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“Regresión democrática y tendencias del capitalismo actual: una aproximación al caso español”: J. A. Arnau y Maximilià Nieto

I.

Nunca antes en la historia del régimen capitalista había sido tan pertinente la pregunta acerca de si éste ha cumplido ya todas sus posibilidades históricas —no de valorización y reproducción, en principio, indefinidas, aunque tendencialmente cada vez más difíciles—; de si está en condiciones de resolver los problemas que se le plantean hoy al conjunto de la humanidad o si, por el contrario, las exigencias de supervivencia del régimen del beneficio privado amenazan con sumirnos en mayores niveles de barbarie. Se trata, no obstante, de comprobar hasta qué punto es capaz aún hoy de seguir impulsando de forma efectiva los dos principios que traen al mundo las revoluciones burguesas: el desarrollo indefinido de las fuerzas productivas y la democracia política, ambos frente a las ataduras de la naturaleza propias del mundo feudal.

II.

Puede valer para ilustrar la disyuntiva planteada, que recuperamos de manera derivada en su formulación ya clásica de “socialismo o barbarie”, la enunciación de una aparente paradoja: ¿Cómo es posible que los progresos científico-técnicos ininterrumpidos y los incrementos de productividad técnica del trabajo acumulados en las últimas décadas (automatización creciente, biotecnología e industria genética, informática, telecomunicaciones, etc.) resulten incompatibles hoy con una mejora de las condiciones de vida y trabajo de cada vez más capas de la población mundial? ¿Cómo es posible que esas mismas mejoras técnicas-materiales no sirvan para profundizar, con todas sus consecuencias, en el concepto moderno de democracia, superando incluso aquél déficit técnico (obstáculo espacio-tiempo) por el que los ideólogos burgueses del XVIII se veían obligados a tolerar el principio de representatividad política?

III.

En una producción mercantil generalizada, —capitalista, por tanto, como se encarga de demostrar Marx— el principio regulador de la actividad económica es la búsqueda de beneficio a través del juego de la competencia entre los distintos capitales. Es esta lucha permanente la que impone como una exigencia estructural la necesidad de acumulación; y esta necesidad de acumulación, para no ser barrido en la competencia, la que impulsa el incremento sostenido de la capacidad técnica y productiva al requerir la reinversión de una parte creciente de la ganancia. El resultado del proceso de acumulación capitalista es la elevación continua, para cada nuevo ciclo, de los niveles medios de productividad. Pues bien, al menos desde hace ya 30 años, con la crisis de la fase expansiva de la segunda posguerra mundial, viene desplegándose, de manera no uniforme pero sí sostenida, una ofensiva del capital que impone, como condición para mantener tasas de rentabilidad compatibles con la acumulación, toda una serie de retrocesos en las condiciones de vida y trabajo de la población asalariada y resto de capas populares.

Hoy podemos concluir que las exigencias de valorización y acumulación imponen, a nivel mundial, una regresión social en toda regla: incremento de las tasas de explotación del trabajo con la contención del salario real (poder de compra) y la extensión de la jornada de trabajo, precarización de las condiciones laborales, paro masivo y estructural que presiona a la baja los salarios, reducción de prestaciones y mercantilización de servicios de educación y enseñanza, aumento continuo de la fiscalidad regresiva (en términos de clases: rentas capital y trabajo), polarización sin precedentes de la riqueza, recolonización imperialista de la periferia, etc.

Vale tomar como ejemplo el caso del formidable crecimiento estadounidense de los 90, sin equivalente occidental en ese período, para comprobar que la dimensión de las tendencias señaladas no son ajenas a los principales centros imperialistas. La polarización extrema de la riqueza es uno de los aspectos más contundentes de las tendencias apuntadas, donde el 1% más rico de este país capturó el 70% del total de la riqueza generada desde mitad de los setenta. Mientras el salario medio del estadounidense —recuérdese que más del 90% de la población ocupada en ese país es asalariada— pasó de 32.552 $ en 1970 a 35.864 $ en 1999 (alrededor de un 10% de incremento), durante el mismo período de tiempo la retribución media de los 100 máximos directivos pasó de 39 veces el salario medio de un trabajador a más de 1.000 veces ese sueldo medio. Y ese crecimiento del 10% a costa de una extensión del tiempo de trabajo: el mismo asalariado medio labora hoy, aproximadamente, el equivalente en horas a un mes más de trabajo al año que en 1970. Otro ejemplo: los 13.000 contribuyentes más ricos disponían de la misma renta que los 20 millones de familias más pobres. Por no hablar de los más de 40 millones sin ningún tipo de asistencia social. No es preciso aludir, por tanto, al panorama mundial donde más de la mitad de la humanidad sobrevive con menos de dos dólares al día.

IV.

La situación en lo tocante a la esfera política participa de esa misma regresión. Desde el inicio de la revolución de las telecomunicaciones, allá por el lejano comienzo del siglo XX, la posibilidad material (técnica) de asumir sin coartada alguna y en toda su dimensión el paradigma democrático tal como fue establecido por la filosofía política moderna, está dada. Hoy, en los inicios del nuevo siglo, que tal posibilidad no sólo no esté en vías de resolución, como indica el manifiesto incumplimiento del programa político moderno, sino que incluso experimente nuevas formulaciones regresivas, únicamente apuntan a un pudrimiento de los cimientos mismos de la civilización burguesa, a la insoslayable incapacidad de la burguesía como clase dominante, para seguir tirando de los principios que ella misma trajo al mundo.

Las causas de tal regresión democrática remiten, en última instancia, a la misma raíz: las exigencias del capital son incompatibles con todo aquello que escape a sus cada vez más estrechos requerimientos de orden y movilización de todos los recursos — energéticos, económicos, sociales, políticos y militares— en un campo mundializado de la acumulación bajo la dirección de las principales potencias imperialistas. La supervivencia del régimen capitalista resulta cada vez más abiertamente incompatible con la forma democrática.

En la actualidad, en un escenario marcado por las crecientes dificultades que imponen las tendencias crónicas a la sobreacumulación capitalista y gracias a los acontecimientos —falta por ver aún el grado de responsabilidad “interna” en este asunto- del 11-S—, se han acelerado todos los rasgos regresivos en el plano del derecho, la soberanía de las naciones, la democracia y las libertades. Venimos asistiendo desde entonces a una ofensiva sin precedentes históricos por parte de la principal potencia imperialista, EE.UU., que significa un salto cualitativo en la definición de su hegemonía mundial en base a la declarada “guerra antiterrorista sin límites de espacio ni tiempo”. Esta ofensiva ha supuesto la reedición de la enésima versión de una “Santa Alianza” ultrarreaccionaria, aunque no sin contradicciones, como evidencia la incapacidad por restaurar un bloque disciplinado, sin fisuras, de los aliados occidentales en torno al gendarme americano como le fue posible hacerlo a Bush I en la guerra del Golfo del 91, cuando se operaba en un mundo cuyos equilibrios geoestratégicos eran todavía los de la guerra fría. En cualquier caso, la ofensiva estadounidense otorga patente de corso a los distintos gobiernos para restringir derechos y libertades fundamentales (Inglaterra, España…)

Regresión democrática y tendencias del capitalismo actual: una aproximación al caso español

Fuente: http://laberinto.uma.es/

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