadece ello con la crítica a las políticas “austeritarias”?

Mi relación con el pensamiento de Berlinguer fue, en el pasado, muy crítica. En la etapa de mi bisoñez política participé activamente, en aquella experiencia radicalmente crítica del eurocomunismo que se llamó Vº Congreso del PSUC, así como en la creación del PCC. Pienso que la crítica que algunos hacíamos al eurocomunismo, siendo esencialmente correcta, si nos atenemos al caso español. Los aspectos principales de esa crítica eran: el rechazo de lo pactos de la Moncloa, el rechazo de la aceptación de la monarquía, el rechazo de la política de concentración nacional por parte de Santiago Carrillo y de su grupo, el rechazo de la liquidación de la democracia en el partido, el rechazo a la liquidación acrítica del leninismo tirando el niño junto al agua sucia, el rechazo a la aceptación por Carrillo de la energía nuclear, entre otros rechazos. Se verá que no he resaltado el tema de la política internacional que no siendo pequeño, no era ni de lejos, el más importante. Como se ve muchos rechazos, correctos todos ellos, pero con una enorme deficiencia: faltaba una política propositiva. Digamos que aquello que nos unía era, sólo, el rechazo a lo que llamábamos eurocomunismo.

Eso dificultaba una visión matizada, realista, del asunto. Con la madurez he ido descubriendo que del mismo modo que no se puede hablar “del” comunismo histórico del siglo XX, si no de “los” comunismos, de las diversas culturas comunistas del siglo XX, tampoco se puede hablar “del” eurocomunismo si no de “los” eurocomunismos. Que, de ninguna manera se puede paragonar el eurocomunismo español con el italiano. Y aún menos la figura de Santiago Carrillo con la de Enrico Berlinguer.

Con el tiempo, he descubierto al “segundo Berlinguer” del que nos han hablado Lucio Magri y Guido Liguori en libros recientes e imprescindibles. Nuestra crítica del Berlinguer del compromiso histórico, de la aceptación de la OTAN y de los años de la solidaridad nacional, nos impidió, durante los años ochenta, reconocer a ese “segundo” Berlinguer, el que se desliga del derechismo de Giorgio Napolitano, de Luciano Lama, de Giorgio Amendola que dominaron el PCI durante los años 70. Ese segundo Berlinguer que se acerca al movimiento por la paz, que da cobertura e impulsa un feminismo marxista de gran calado, ese Berlinguer que apoya a fondo el rechazo de los obreros de la FIAT. Ese segundo Berlinguer que, aventuro, no hubiera aceptado el crimen cometido en el teatro de la Bolognina.

En los años ochenta estuve empeñado en la construcción de un partido cuya principal seña de identidad era la crítica del eurocomunismo. Debo confesar que mis escritos polémicos de la época no eran capaces de captar, ni las profundas diferencias existentes entre Berlinguer y la mayoría derechista del CC del PCI, ni las profundas diferencias existentes entre el PCI y el PCE, ni las diferencias quizás no tan profundas pero netas, entre el Berlinguer de los 70 y el de los años 80.

Creo que el segundo Berlinguer fue capaz de extraer consecuencias críticas y autocríticas del fracaso del compromiso histórico y de la política de solidaridad nacional. Debo confesar que yo, embarcado en una ruda polémica con los eurocomunistas patrios, y con las propuestas de izquierda europea lanzadas al unísono por Giorgio Napolitano i por Peter Glotz, no supe captar en su momento la diferencia de ese segundo Berlinguer, algunas de cuyas propuestas o reflexiones tienen gran interés para nuestra época.

Con la propuesta de Austeridad la cosa de complica aún más. Fijémonos en primer lugar la cronología: los dos textos principales de Berlinguer respecto a este tema son dos discursos pronunciados en enero de 1977. El primer discurso, el 15 de enero en una asamblea de intelectuales convocada por la comisión cultural del PCI y celebrada en el teatro Eliseo de Roma. El segundo discurso lo pronunció quince días más tarde en Milán en una asamblea de obreros comunistas. Ambos fueron publicados por Editori Riuniti en un folleto titulado Austerità occasione per transformare l’Italia.

