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“Marx y Polanyi. La posibilidad de un diálogo”: Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero

Resumen

Este artículo pretende sentar las bases para un posible diálogo entre cierta lectura de Marx y la obra de Karl Polanyi. Para ello es preciso, en primer lugar, aislar los motivos que llevaron a Polanyi a criticar duramente el enfoque marxista. En segundo lugar, comprobar si otra posible lectura de Marx podría escapar a esa crítica, introduciendo el debate en una problemática más interesante. Con ello pretendemos contrarrestar la tendencia a insertar la obra de Polanyi en el seno de un nuevo pensamiento reaccionario.

Palabras clave: Marx, Polanyi, mercado, hombre, capitalismo, ilustración, antropología

1. Polanyi: “El hombre es el mismo a lo largo de la historia”

Marx y Polanyi no son incompatibles. Al contrario, en un cierto sentido se iluminan mutuamente. Bien es verdad que, en un primer plano, destacan sobre todo los desencuentros. La gran transformación de Karl Polanyi contiene, sin duda, una crítica muy poderosa a Marx, al que acusa de economicismo, aunque no en el sentido habitual. Por su parte, el universo del marxismo, en general muy propenso al historicismo, tampoco podía sentirse muy interesado por una obra en la que podía leerse que “El hombre es el mismo a lo largo de la historia” (Polanyi, 1989: 422)2.

En defensa de esta afirmación Polanyi evoca el testimonio de la antropología. En concreto cita Study of Man de Linton, Patterns of Culture de Ruth Benedict y la obra en general de Malinowski. Pero, efectivamente, se trata de un tema recurrente en antropología. De ello puede dar una idea el hecho de que en los años setenta, Claude Lévi-Strauss, todavía tuviera que defenderse de las acusaciones marxistas que le reprochaban desentenderse de la historia, con las siguientes palabras:

Me ocupo de sociedades que no desean que haya historia:
ésta es su problemática. Ellas no se quieren en un
tiempo histórico, sino en un tiempo periódico que se
anule a sí mismo, como la alternancia regular del día y
la noche. Dicho esto, yo no tengo la actitud negativa
que se me asigna frente a la historia” (1976: 101).

O sea: yo no tengo nada contra la historia, son las sociedades que estudio las que no se sienten cómodas en ella. Para el antropólogo, la historia es una excepción. Una excepción salvajemente imperialista, sin lugar a dudas, pero una excepción.

Frente a un puñado de sociedades históricas, son millares y millares las sociedades que salpicadas por la geografía mundial, fueron todas halladas en un estado “pseudoneolítico”, ajenas en todo caso a la historia, en lo que Rousseau describió como una especie de “justo medio” entre el estado salvaje y la civilización histórica, un estado que “sin duda era el mejor para el hombre” y del que sólo pudo ser arrancado -nos dice- por “alguna funesta casualidad”: “el ejemplo de los salvajes, a los cuales se les ha encontrado a casi todos en ese punto, parece confirmar que el género humano estaba hecho para permanecer siempre en él” (Rousseau, 1990: 257)

Sin embargo, una confirmación muy sugerente de esta tesis podemos tomarla, paradójicamente, no de un antropólogo, sino de un historiador, marxista por lo demás. En la Introducción a su Historia del siglo XX, Hobsbawm subraya la idea de que -para el 85 por ciento de la humanidad- el neolítico no terminó hasta los años sesenta, momento en que se inicia el éxodo rural masivo a las grandes ciudades (hasta ese momento, la humanidad en su inmensa mayoría seguía dependiendo en directo de la agricultura y la ganadería y procuraba vivir lo más de espaldas posible al torbellino de la historia). Así pues, para la mayor parte de la población mundial, podría decirse que la historia había corrido más que el hombre. Mientras la historia devoraba los siglos, el ser humano, permanecía -como afirma Polanyi- siendo “el mismo”, obstinadamente estancado en una especie de “sincronía neolítica” que los etnógrafos conocían muy bien.

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