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“Desempleo, keynesianismo y teoría laboral del valor”; Diego Guerrero

7eeb5-trabajoUn prestigioso historiador actual de las ideas económicas ha descrito «el neoliberalismo como un resurgimiento del liberalismo clásico, liberalismo combatido por Keynes» (Dostaler, 1998, p. 5). Asimismo, muchos izquierdistas, incluidos muchos marxistas, parecen suponer que la simple vuelta al keynesianismo es suficiente para combatir ese neoliberalismo, sin reparar en las matizaciones que Dostaler no olvida:

«Liberalismo e intervencionismo no son necesariamente incompatibles. El keynesianismo y el neoliberalismo pueden considerarse como dos formas de liberalismo, que remiten a dos tradiciones liberales diferentes. Entre los pensadores liberales clásicos a los que se oponía Keynes, algunos estaban en realidad más cerca de él –y de la tradición que cabría llamar del liberalismo moderado– de lo que él mismo pensaba, obligado como estaba a distanciarse de sus antecesores. Así, no sólo Marshall y Mill, sino también Smith, al que reivindican los neoliberales actuales como su maestro, están lejos de la tradición liberal dura que podemos asociar, entre otros, con los fisiócratas y con Ricardo, de los que Friedman y Hayek son los auténticos herederos» (ibíd., pp. 5-6).

Por su parte, Harry Magdoff, al criticar la idea de que «el estado neoliberal actual es una clase capitalista de tipo distinto que el estado socialdemócrata, keynesiano, intervencionista del periodo anterior», usa el caso de los EEUU para argumentar en contra:

«El espíritu y la sustancia del neoliberalismo estaba bien vivo en Washington y la comunidad financiera en la “época de la socialdemocracia keynesiana”. Washington no necesitaba inspiración de Maggie Thatcher para iniciar una ofensiva contra los sindicatos. La marea contra el trabajo empezó en 1947, con la aprobación de la Ley Taft-Hartley, y continuó con la legislación posterior, las decisiones judiciales, y la práctica del Consejo Nacional de Relaciones Laborales. Además, todo el aparato del neoliberalismo fue estimulado, y, donde fue posible, impuesto gracias a la puerta abierta por las multinacionales americanas en el tercer mundo. El camino hacia la NAFTA comenzó desde el principio de la postguerra. En una conferencia en Bogotá, en 1948, veinte naciones americanas firmaron acuerdos para facilitar la inversión extranjera. Se negociaron Acuerdos Bilaterales de Amistad, Comercio y Navegación con países de otros continentes para allanar el camino hacia las inversiones ilimitadas de capital de los EE.UU. La ampliación de los mercados y de las oportunidades de inversión privada fueron objetivos claves del Banco Mundial y del FMI desde el primer día […] La diferencia entre el llamado periodo keynesiano y la actualidad es que en la primera época se trataba de un aspecto callado de la disciplina que se imponía al tercer mundo, mientras que ahora los principios neoliberales se proclaman en voz alta como la fe verdadera» (Magdoff , 1998).

Hay un segundo aspecto del trabajo de Magdoff que merece resaltarse, ya que «no sólo estaba el neoliberalismo vivito y coleando en la era keynesiana, sino que la intervención estatal es un rasgo esencial de la era neoliberal », como lo demuestran cada una de las crisis financieras y crediticias desde finales de los sesenta:

«¿Cuál era la naturaleza de estas crisis? El pánico y, en ciertos casos, el colapso del castillo de naipes financiero se evitaban por medio de intervenciones gubernamentales masivas. Estas intervenciones tomaban formas diferentes, por ejemplo: préstamos gigantescos por el gobierno directamente o través del FED; control del Continental Illinois hasta su puesta a flote; o sencillamente se gastaban 200.000 millones de dólares en el salvamento de las cajas de ahorro. Uno de los rasgos principales del periodo neoliberal se supone que es la reducción de la implicación del gobierno en la economía. Sin embargo, en la práctica, las intervenciones directas del gobierno de los Estados Unidos en las últimas décadas significaron el apuntalamiento de la economía» (ibídem).