En España fue editado por la editorial Mientras tanto. Esta propuesta no podía ser apreciada en su profundidad por nosotros puesto que ambos discursos fueron pronunciados en un contexto muy determinado que no puede ser olvidado si se quiere entender su recepción en la Catalunya de entonces: la política de sacrificios defendida por Giorgio Amendola y por Luciano Lama. En España esa política era identificada no sin razón con los Pactos de la Moncloa, con la transformación del movimiento socio-político de las comisiones obreras en un sindicato del que ya se percibían la futura burocratización y la adopción de un rol el control y freno al movimiento obrero.

Para nosotros pues, comunistas que rechazábamos la energía nuclear, que colocábamos la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo maduro y la preservación de la vida humana en el planeta como una de las contradicciones principales, comunistas que habíamos tomado buena nota de las advertencias del Club de Roma, sin embargo no leíamos, no podíamos leer la propuesta de austeridad de Berlinguer fuera del contexto en que había sido formulada. Preferíamos las posiciones de Wolfgang Harich a las de Berlinguer. De Harich extraíamos algunas de nuestras formulaciones programáticas, naturalmente sin citarlo.

Hoy creo que la propuesta berlingueriana de austeridad debe ser leída hoy y asumida de otro modo al que nosotros lo hicimos en la época. Debe en primer lugar ser tomada como un prolegómeno del segundo Berlinguer. Debe ser leída como una percepción nítida y clara de la contradicción entre supervivencia de la especie humana y desarrollo de aquellas fuerzas que Manuel Sacristán acabó denominando “fuerzas destructivas” (y no se refería sólo a la industria de guerra). Debe ser leída como una toma de conciencia de las advertencias del Club de Roma y como un intento de insertar esas advertencias en una propuesta de nuevo modelo de desarrollo, no de crecimiento, en el que prime, sobretodo la calidad y no tanto la cantidad. Debe ser leída como una propuesta que buscaba la transformación de la sociedad entendida no como la liberación de las fuerzas productivas constreñidas por el capitalismo si no, más bien como la programación democrática de la economía: “… que tenga como fin la elevación del hombre en su esencia humana y social, no como mero individuo contrapuesto a sus similares; cuando ponemos el objetivo de la superación de los modelos de consumo y de comportamiento inspirados en un exasperado individualismo; cuando ponemos el objetivo de ir más allá de la satisfacción de exigencias materiales inducidas artificiosamente, y también del actual satisfacción de necesidades esenciales pero en modos irracionales, costosos, alienantes y encima socialmente discriminatorios; cuando ponemos el objetivo de la plena igualdad y de la efectiva liberación de la mujer, que es hoy uno de los temas más grandes de la vida nacional; cuando ponemos el objetivo de una participación de los trabajadores y de los ciudadanos en el control de las empresas, de la economía, del Estado; cuando ponemos el objetivo de una solidaridad y de una cooperación internacionales que conduzca a una redistribución de la riqueza a escala mundial; cuando ponemos objetivos de tal género, que hacemos si no proponer formas de vida y relaciones entre los hombres y entre los Estados más solidarias, más sociales, más humanas, y por tanto que salen del cuadro de la lógica del capitalismo?”.

Leídas hoy estas líneas escritas en 1977, cobran un sentido que va más allá del rechazo que no dejaba de tener ribetes corporativos, con que las recibimos en aquel entonces. Cobran el sentido de todo un proyecto de modo de vida, de sociedad contrapuesto a la lógica del capitalismo. Cobran el sentido de una percepción de largo alcance por parte de un gran dirigente comunista que tomaba nota de la nueva fase de desarrollo del capitalismo, de la destrucción de los valores sobre los que se basaban las culturas populares hasta los años sesenta del siglo XX, de la desintegración de toda una civilización bajo los embates del capitalismo liberado de frenos que se intuía para un próximo futuro. Un futuro que hoy es un presente que pesa duramente sobre las espaldas de las futuras generaciones. Cobran el sentido de una visión anti-economicista del desarrollo entendida como freno del consumismo desaforado. Cobran el sentido de la recuperación de viejos valores de vida propios de las añejas tradiciones del movimiento obrero y popular. En este sentido me parece estimulante la llamada de Anguita a re-apropiarnos de este discurso berlingueriano.

