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«Las raíces de los levantamientos árabes: ensayo de interpretación»: Bouziane Semmoud

I. Introducción

Gracias a los levantamientos populares del mundo árabe, Europa se ha vuelto a interesar por esta región, a menudo considerada como una entidad homogénea, no tanto quizás en la esfera científica pero sí en los círculos mediáticos, que se hacen eco de las opiniones de especialistas según los cuales estas revueltas son revoluciones abocadas a generalizarse al conjunto de la región. Los discursos se centran en la muy legítima aspiración democrática de las sociedades y, en especial, de los jóvenes, origen del movimiento de protesta1. Al parecer, esta solo podría ajustarse al modelo «occidental», presentado como universal y sobre el que raramente se reflexiona, a pesar de que, en sus reivindicaciones sociales, el movimiento de los indignados que surgió en España, Grecia y luego Francia ha acompañado sus reivindicaciones sociales de un cuestionamiento de la democracia representativa. Esta ignora a menudo la evolución de las aspiraciones de muy amplios segmentos de la sociedad y no está exenta de derivas como la conocida por Italia, donde el modelo de «éxito» encarnado por Berlusconi y sus extravagancias hizo millones de émulos. La bipolarización política puede bloquear la escena política y la preeminencia del modelo neoliberal agrava los desequilibrios sociales: las formas de protesta permanente observadas en Túnez y Egipto podrían inspirar en la sociedad la búsqueda de un modo de control pacífico de las fuerzas políticas consagradas por el veredicto electoral. Este flujo de ideas que preconiza la evolución de la relación entre poder y sociedad es silenciado, a la vez que se subraya el peligro –muy real– de que las fuerzas islamistas se apropien del viento de libertad que sopla en el mundo árabe. Este hecho ha sido presentado a veces como una tendencia inevitable, remitiendo al lector, al oyente o al telespectador hacia el discurso dominante sobre el conflicto de civilizaciones que enfrenta a «Occidente» con el «mundo musulmán» e incluso con el islam. Así, vuelve a traerse a colación el tema de las rivalidades comunitarias, habitualmente privilegiado por estos mismos medios de comunicación, pero también por sectores enteros del mundo de la investigación en el ámbito de las ciencias sociales. La estrategia conciliadora adoptada por los islamistas en Túnez y Egipto parece haber disipado estos temores y el discurso imperante ahora es el de la integración de estas corrientes en el juego político.

Apenas se habla ni de la dependencia económica y financiera de los países en cuestión con respecto al capitalismo mundial, ni de los principales asuntos económicos y políticos relevantes para la región (hidrocarburos, cuestión nacional palestina, relaciones asimétricas Norte-Sur, fragmentación política y económica del mundo árabe, intervencionismo estadounidense), ni mucho menos de las reconfiguraciones sociales y territoriales producidas por las opciones liberales y la inserción subordinada en los mercados mundiales.

El hundimiento rápido de los poderes personales y autoritarios de Ben Alí en Túnez y de Mubarak en Egipto es, qué duda cabe, un logro saludable del levantamiento popular en esos dos países. Los meses siguientes estuvieron marcados por la resistencia de los sistemas políticos y/o económicos heredados en Túnez y Egipto, el estancamiento de las situaciones en Yemen y Siria, la sofocación del levantamiento bahreiní (que no tuvo eco en Europa ni en Estados Unidos, tan prestos a apoyar a la rebelión libia) y la incertidumbre que pesa sobre Libia, donde se está produciendo pura y simplemente un cambio de régimen. Todo ello exige un examen crítico de los objetivos de los diferentes actores y revela la diversidad de las situaciones. Los levantamientos definidos homogéneamente como «primavera árabe» o «revoluciones», más allá de las esperanzas o de las inquietudes que han suscitado, toman caminos, modalidades y ritmos diferentes, prueba del peso que tienen las construcciones políticas nacionales.

Con todo, podemos intentar comprender las evoluciones en curso, buscar las raíces de una crisis multiforme. Esta se puede calificar de crisis prerrevolucionaria violenta que sacude los regímenes sin transformarlos en profundidad, incluso allí donde los líderes han sido derrocados (Túnez, Egipto), se está intentando derrocarlos (Yemen, Siria) o se les empuja a hacer concesiones (Jordania, Marruecos, Argelia). La complejidad y la diversidad de las trayectorias tienen que ver con la estrecha imbricación existente entre múltiples dimensiones de carácter político, económico, social, cultural y territorial, las cuales se articulan con los intereses internacionales en juego. Ningún factor puede por sí solo dar cuenta de la dinámica actual, aunque pueda parecer a veces preponderante, como la reivindicación política de democratización. Este concepto nunca había resultado más polisémico: incluye a la vez el ámbito político, económico (¿qué libertad de acción?) y los derechos culturales (libertad de acceso a la cultura, de hablar la lengua propia, de creencia y de práctica religiosa). Por ahora, se manifiesta en un estado de inestabilidad política y social que siembra de incertidumbres toda la región. Si bien este estado refleja las dificultades reales de la transición democrática (Túnez, Egipto), expresa igualmente, lejos de la teoría del complot, las interferencias de problemáticas mundiales y regionales, energéticas y geoestratégicas, y de las correlaciones de fuerzas en el Próximo y el Medio Oriente (Libia, Siria, Yemen). Por ello, se abordarán de forma separada los conflictos específicos de Libia y Siria.

Las raíces de los levantamientos árabes: ensayo de interpretación

laberinto nº 35 / 2012

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