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“Género humano y Naturaleza: aportes marxianos al paradigma ético de la responsabilidad”: Levy del Águila

Este artículo intenta establecer ciertas convergencias críticas entre la filosofía de la praxis de Karl Marx, expuesta en sus clásicos Manuscritos de París de 1844, y la reflexión contemporánea de Hans Jonas, propuesta en El principio de la responsabilidad, a propósito de la circunstancia humana que se desprende de los desarrollos de la industria moderna, tanto en lo que concierne a la depredación de la naturaleza, como en lo tocante al extravío humano que ello supone. En particular, espero mostrar que el tercero de estos manuscritos marxianos contiene lo que vengo a llamar una “ontología relacional”, desde la cual se iluminan las reivindicaciones éticas contemporáneas de la responsabilidad, así como se pueden encontrar elementos para sostener sus orientaciones antropológicas y aspiraciones epistémicas. El holismo jonasiano y su consecuente crítica del antropocentrismo, y su perspectiva de futuro –o la exigencia de hacer del bien y la justicia algo más que un compromiso con el presente– pueden encontrar en el diálogo con la filosofía de la praxis una ocasión para evaluar su urgencia por los principios últimos de fundamentación a favor, más bien, de una conciencia comprometida con rastrear los términos efectivos en que se confirma la objetualidad de lo humano y la humanidad de la naturaleza.

Palabras clave: Marx, Jonas, hombre-naturaleza, ser-tener, sociedad industrial

Pensar nuestra relación con la naturaleza en la escena global contemporánea plantea desafíos y urgencias que no han sido suficientemente atendidas por nuestra tradición filosófica. Cuando el desinterés ha conocido excepciones, habitualmente ha hecho falta la conciencia histórica que haga de la profundidad un recurso de intelección que efectivamente penetre, en lo teórico y en lo práctico, la circunstancia de una humanidad que empieza a redescubrir que ella misma no es sino naturaleza metamorfoseada, y que lo que comúnmente entendemos por “naturaleza” no puede seguir siendo pensado como mero “medio ambiente”, sino como el resultado de nuestra actividad transformadora.

Ante la evidencia de la envergadura de sus impactos nocivos, empezamos a preguntarnos si ha sido y es legítimo “lo que hacemos con ella”, y aparece la inquietud ética que nos moviliza hacia el cuidado y la necesidad de interrogarnos sobre la irrestricción desde a la cual el antropocentrismo de nuestra cultura y nuestra industria han hecho de la naturaleza no otra cosa que su “objeto”.

Reivindicar, pues, el “cuidado de la naturaleza”, llamar a la “responsabilidad con el medio natural” o, más aun, volver sobre disposiciones sacralizadoras de “lo natural” empieza a ser una suerte de “puesta al día” en las distintas facetas de nuestra civilización y nuestras formas de autocomprensión. Por lo demás, al menos en principio, se trata de consignas políticamente correctas que casi no resultan ofensivas para nadie. Salvo, quizás, para algún apetito privado urgentemente necesitado de aggiornamento –pues las corporaciones vienen comprendiendo que el lucro puede ser compatible, hasta cierto punto, claro, con la responsabilidad y el interés de las contrapartes externas de su gestión, incluyendo en ello a la naturaleza– o quizás para aquellos funcionarios públicos que no pueden sino disponerse unilateralmente en sus funciones y –parafraseando a Marx– no conciben que el mundo sea algo más que su “objeto de despacho” y que, en tanto tal, la naturaleza no pueda sino serles indiferente.

Más aun, tales consignas empiezan a ser signo de prestancia para las empresas y, en Europa, ya aumentaron significativamente los réditos electorales de los políticos que las sostienen –al menos retóricamente–. Pero, precisamente, esta suerte de asentimiento universal que despierta la “preocupación por la naturaleza” es asunto problemático para las conciencias interesadas en pensar con radicalidad sus condiciones de existencia. La necesidad de interrogación surge allí donde una reflexión relativamente atenta advierte pronto que la responsabilidad puede ser hoy un buen negocio, pero quizás podría no serlo tanto más adelante; que la legislación ambiental pretende evitar daños que al mismo tiempo otras instancias del Estado parecen estar empecinadas en sostener. Sócrates llama a la puerta: “¿por qué el cuidado?”, “¿qué es la responsabilidad?”.

Tomadas en serio, filosóficamente, estas cuestiones exigen una exploración ontológica de los presupuestos del así llamado “paradigma de la responsabilidad”; una exploración que será de suyo antropológica y epistémica, pero que deberá contar con la ambición suficiente para disponerse hacia la totalidad de lo que somos en tanto unidad con la naturaleza.

Género Humano y Naturaleza. Aportes marxianos al paradigma ético de la responsabilidad

Estudios de Filosofía, vol. 7, 2009, pp. 65-86

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