Seguro que la palabra austeridad que ya indujo a equívocos en su momento, no es hoy la palabra más popular cuando en su nombre se está liquidando toda la civilización europea nacida tras el gran pacto social de 1945. Seguramente la “austeridad” entendida como consigna, como prédica de otra cultura material, de otro modo de vida, choca con las resistencias frente a los recortes salariales y contra las garantías constitucionales de protección del trabajo, contra los recortes en los servicios públicos, contra la idea de que la única forma de crear puestos de trabajo consiste en estimular el crecimiento económico. Probablemente la palabra austeridad choca con las aspiraciones de las llamadas clases medias empobrecidas (proletarizadas llamábamos a esto antes de que la posmodernidad proscribiese el uso de estos términos) bruscamente que aspiran a la recuperación de su estándar de vida y de su capacidad de consumo. En definitiva probablemente choca con la defensa de quienes no es que vivan en la austeridad si no que viven, hablando propiamente en la indigencia (del nuevo y viejo “proletariado en harapos”, aunque use la telefonía móvil) y cuyas aspiraciones inmediatas, corporativas por así decir, consisten no tanto en cambiar la sociedad si no en mejorar, en lo inmediato, las condiciones reales de su existencia. Y no vamos a criticarles ese corporativismo de subsistencia, creo yo.

Quizás debamos empezar a reflexionar y a llevar a los movimientos sociales la certeza de que la civilización del 45 no volverá. Que ya no son posibles políticas de carácter keynesiano. Que el único keynesianismo posible en nuestros países (el de la industria de guerra) no es tampoco, para nada, deseable. Que se trata de la transformar la sociedad en profundidad, es decir de cambiar los modos de vida. Que superar el capitalismo en la dirección de la democracia y del socialismo no significa la entrada en un mundo de Jauja donde los jamones cuelguen de los árboles y los ríos manen incansablemente de leche y miel. Que habrá que ir inventando modos de vida cooperativos, solidarios, austeros, es decir, en definitiva igualitarios y democráticos. Al modo que lo quería Babeuf, al modo que lo querían los viejos republicanos, los demócratas, los anarquistas, los socialistas, los comunistas.

Esas son algunas de las cosas que me sugiere el término austeridad en este 2014, treinta y siete años y medio, más tarde de los discursos pronunciados en Roma y en Milán por Enrico Berlinguer.

-Reivindicas, dicho en pocas palabras, una soberanía popular plena y efectiva. ¿En qué consistiría? ¿Observas en el 15-M, las marchas del 22-M, las plataformas de parados o movimientos como la PAH el embrión de procesos emancipadores?

Empezando por lo último. Sí efectivamente en esos movimientos, en esas organizaciones incipientes se pueden observar conatos de movimientos emancipatorios. Sin embargo, estos movimientos hoy por hoy, y como es natural, son movimientos defensivos, que se encuentran aún en una fase digamos económico-corporativa. No es una crítica. Es una constatación de la fase de desarrollo del movimiento. Falta mucho trabajo capilar, mucha organización, mucha experiencia a partir del desarrollo de la lucha de clases, mucha maduración, para que estos movimientos alcancen a tener una carácter realmente emancipador, es decir de constructores de un orden social nuevo, lo que es lo mismo que decir, constructores de otro estado.

