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“El teoricismo de Althusser (notas críticas sobre una autocrítica)”: Adolfo Sánchez Vázquez

INTRODUCCIÓN


No es preciso declararse althusseriano para reconocer el valor y la profunda repercusión de una obra que tiene, entre otros méritos, el de haber contribuido a despertar a muchos marxistas de su sueño dogmático, aunque algunos hayan caído en un nuevo letargo. No se puede negar tampoco lo que Althusser con su provocación teórica ha aportado a la discusión y, en cierto modo, a la renovación de la investigación en ciertos predios teóricos del marxismo. Adentrarse en la obra de Althusser, recorrerla paso a paso hasta llegar hasta su (a la fecha) último tramo, seguirla no sólo en su camino recto sino también en sus virajes y desviaciones, no sólo es obligado para un marxista, que no puede rehuir la confrontación de su pensamiento con otros y menos aún con otro marxista, sino que es además una ocasión privilegiada para abordar de nuevo algunas cuestiones centrales del marxismo, a veces olvidadas, al parecer, de puro sabidas o reiteradas.



Entre su primera obra (Pour Marx, 1965) y la última (Éléments d’autocritique, 1974) se despliega, como fondo, un decenio de grandes acontecimientos políticos y sociales que no podían dejar de marcar la praxis política inspirada por el marxismo, así como su teoría. Mientras que para los marxistas dogmáticos no ha pasado propiamente nada en un campo ni en el otro, Althusser ha pretendido estar atento a las pulsaciones de su época. Por ello su pensamiento no sigue a lo largo de ese decenio un curso rectilíneo, sino que ofrece zigzags, contradicciones e incluso “desviaciones”. A veces, un Althusser parece revolverse contra otro, y esto ha llevado a algunos a ver en él al más firme demoledor de sí mismo. Sin embargo, a lo largo de toda su obra, se destaca sin desdibujarse una problemática fundamental y clásica en el marxismo, a la vez que una solución —no tan clásica— que a nuestro juicio se mantiene por más que, en ocasiones, Althusser parezca arrojarla por la borda en sus más bruscos virajes.


Abordemos, pues, esta problemática y esta solución como hilo conductor de nuestro trabajo. Dejemos a un lado temas muy importantes en la obra de Althusser que no forman parte directamente de ese hilo conductor, y prescindamos también, para no apartarnos de éste, de lo que pudiéramos llamar el estilo de pensamiento y modo de exposición althusserianos,
con su mezcla de rigor y ambigüedad, de genialidad y simplismo, que indudablemente ha encandilado a muchos y ha desempeñado un papel no despreciable en la sorprendida y sorprendente acogida de muchos lectores de Althusser.


Hemos limitado adrede el marco de nuestro ensayo. Tratamos de arrojar una mirada crítica sobre una obra rocosa, pero no lisa, tras de descubrir en ella una veta fundamental: la que el propio Althusser reconoce, al menos, para una parte de ella. Tal es el sentido de su autocrítica, explícita sólo en sus dos últimos trabajos, que viene a consumar un esfuerzo rectificador desplegado ya antes de ella y que mucho le honra —intelectual y políticamente— cualesquiera que sean los logros alcanzados.

El teoricismo de Althusser (notas críticas sobre una autocrítica)

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