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“Las ciencias sociales en la era neoliberal: entre la academia y el pensamiento crítico”: Atilio A. Boron

Buenas tardes a todas y a todos. Gracias por las amables palabras de presentación. A continuación, como decía muy bien Raquel Sosa, voy a arriesgar una reflexión en voz alta (que por razones de tiempo deberá ser un poco esquemática) sobre la situación de la Sociología y, por extensión, de gran parte de las Ciencias Sociales en América Latina. El punto de partida es una constatación que todos comparten: las Ciencias Sociales –de ninguna manera la Sociología es una excepción- enfrentan una serie de retos de crucial importancia no sólo en América Latina sino también en el resto del mundo.

Si ustedes releen las páginas del informe Gulbenkian, el excelente trabajo que produjera un equipo de eminentes científicos coordinado por Immanuel Wallerstein, verán que nos invita precisamente a “impensar” las ciencias sociales, o sea, repensarlas pero a partir de premisas radicalmente distintas a las convencionales. No se trata de volver a recorrer con el pensamiento el mismo camino ya trillado. Repensar, en este caso, y ante la gravedad de la crisis que afecta a todo ese conjunto de disciplinas, significa “impensar” las Ciencias Sociales. ¿Por qué? Porque en el mencionado informe –documento centrado en el desarrollo de las Ciencias Sociales de los países avanzados, que supuestamente estarían al margen de ciertos problemas que nos afectan gravemente a nosotros- el diagnóstico reviste tal gravedad que los académicos involucrados optan por hacer una explícita y urgente convocatoria a repensar todo desde nuevos comienzos.

En nuestro caso, a las causas que alimentan la crisis de las Ciencias Sociales en los países más avanzados debemos agregarles dos factores que merecen una consideración especial: el triunfo ideológico del neoliberalismo y el auge del postmodernismo.

Dos nefastas tradiciones intelectuales

En primer lugar, entiendo que es posible establecer un parangón entre la reestructuración del capitalismo en el último cuarto de siglo y el neoliberalismo como una corriente ideológica que expresa este proceso en el plano de las ideas. Corriente que, digámoslo de entrada, no es sólo ni exclusivamente económica, sino una filosofía integral. Sería un gravísimo error de nuestra parte concebir al neoliberalismo simplemente como un programa económico. Ojalá fuera eso, pues entonces se trataría de un rival mucho más fácil de derrotar.

El triunfo ideológico del neoliberalismo es el de una concepción holista de la sociedad, de su naturaleza, de sus leyes de movimiento -explicadas desde las antípodas de las que postula el marxismo- y de un modelo normativo de organización social. Así como Marx en algún momento dijo que la Economía era la ciencia de la sociedad burguesa -por supuesto refiriéndose a la Economía Política Clásica y a los grandes fundadores de esta disciplina, básicamente Adam Smith y David Ricardo, y no a los pigmeos que se proclaman sus sucesores-, hoy podríamos decir que el neoliberalismo es la corriente teórica específica del capitalismo en su fase actual. Esta perspectiva ha tenido una gravitación extraordinaria en América Latina y ha ejercido una profunda influencia sobre la Sociología y las Ciencias Sociales.

El postmodernismo, a su vez, podría ser cabalmente definido como un pensamiento propio de la derrota, o tal vez un pensamiento de la frustración. Es decir, es el resignado reconocimiento de que ya no hay transformación social posible, de que la historia ha concluido (aunque sus exponentes se horroricen ante esta conclusión que los hermana con la obra de Francis Fukuyama) y de que lo que hay es lo único que puede haber. El postmodernismo como actitud filosófica refleja el fracaso de las tentativas de transformación social en los capitalismos metropolitanos en los años de la posguerra. Su ancestro -de muchísima mayor calidad teórica y compromiso político, por cierto- podría ser el “marxismo occidental” que Perry Anderson identificara como producto del fracaso de las revoluciones en Occidente al finalizar la Primera Guerra Mundial.

Podría hipotetizarse que el punto de partida del postmodernismo sería el fracaso de lo que Wallerstein denomina en el informe Gulbenkian -a mi juicio un tanto exageradamente- “las tentativas revolucionarias del ‘68 en Europa”. Personalmente creo que no hubo tentativas revolucionarias en el ‘68 europeo. Lo que hubo fue una serie de revueltas populares, que no es lo mismo. Esas revueltas fueron aplastadas primero, y luego sus líderes fueron cooptados por el sistema, al punto tal que alguno de ellos son hoy figuras importantes del neoliberalismo europeo. El postmodernismo es hijo de esta tragedia.

En el terreno más concreto de las Ciencias Sociales se comprueba que el neoliberalismo ha instaurado la barbarie del reduccionismo economicista que hoy nos aqueja. Su impacto se corrobora en la exaltación del influjo de los elementos económicos en todo el conjunto de la vida social. Estos no son concebidos, como se hace en la tradición marxista, como elementos articuladores de una totalidad compleja, mediatizada y dialéctica, siempre en movimiento, sino como factores causales aislados que en su predominio se convierten en los únicos hacedores de la historia. Al hablar de barbarie economicista me refiero por ejemplo al individualismo metodológico que pesa sobre algunas teorías y ciertos supuestos epistemológicos, que entre otras cosas consagra –no por casualidad- la desaparición de los actores colectivos (las clases sociales, los sindicatos, las organizaciones populares, etc.) y la exaltación del formalismo matemático como inapelable criterio de validez de los argumentos sociológicos, lo que en el mejor de los casos no es otra cosa que una hoja de parra pseudo-científica bajo la cual se pretende ocultar que el rey – es decir, el pensamiento convencional de las ciencias sociales- está desnudo.

Artículo Completo


Conferencia Magistral pronunciada en el XXV Congreso ALAS (Asociación Latinoamericana de Sociología), Porto Alegre, Brasil, 22 al 26 de agosto de 2005. Agradezco a Bárbara Schijman por su eficiente desgrabación de la conferencia y a Sabrina González por su valiosa colaboración intelectual, que hizo posible convertir una presentación oral en un texto que puede ser leído sin dificultad sin por ello perder el tono coloquial de mis palabras.

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