No pretendo ser original. Entiendo ese orden nuevo, ese otro estado, de acuerdo con el concepto gramsciano de “estado integral”, es decir sociedad política más sociedad civil. No existen atajos para construir ese nuevo orden social, ese nuevo estado. Ni vías insurreccionales antes de que las condiciones objetivas (que siempre son las subjetivas) estén dadas, ni vías electorales que den salida a la ilusión de que una vuelta al keynesianismo de la época fordista (ligado estrechamente a la etapa de la guerra fría) es posible. El camino hacia la autonomía de proyecto, el camino (por decirlo en términos usados por Marx en 1848) hacia la constitución del proletariado como clase, es largo, tortuoso, sometido a avances lentos y retrocesos catastróficos. Se mide en lo que algunos historiadores han llamado “larga duración”. Ninguna impaciencia, ningún vanguardismo, ningún elitismo por muy revolucionario que afirme ser, podrá sustituir esa lenta acumulación de experiencia y de maduración.

En ese camino, las élites intelectuales, las vanguardias más menos externas deben elegir entre dos vías. La primera es ser estiércol o sea materia orgánica que alimenta el suelo en el que deben surgir las nuevas organizaciones, ser mano de obra más o menos anónima que labra el terreno, que comunica la memoria histórica de las clases subalternas a las nuevas camadas de las mismas, trabajar desde la modestia y desde el trabajo capilar o molecular: barrio, pueblo, empresa, sindicato, ateneo, cooperativa, movimiento contra el paro… el tajo es inmenso, hay tarea para todo aquel que quiera apuntarse.

La segunda vía que tienen esas vanguardias externas es la de siempre: repetir una y otra vez el intento de ser la representación institucional de las clases subalternas, es decir ser un mecanismo de cooptación y de liquidación de los conatos de autonomía de clase. Poco importa que ello se produzca desde la radicalidad del lenguaje que siempre redunda en lo mismo: olvidar que o la emancipación de los trabajadores es de obra de ellos mismos, o no es emancipación y da lugar a monstruos. En general estas vanguardias no son realmente vanguardias, son eternos aspirantes a ocupar los despachos del estado mayor.

Ese lento proceso de constitución en clase lo podemos llamar, como se hacía en 1848, la conquista de la democracia, o sea: la constitución de un soberano que decide, dentro de su marco territorial aquello que hace con su vida. Esa capacidad de dirección debe incluir lo que los académicos llaman “economía”, que solo es parte de esa vida. Naturalmente que la sociedad es infinitamente más compleja que en 1848, por tanto es difícil que yo (pequeña anécdota individual en el devenir de la especie) o algún sujeto político y social más colectivo y articulado que un individuo, pueda predicar como será la soberanía popular en este principio de siglo XXI. Eso es competencia del pueblo que deberá hacer su camino y su experiencia.

Modestamente solo puedo apuntar unas líneas muy genéricas: la desconexión de la globalización es imprescindible. Ser soberanos sobre la economía requiere arrancar el poder de decisión de las manos de “los mercados” o sea de las manos privadas, convertir la toma de decisiones en algo público, en algo deliberado. Ojo: no digo estatal (es decir aparato burocrático-administrativo-represivo) si no público: sometida a pública deliberación, a pública decisión.

Ese paso sigue siendo condición necesaria pero no suficiente. Imprescindible, la aplicación del principio de subsidiaridad absoluto. Como dijera Saint Just en la discusión de la constitución francesa de 1793, el órgano de la soberanía debe ser la comuna (municipio). Los municipios deben ser pequeños, controlables por los ciudadanos. Las decisiones macro, deben ser las mínimas posibles. Roussseau ya nos advirtió de que la democracia (es decir la soberanía del pueblo) solo es posible en unidades territoriales pequeñas. Para las unidades mayores parece imprescindible el centralismo legislativo que no significa otra cosa que la recuperación del viejo principio republicano que consiste en que el legislador es el pueblo y que los representantes solo ejecutan su mandato. La representación de la soberanía, necesaria en unidades territoriales grandes, no puede eludir ese principio básico del republicanismo: el legislador es el pueblo, cualquier ley que no sea propuesta, elaborada, deliberada, aprobada y promulgada por el pueblo no es ley. Es tiranía.

