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«La crisis mundial y el movimiento obrero»: Paul Mattick

El desarrollo del capitalismo es inseparable de las crisis: esta ley se confirma empíricamente de vez en cuando. A pesar del retorno de las crisis la economía burguesa no ha propuesto, hasta hoy, ninguna teoría que se adapte a la realidad. La razón es que el punto teórico del que parte es en si mismo erróneo. La teoría capitalista, en efecto, partía de la idea errónea de que la producción estaba subordinada al consumo y que, por consiguiente, la oferta y la demanda se adaptarían en el mercado. Aunque se reconocía que este mecanismo de ajuste podía verse interrumpido debido a superproducciones parciales, se estaba convencido de que el mecanismo del mercado resolvería, de modo espontáneo, estas discordancias. La teoría del mercado, como la teoría del equilibrio a partir del cual la oferta condiciona la demanda y viceversa, todavía está vigente aunque reformulada de distinta manera. En la teoría neoclásica de la utilidad marginal, que se fundamenta en principios psicológicos, se trata simplemente de anunciar de nuevo la vieja teorfa de la oferta y de la demanda, que había permanecido intacta hasta 1936.

En primer lugar, hay que afirmar que en modo alguno debe ponerse en duda la realidadad de las crisis actuales. Pero, para explicarlas, se ha supuesto que ellas provenían del exterior hacia el sistema, y que podían ser superadas, gracias a la intervención de mecanismos de equilibrio automáticos. La existencia de las crisis no era un hecho inmanente del propio sistema y, por consiguiente, tampoco era una realidad que debiera someterse a la investigación teórica. No es necesario insistir en este punto. Yo insistiré únicamente en que la teoría neoclásica del equilibrio de modo particular bajo su formulación matemática, ha sido considerada como el jalón a partir del cual la economía política se transformó en ciencia, óptica a par tir de la cual fue despojada de su carácter histórico. En todo caso se desarrollaba en unos niveles de abstracción que le
daban un carácter puramente ideológico y le despojaba de toda su posibilidad de aplicación práctica. Su función ideológica se esfumó, por la fuerza de las cosas, cuando estalló la gran crisis del 29 que hizo perder la confianza en los mecanismos de equilibrio del mercado.
La primera gran crisis de la teoría económica capitalista ha sido pues la consecuencia de una crisis real, duradera y profunda. Si no hubiera estallado, la teoría del equilibrio habría conservado probablemente su formulación neoclásica. Pero el contraste entre la teoría y la realidad era demasiado evidente por lo que se hizo necesario adaptar la antigua teoría a la nueva
situación. Esta adaptación, que entró en la historia de las ideas con el nombre de «revolución keynesiana» no hace otra cosa sino tomar nuevamente la antigua teoría del mercado, con la diferencia de que ya no se supone la existencia de la acción eficaz de un mecanismo de equilibrio que opera de modo espontáneo, sino que se habla en su lugar de un equilibrio establecido conscientemente, con la finalidad de aportar una salida a la crisis.

La teoría de Keynes es tan estática como la neoclásica y se fundamenta, como ella, en un imaginario mecanismo de equilibrio. Pero ella añade como elemento nuevo que las modificaciones que conoce el mundo capitalista dificultan cada vez más la posibilidad de mantener el equilibrio únicamente a través del mercado. Partiendo de la antigua concepción de que el consumo determina la producción, basta que aquél se retrase algo en relación a ésta para que las inversiones resulten cada vez menos rentables y que, por consiguiente, lleguen a desaparecer. La relativa saturación del consumo, que se expresa a partir de una demanda insuficiente, llevaría consigo una disminución de las inversiones y, por consiguiente, un aumento del paro. Para reequilibrar nuevamente consumo y producción, oferta y demanda, sería necesario elevar el nivel de consumo mediante el «consumo público» y multiplicar las  inversiones mediante «inversiones públicas» a cargo del Estado. La política monetaria y fiscal del Estado sería, por consiguiente, el instrumento adecuado, capaz de actuar de manera positiva no sólo sobre la economía en su conjunto sino también sobre la rentabilidad del capital privado.

Esta teoría traducía una necesidad política, una reacción a las consecuencias sociales de la crisis. Pero era considerada asímismo como un recurso susceptible de facilitar el paso a una nueva coyuntura. Al mismo tiempo que se presentaba como una teoría general, no hacía otra cosa que tomar como punto de referencia la situación específica de la Gran Crisis, para conjurar, en primer lugar, cualquier riesgo de suceso revolucionario. Las propuestas de intervención estatales en la economía iban destinadas a evitar los peligros de un paro masivo pero también a incitar nuevas inversiones privadas, por lo que las intervenciones del Estado continúan sirviendo al capital. Se trataba de lograr lo que se llama el efecto multiplicador de las nuevas inversiones, o sea la
hipótesis de que las inversiones efectuadas en una rama de la producción inducen otras en otras ramas. Tal proceso, comparable al de la velocidad de rotación del dinero en circulación, compensaría la falta de rentabilidad de los gastos públicos mediante la elevación de la rentabilidad de la economía privada.

La crisis mundial y el movimiento obrero

Incluye el artículo de Paul Mattick «El marxismo de ayer, hoy y mañana«

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