La conclusión final de este autor me parece no sólo suscribible sino merecedora de una atención que no se suele prestar a este enfoque:

«La mitología de un Estado del bienestar keynesiano posiblemente sin fin está tan firmemente enraizada en la izquierda como en otras partes. Cuando esta creencia no está grabada en las conciencias, es porque se refugia en el inconsciente. Las propuestas reformistas de los progresistas tienden a buscar vías para el restablecimiento de la “armonía” keynesiana, cuando deberíamos estar trabajando por cambios que pongan en entredicho el capitalismo y la ideología del sistema de mercado. Nuestros educadores tienen una enorme tarea por delante; explicar por qué lo que representa el auténtico interés de las clases trabajadoras del mundo es el cuestionamiento del capitalismo en cada oportunidad» ( ibídem).

Muchos «izquierdistas» parecen olvidar estos argumentos, y utilizan un género de críticas del neoliberalismo que tiende más a la distorsión que a la descripción exacta. Pedro Schwartz escribe que, a pesar de que «la mayor parte de los objetivos últimos de socialistas e individualistas son los mismos: prosperidad, libertad, felicidad, seguridad», la realidad es que «discrepamos en los medios y en nuestro concepto de cómo funcionan los mecanismos sociales» (1999, p. 155). Por eso, frente a lo que los socialistas llaman Estado de bienestar (y él prefiere denominar Estado paternalista), lo que propugna es un Estado liberal, advirtiendo –y tiene toda la razón aquí– contra la frecuente tergiversación de la ideología liberal: «La actitud de los liberales ante el Estado suele caricaturizarse por incomprensión (…) creen que el liberal en el fondo desea abolir el Estado, cuando busca centrarlo y reforzarlo» (p. 167). Por tanto, si lo que buscan realmente los liberales es forzar y reforzar el Estado, este autor no hace sino adelantarse 14 años a la famosa tercera vía de Blair:

«la Tercera Vía no es un intento de señalar las diferencias entre la derecha y la izquierda. Se ocupa de los valores tradicionales de un mundo que ha cambiado. Se nutre de la unión de dos grandes corrientes de pensamiento de centroizquierda –socialismo democrático y liberalismo– cuyo divorcio en este siglo debilitó tanto la política progresista en todo Occidente. Los liberales hicieron énfasis en la defensa de la primacía de la libertad individual en una economía de mercado; los socialdemócratas promovieron la justicia social con el Estado como su principal agente. No tiene por qué haber un conflicto (…)» (Blair, 1998, p. 55).

Por tanto, teniendo en cuenta las afirmaciones de Dostaler, Magdoff y Schwartz, se comprende mejor la esencia de las políticas keynesianas, que no es otra que la asunción de un liberalismo realista, adjetivo que no sólo se le puede aplicar a Keynes sino también a muchos otros escritores conservadores, desde Popper a Soros. Tampoco debe olvidarse que, como han reconocido algunos autores de su escuela, no fueron las políticas keynesianas las que terminaron con el problema del desempleo generado durante la Gran Depresión, sino la situación de la economía mundial originada por la II Guerra Mundial y sus consecuencias: «Hace medio siglo, cuatro años de caída total de la actividad económica mundial provocaron un paro masivo. La mayor parte del mismo persistió durante los seis años de recuperación anteriores a la segunda guerra mundial. Fue la guerra mundial la que trajo consigo escasez de mano de obra y de todo lo demás» (Tobin, 1986, p. 353). Por tanto, partiendo de estas consideraciones iniciales, el objeto de este artículo es repasar las formas liberales y no liberales de enfocar el problema del desempleo, teniendo en cuenta que, entre las primeras, será preciso hacer una clara distinción entre la postura liberal pura (neoclásica) y la moderada (keynesiana), antes de analizar la posición heterodoxa (no liberal) inspirada en la concepción de Marx (o sea, en la teoría laboral del valor).

Desempleo-keynesianismo-y-teoria-laboral-del-valor


Diego Guerrero. Dpto. Economía Aplicada V. Universidad Complutense de Madrid Política y Sociedad, 36 (2001), Madrid (pp. 223-238)

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