La soberanía del pueblo no es divisible: el centralismo legislativo significa que el ejecutivo es un simple comisario del poder legislativo, que los mandatos tanto de los representantes como de los miembros del poder ejecutivo deben ser cortos y controlados por el legislativo. Ni el ejecutivo ni el judicial son poderes independientes del poder legislativo. En fin, no es preciso volver a inventar los principios básicos de la democracia y de la soberanía. Los encontramos íntegramente en los debates fundacionales de USA (lado Jefferson) y de la primavera de 1793, lado Saint Just, Romme, Coupé y Robespierre. El constitucionalismo post-termidoriano supuso simplemente la liquidación de la democracia para sustituirla por los regímenes liberal- representativos.

Sé que sería más tranquilizador que yo apuntara algunas líneas más concretas. Antes yo solía hacer esas cosas: escribir programas de acción, tratar de entender la fase de la lucha y tratar de predecir qué pasos había que dar en cada caso… la experiencia y la edad me han vuelto mucho más prudente y modesto. ¡Encontremos juntos los caminos de la soberanía popular! ¡Constituyamos juntos el soberano!

– Eso que siempre se ha entendido como “izquierda”. ¿Piensas que está más cerca de los movimientos/plataformas antes citados o de los partidos en sentido clásico?

Hace unos ochenta años, en el cuaderno de la cárcel que recibió el nº 13, Antonio Gramsci escribía: “Los partidos nacen y se constituyen en organización para dirigir la situación en momentos históricamente vitales para su clase; pero no siempre saben adaptarse a las nuevas tareas y a las nuevas épocas, no siempre saben desarrollarse según se van desarrollando las relaciones totales de fuerza (y por lo tanto la posición relativa de sus clases) en el país determinado o en el campo internacional”. En el mismo texto de los cuadernos nos advertía también sobre el poder de la burocracia: “La burocracia es la fuerza consuetudinaria y conservadora más peligrosa; si ésta acaba por constituir un grupo solidario, que se apoya en sí mismo y se siente independiente de la masa, el partido acaba por volverse anacrónico, y en los momentos de crisis aguda queda vacío de su contenido social y queda como apoyado en el aire” [1].

Creo que esta es una excelente descripción de lo que le pasa a la izquierda en España. No solo a la vieja izquierda, cuidado. En la izquierda que sabe presentarse como “nueva” aprecio conatos de la constitución de nuevas elites cuya diferencia con las viejas es más de edad que de contenido. No quiero añadir mucho más por el momento. Prefiero acompañar los nuevos procesos. Andar y ver que dice un amigo.

Los viejos luchadores antifranquistas y de la transición que no se han burocratizado debieran confluir con los nuevos movimientos sociales que surgen. Algunos ya lo hacen. Pueden ayudar mucho a la hora de transmitir la memoria y la experiencia, pueden ayudar un montón en la estructuración y organización de lo nuevo pero, ¡ojo! Es imprescindible la autocontención. Es imprescindible permitir que las nuevas experiencias enseñen al colectivo. Hay que ser tremendamente cuidadoso para evitar la tentación de poner, patéticamente, vallas al campo. Las nuevas generaciones deberán hacer su camino, deberán aprender en el dolor de sus costillas, nadie aprende mucho de la experiencia ajena. Las nuevas generaciones tienen el derecho y el deber de construir su propio futuro. Tienen el derecho y el deber de equivocarse y de acertar. A nosotros, los viejos que no les dejamos en herencia ninguna victoria digna de ese nombre, solo nos queda el deber apoyar incondicionalmente. Si nos dejan contribuir a la instrucción de las nuevas generaciones, si nos permiten comunicar conocimientos y experiencias, si nos permiten traspasar la memoria de las luchas, comunicar la memoria de los periodos anteriores, habremos hecho algo de interés. Habremos ayudado a labrar el campo y a estercolarlo.

-Por último, eres de los que sostienes que el camino de las transformaciones sociales es muy largo, da muchos rodeos y siempre se presenta cuesta arriba… Al tiempo que criticas la impaciencia y los atajos “elitistas” (llevas más de 40 años de militancia comunista) ¿Puedes explicar esta idea?

