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«Multiplicadores multiplicantes»: Michael Roberts

Los keynesianos se excitaron mucho el año pasado cuando el FMI presentó su informe semestral en octubre sobre la economía mundial y anunció que su anterior estimación de los multiplicadores fiscales era demasiado baja y que el impacto de las medidas de austeridad aplicadas por varios gobiernos en Europa, incluido el Reino Unido había sido mucho mayor que lo que se había pensado previamente (véase FMI World Economic Outlook, octubre de 2012 y mi nota, El multiplicador de suficiencia).

Hay que recordar que el multiplicador es un dispositivo inventado por Richard Kahn, un discípulo de Keynes de la década de 1930. Pretende medir la variación real del PIB causada por un cambio en el gasto público o los impuestos – en otras palabras, el impacto en el crecimiento de las medidas fiscales del gobierno. El informe del FMI parecía justificar la visión keynesiana más radical de que la austeridad ha ido empeorando las cosas y que la economía capitalista necesita más estímulo fiscal y no menos.

Pero hay que tener en cuenta que se hacen dos alegaciones: la primero es que la austeridad está empeorando las cosas, y la segunda es que necesitamos más estímulo fiscal. No son la misma cosa. En mi nota (antes citada), sostuve que la afirmación de que el impacto del multiplicador fiscal había sido mucho mayor que lo que se había estimado era dudosa, así como la cadena causal, a saber: ¿había sido la Gran Recesión la que aumentó el déficit y obligado a los gobiernos a reducirlos, o habían sido las medidas de austeridad las que provocaron la recesión?

Ahora el FMI, en particular su “medio keynesiano” economista jefe Oliver Blanchard, ha publicado un documento que explica por qué se equivocó. Al parecer, hubo «errores en el cálculo del crecimiento» en el viejo análisis del FMI.   Pero este nuevo documento sólo se refiere a la primera de las dos alegaciones. Evita entrar en la segunda. El nuevo estudio concluye que «nuestros resultados no deben interpretarse como un argumento a favor de una orientación de política fiscal específica en un país específico. En particular, los resultados no implican que la consolidación fiscal no sea deseable«. Pero, claro, eso es precisamente lo que todo keynesiano de izquierda interpreta.

Un keynesiano radical lleva la defensa de los estímulos fiscales un paso más allá. Noah Smith, en su siempre interesante blog, reaccionó al documento del FMI diciendo que el multiplicador fiscal no importa. O, para ser más exactos: “Lo que quiero decir es: el multiplicador fiscal keynesiana, puro o teórico, no importa en los Estados Unidos en este momento” ¿Por qué no? “Porque en este momento, los EEUU deberían invertir en infraestructura funcionen o no los estímulo keynesianas puros”. Lo que Smith está defendiendo es que “lo que la teoría keynesiana deja fuera son los bienes públicos. Si hay ciertos tipos de bienes que sólo el gobierno puede o quiere proveer, el gasto público podría tener efectos enormes incluso si el  multiplicador keynesiano «puro» es cero”. Para él, es evidente que «ningún país en el mundo ha desarrollado una red de categoría mundial de carreteras, puentes y puertos sin grandes cantidades de fondos del gobierno. La infraestructura no es el tipo de «bien público puro», que a menudo se discute en la literatura teórica, pero evidentemente es algo que necesitamos que haga el gobierno«.

El problema tanto con la teoría del multiplicador keynesiano como la teoría de los «bienes públicos» es doble. En primer lugar, las teorías suponen que la inversión pública es sólo un complemento de la inversión del sector privado, que tiene lugar cuando «los ángeles” del sector privado tienen miedo a dar un traspiés. El gurú keynesiano Paul Krugman presentó recientemente el primer argumento de que la inversión pública es un complemento, no un sustituto, de la inversión privada: «OK. El sector privado no quiere invertir. El gobierno debería hacerlo. Esta es una buena razón para que el estímulo fiscal evite que se provoque una recesión persistente. Nosotros no lo hemos hecho«.

Pero también, como he explicado en muchas notas anteriores, los keynesianos ven la economía capitalista de una manera utópica. El análisis keynesiano niega o ignora la naturaleza de clase de la economía capitalista y la ley del valor baja la cual opera mediante la creación de beneficios procedentes de la explotación del trabajo. Como resultado, las macro categorías keynesianas parten del consumo y la inversión (la «demanda efectiva») y pasan a los ingresos y el empleo. Así que el multiplicador keynesiano mide el impacto de más o menos gasto (la demanda) en el ingreso (PIB). PERO no mide el impacto en la rentabilidad. Y esto es crucial para el crecimiento bajo el modo de producción capitalista.

Esto me lleva a la segunda alegación que los keynesianos quieren concluir del multiplicador fiscal: que es necesario un mayor estímulo fiscal. En realidad, algunos keynesianos no están tan seguros como Krugman. John Quiggin lo explica así: “¿Estamos seguros de que una política fiscal expansiva es lo que deberiamos hacer y que la austeridad es un error terrible, terrible? No. No estamos absolutamente seguros de nada. Pero las consecuencias, si eso es así, y creo que la evidencia se inclina de ese lado, es que lo que estamos haciendo en este momento es absolutamente desastroso. Y ahí es donde estamos ahora».

El economista keynesiano Roger Farmer es aún más cauteloso. «Creo que tengo el mismo derecho a llamarme keynesiano que los principales defensores de la expansión fiscal, pero no comparto el consenso de los autoproclamados keynesianos de que una expansión fiscal general es la solución a nuestro dilema. La devoción servil a los recursos de la Gran Depresión que se propusieron hace más de 80 años huele a religión, no a ciencia. Como el propio Keynes dijo al salir de la convención de Bretton Woods en 1946: «Yo era el único no-keynesiano en la ciudad’ «. (Ver Crooked Timber).