Cuando expongo algunas de estas opiniones sobre la larga duración, sobre el trabajo lento y pertinaz, sobre el trabajo capilar, molecular, que se encuentra en la base de las grandes transformaciones sociales, se me suele tildar de pesimista. Yo siempre contesto que por el contrario, soy un optimista. Si no lo fuera habría tirado la toalla. Por ejemplo no estaría contestando esta entrevista, no aceptaría las propuestas de recorrer decenas o centenares de kilómetros, para explicar cosas ante pequeños núcleos de militantes jóvenes y no tan jóvenes. Esa es la actividad a la que me dedico en los últimos años.

Soy pues, soy optimista, es decir, creo que los seres humanos, si quieren, pueden llegar a su unificación como género. Ahora bien, una ya larga experiencia y diversos costalazos me han mostrado que las cosas no son simples, que cambiar la sociedad es algo más que un simple deseo más o menos arbitrario de una o de varias personas.

Junto con otros compañeros a quienes debo muchas de las reflexiones que intento difundir y divulgar, he hecho, hemos hecho, el esfuerzo de sacar algunas consecuencias de la experiencia del siglo XX. Lo hemos hecho tratando de no tirar al niño junto al agua sucia. El comunismo históricamente existente en el siglo XX debe ser datado y ubicado en un contexto terrible de dos grandes guerras mundiales, de una terrible lucha de clases tanto en el terreno nacional como internacional. Ese contexto social, político, económico, cultural, militar y geopolítico (todas esas y aún otras determinaciones influyeron el comunismo del siglo XX) y determinaron las formas orgánicas, los programas y los métodos que adoptó. Seguramente estas formas, esos programas, esos métodos, en muchos casos no sirven ya para nuestra realidad. El comunismo debe reinventarse en el siglo XXI, debe renacer de sus cenizas. Y me atrevo a decir que será un comunismo reconciliado con sus principios básicos y originales: con la democracia, con la igualdad y con la libertad. O no será otra cosa que unas líneas en los manuales de historia.

Dicho esto, me gustaría recordar que la revolución no es el estado normal de las sociedades. Las revoluciones no las hacen los revolucionarios más o menos permanentes. Las revoluciones las hacen decenas de millones de personas en coyunturas muy precisas y en que las clases en el poder ya no pueden dar a los de abajo respuesta positiva a sus aspiraciones. La hacen decenas de millones de personas cuya aspiración no es hacer revoluciones sino, simplemente, llegar a fin de mes, o dicho en otras palabras: tener pan, techo y trabajo. Mientras la dinámica del capitalismo permite satisfacer estas necesidades, mientras las demandas permanecen en su fase corporativa, el movimiento político y social de las clases subalternas es cooptable, es integrable, puede ser satisfecho. La integración y satisfacción de sus reivindicaciones, en lugar de ser un estorbo son un motor de desarrollo.

Solo cuando esas necesidades básicas no pueden ser satisfechas solo cuando van a contrapelo de la dinámica de desarrollo capitalista, esas aspiraciones pueden llegar a adquirir un sentido subversivo. Sólo entonces pasan a ser, de motor de desarrollo a obstáculo para la dinámica del capital y, en muy determinados y minoritarios casos pasan a constituir la base de un nuevo orden. Un nuevo orden que vaya más allá del capital. A mi me parece que estamos entrando en una fase de este tipo. Pero como siempre prefiero que la situación nos pille con los deberes hechos.

Entrevista realizada por Enric Llopis

Fuente: http://www.rebelion.org/

Nota:

[1] GRAMSCI, Antonio, Observaciones sobre algunos aspectos de la estructura de los partidos políticos en los períodos de crisis orgánica, en Cuaderno 13 (XXX) Notas sobre la política de Maquiavelo, in Quaderni del Carcere, edizione critica a cura di Valentino Gerratana, Torino, Einaudi editore, 1975, p. 1604. En la edición castellana de Ediciones Era, Tomo 5, p. 51.

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