En efecto, como he mostrado en notas anteriores, Keynes cambió sus puntos de vista sobre la teoría y la política todo el tiempo: la coherencia no era su punto fuerte en la búsqueda de respuestas para salvar al capitalismo de sus propios defectos. Y en sus últimos años, pareció deshacerse de muchas de sus propuestas políticas más radicales para dar marcha atrás y volver a la teoría neoclásica como la mejor «medicina» para el capitalismo a largo plazo (ver la nota antes citada). Asimismo, los keynesianos han reinterpretado Keynes en muchos aspectos (como los marxistas a Marx).

Farmer pone el acento pertinentemente en otro punto que se relaciona con mi segunda crítica de los multiplicadores keynesianos: a saber, que no toman en cuenta la rentabilidad. Como Farmer lo explica en términos neoclásicos: «La Teoría General no contiene una explicación del desempleo que sea consistente con el comportamiento racional de maximización de beneficios de las empresas en el mercado de trabajo” . Parece que las recesiones ocurren, por citar al economista de izquierdas James Tobin, como «un repentino ataque de pereza contagioso» de los agentes económicos: como si los hogares no consumieran y las empresas no invirtiesen de repente.

La crítica marxista del estímulo y la inversión pública keynesianas no pretende oponerse al fin de los recortes de austeridad o al aumento el gasto público, especialmente a la inversión en infraestructura y otras áreas de creación de empleo. Por el contrario, hay un montón de pruebas del gran efecto multiplicador que puede tener la inversión en infraestructuras (ver la Carta  Económica del FRSB: «Subvenciones para carreteras: caminos hacia la prosperidad”, 26 de noviembre de 2012 o el documento de trabajo del NBER, “Efectos colaterales en el crecimiento de la política fiscal”, noviembre 2012, que demuestra como la inversión pública tiene un efecto multiplicador que es el doble del consumo del gobierno (es decir, más servicios públicos y empleos). De hecho, sólo la inversión del gobierno se financia por sí misma a través del aumento de ingresos.

La crítica marxista de los multiplicadores fiscales es que la solución keynesiana es utópica porque un gobierno más grande y más gasto provocan una menor rentabilidad en el sector capitalista y a una defensa enrocada de los intereses del sector capitalista. Este segundo argumento contra el gasto público como una solución para el capitalismo fue presentada por primera vez por Michel Kalecki en 1943 en su famoso papel, “Los aspectos políticos de pleno empleo”. Pero considero que el decisivo es el primer argumento contra la «solución» fiscal.

Guglielmo Carchedi lo ha demostrado teóricamente, con su concepto del «multiplicador marxista» (véase su artículo, “¿Pueden las políticas keynesianas acabar con la depresión? Una introducción al multiplicador marxista”). La teoría marxista parte de la ganancia generada por la lucha de clases y la ley del valor. Así que la relación de causalidad va de las ganancias a la inversión capitalista y después de la inversión al empleo, los salarios y el consumo. El gasto y el crecimiento del PIB son variables dependientes en la rentabilidad de la inversión, y no al revés. Así que el multiplicador marxista mide los cambios en la rentabilidad y su impacto sobre la inversión y el crecimiento. Como Carchedi dice: «en el multiplicador marxista, la rentabilidad es central …. La pregunta es si los ciclos subsiguientes de inversión generan una tasa de ganancia mayor, menor o igual a la tasa media de ganancias inicial».

Si el multiplicador marxista es la manera correcta de comprender la economía moderna, lo que se concluye es que el gasto público y los aumentos o recortes de impuestos deben ser analizados desde el punto de vista de si aumentar o reducen la rentabilidad. Si no elevan la rentabilidad o incluso la reducen, cualquier impulso en el corto plazo del PIB a través del gasto público sólo será a costa de un período más prolongado de bajo crecimiento y una eventual recaída en la recesión. No hay la menor garantía de que mayor gasto se traduce en más beneficios – por el contrario. La inversión pública en infraestructura puede aumentar la rentabilidad de los sectores capitalistas que consigan los contratos, pero si se paga con un aumento de los impuestos sobre las ganancias, no habrá una ganancia en conjunto. Y si se financia con endeudamiento, la rentabilidad eventualmente se verá limitada por un aumento del coste del capital.

Carchedi y yo acabamos de terminar un documento conjunto (que se publicará esta primavera) que explica en detalle los debates sobre los multiplicadores keynesiano y marxista. Pero en una nota anterior citada, demostré que los enormes paquetes de estímulo fiscal aplicados en Japón en varias ocasiones durante los últimos 20 años no habían conseguido sacar a Japón de una trayectoria de bajo crecimiento.

En su nota, “Krugman sobre la macro en 2013 vs 1958” (crookedtimber.org), John Quiggin señaló que la economía de EE UU entró de nuevo en recesión en 1937 y que los keynesianos han defendido que fue provocado por el giro de Roosevelt hacia la austeridad después del New Deal. Sin embargo, el ajuste fiscal en ese año fue de sólo del 3% del PIB, lo que es poca cosa en comparación con la austeridad impuesta a los estados en dificultades de la Eurozona como Irlanda, Grecia, Portugal y España actualmente. Como ya he explicado en una nota anterior, la recesión de 1937 fue producto más de la no recuperación de la rentabilidad que de políticas de austeridad equivocadas.

Podemos seguir multiplicando los multiplicadores, pero no acabarán con la depresión.

Michael Roberts es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Traducción para www.sinpermiso.info. Gustavo Buster

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